Ana Cortés, más de cien años de vivencias

Ana Cortés en la residencia Puente Real el día de su cumpleaños. :: casimiro moreno/
Ana Cortés en la residencia Puente Real el día de su cumpleaños. :: casimiro moreno
EXTREMADURA EN FEMENINO

Vecina de Badajoz y una de las españolas más longevas

Rocío Romero
ROCÍO ROMEROBadajoz

Han vivido muchas adversidades. Los que llegan a estas edades son unos supervivientes y son muy fuertes». Así explica la doctora de la residencia Puente Real de Badajoz que Ana Cortés haya podido pasar la barrera de los cien años y seguir sumando. Está perfecta de salud, aunque la cabeza le falle a veces y se desplace en silla de ruedas. Su médico asegura que tiene los achaques normales de su edad.

Ana no es la más longeva del mundo, pero casi. Ese título es para otro extremeño, Francisco Núñez Olivera, vecino de Bienvenida. Dentro de dos meses, Francisco cumplirá 113 años, solo cinco más que Ana. Ambos comparten la aparente vida tranquila extremeña.

ALGUNOS DATOS

Testigo del Siglo XX
Nacida en 1909, Ana Cortés vivió todos los acontecimientos desde la I Guerra Mundial.
Sin hijos
La mayor de cinco hermanos, se dedicó a estar al frente de su casa cuando sus padres envejecieron. No se casó.
Le hubiera gustado convertirse en maestra
Y tiene claro que lo haría si volviera a nacer.
Vive en la residencia Puente Real, en Badajoz
Allí van a verla sus sobrinos y los hijos de estos.
Celebró su cumpleaños el viernes, día 27, con su familia.

Ana tiene una apariencia frágil, pero por dentro sigue fuerte. Sopló las velas rodeadas de sus sobrinos y de sobrinos nietos el viernes, cuando cumplió los 108 años. La llevaron cerca de la residencia porque ya no es conveniente trasladarla en coche. «Pesa unos 30 kilos, pero no tiene enfermedades ni dolores», explica su sobrino, Fernando Cortés.

Nació antes de la I Guerra Mundial y con 90 años aún fregaba los suelos de rodillas

Ana responde a veces firme a las preguntas. Tiene algunas cosas claras. Si volviera a nacer, le gustaría ser maestra. Su sobrino cuenta algunas cosas de su pasado.

Ana es la mayor de cinco hijos de un zapatero de Montijo y una ama de casa. No pudo estudiar, pero era una gran lectora y muy despierta. Por eso una vecina de su pueblo, con posibilidades económicas, le dijo a sus padres que le pagaría los estudios en Badajoz para convertirla en profesora. Su madre, sin embargo, no se lo permitió. Contestó a aquella invitación con que no tenían para pagarle los vestidos que la joven tendría que ponerse para ir a las clases. Y ahí quedó la propuesta. «Si naciera otra vez, sería profesora para enseñar a los pequeños lo que tengan que saber», dice convencida.

No se casó. «Dios no me mandó hijos», dice en otro momento. Y no tiene claro que los eche de menos. Al menos, cuando se le pregunta insiste firme: «Es que Dios no me los mandó». «Y nos tiene a los sobrinos», interviene Fernando, que sigue yendo a verla al menos dos veces a la semana. «Para mí es como una segunda madre, y el resto de los sobrinos y la familia también está pendiente de ella». No se les olvida que «lo dio todo sin pedir nada a cambio, que permitió a sus sobrinos más caprichos que sus padres y a veces hasta nos dio más mimos que ellos».

Cuando los padres de Ana se hicieron mayores, ella se hizo cargo de la casa. Una de sus hermanas se casó y salió de la residencia familiar, su hermano Tomás tuvo un accidente de tren y perdió un brazo. Sus otras dos hermanas se convirtieron en modistas, y les fue bien en el negocio. Así que ella se dedicó a cuidar de su casa. Las tres continuaron viviendo juntas, y con ellas se mudó Amalia, una prima por parte de madre. «Tenía mucha energía, hasta los 90 se echaba al suelo a fregar. Eso de las fregonas no iba con ella», explica su sobrino. «Era imposible discutir con ella», cuenta con una sonrisa.

Ana vivió en su casa de Montijo hasta los 95 años. Entonces se le rompió la cadera y tanto ella como su hermana, con la que entonces compartía vivienda, decidieron ingresar en la residencia de Olivenza. Allí se fueron hasta que hace un par de años sus familiares la trasladaron a esta de Puente Real en la ciudad de Badajoz.

Es la única de los hermanos que vive, pero ella está convencida de que su hermana María aún está junto a ella. «A veces le habla como si estuviera al lado, pero murió hace cuatro años», dice su sobrino. Sonríe si le preguntan por sus veranos en Chipiona. «Pero es que yo tengo muchos años y las cosas se me olvidan», añade Ana.

A Fernando Cortés, que es cronista oficial de Badajoz, no se le olvidan sin embargo algunas cosas de las que Ana, memoria viva del siglo XX, le ha contado.

Ella vivió la I Guerra Mundial, conoció la gripe española, pasó su juventud con la gran depresión económica, sufrió la Guerra Civil y las penurias que la siguieron, y después conoció la II Guerra Mundial. Y todo lo que ha pasado desde entonces.

Historias de la guerra

Fernando Cortés tiene presentes las historias de la Guerra Civil. Ella tenía entonces 27 o 28 años. Le contó que cerraban los balcones de su casa de Montijo para no oír los gritos de familias desesperadas y de los vecinos a los que se llevaban para fusilarlos en las noches de verano.

Ella no habla de eso. O no lo oye, o no quiere oírlo. O no quiere acordarse. Su mirada no está fija en ningún punto, pero tampoco revolotea sin control. Hubo un día en que sus ojos fueron verdes, hoy sin embargo son tan celestes que casi parecen cristalinos. Pero aún transmiten vida.

Tiene la piel ajada, las manos tranquilas descansando una encima de otra y el pelo blanco elegantemente recogido en un moño al estilo italiano. En el pecho lleva prendida una flor roja. «Que tenga usted suerte en la vida», desea al visitante antes de marcharse.

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