EL COLOR DEL DINERO

¿Por qué las grandes empresas no saltaron antes de ese tren suicida? Habrían ayudado a muchos catalanes a hacerse una idea más cabal de lo que estaba en juego y a combatir las mentiras independentistas

PABLO CALVOCáceres

El dinero no tiene patria. Es algo que ya se sabía, como también que es miedoso, pero se está haciendo muy evidente en estas horas con la fuga, o al menos el anuncio, de empresas que comunican su intención de abandonar Cataluña. O habría que decir para ser más exactos, su deseo de seguir perteneciendo a la Unión Europea y, sobre todo, su interés por no perder ni depósitos, ni capitalización ni clientes.

El dinero, en fin, puede que levante el dique suficiente a la carrera suicida de los independentistas catalanes que no ha conseguido construir ni la política, en un fracaso histórico de los partidos; ni la Justicia, ¿hasta qué punto se han dejado llevar por aquellos en algunas de sus decisiones?; ni las fuerzas del orden, a las que se encomendó poco menos que arrojar gasolina en un incendio en marcha; ni siquiera el Rey Felipe VI, a quien Puigdemont se atrevió a dar réplica.

Los independentistas habían ganado hasta el momento la calle, el pasado domingo de manera destacada; ahí están sus concentraciones, las imágenes de cientos de personas haciendo cola esperando para votar y la humillación a la que sometieron a los guardias civiles en las horas posteriores al desalojarles de sus hoteles. El domingo ganaron también la opinión pública internacional. Pero los partidarios de la independencia de Cataluña no han podido con los despachos de mullidas alfombras de las grandes empresas y entidades financieras, que han comenzado a saltar del vehículo antes de caer por el precipicio.

En los años noventa, Extremadura Unida promovió, con cierto éxito entre la sociedad extremeña, el boicot a los productos catalanes. A ciertas marcas de agua mineral, por ejemplo. Más tarde ha venido el rechazo al cava catalán. Pero estos movimientos, con ser adversos para las empresas afincadas en Cataluña, han supuesto en el pasado una anécdota en su cuenta de resultados. Es más, cuando este verano, por citar un ejemplo reciente, Liberbank (Caja Extremadura) sufrió un ataque especulativo que puso su futuro en entredicho, no fueron pocos los clientes extremeños que se acercaron a CaixaBank, una entidad sólida, poniendo otra vez en evidencia que patria, grande o chica, y dinero no van de la mano cuando hay obstáculos.

Pero ahora el problema es de verdad para las empresas catalanas, no solo por verse fuera de España, donde tienen su principal negocio, sino del marco protector de la Unión Europea.

Lo que ocurre es que llegados a este punto, surgen muchas dudas. ¿De verdad que estos grandes empresarios y señores de las finanzas, bien relacionados y en el secreto de muchas cosas de Estado, no esperaban que se podía llegar al borde de la declaración unilateral de independencia?, ¿pensaron que todo era un farol?

Y sobre todo: ¿Por qué no saltaron antes de ese tren suicida?, es decir, ¿por qué no advirtieron a los promotores del referéndum y a la Generalitat de su intención de marcharse de Cataluña en el caso de que tuvieran que decidir? Porque si lo hubieran hecho, manifestándose además de una forma clara y contundente, a lo mejor la situación no habría llegado al punto en el que nos encontramos y, sin duda, habría ayudado a muchos ciudadanos de Cataluña, embaucados por el cuento de la lechera que los independentistas han ido construyendo con mentiras, como que seguirían dentro de la Unión Europea o que el futuro sin el resto de España iba a ser mucho más próspero, les habría permitido, digo, hacerse una idea más real y cabal de lo que realmente se estaban jugando con el sí.

¿Por qué no dejaron claras sus intenciones, sin ambigüedades ni equidistancias? Si una parte tan influyente del tejido catalán hubiera expuesto sus planes y anticipado los movimientos en el caso de una posible independencia, la euforia independentista se habría reducido.

Puede que lanzados a la carrera, ni siquiera estos movimientos frenen a Puigdemont, Junqueras y la CUP, pero al menos en las últimas horas la economía ha vuelto a poner sobre la mesa la cruda realidad en un proceso que tiene mucho de surrealista. Las empresas ya pueden marcharse sin mucho trámite, porque, cuando se quiere, por cierto, los textos legales se cambian y deprisa.

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