Ceclavín independiente

Calle de Pintores o de los comerciantes de Ceclavín. :: hoy/
Calle de Pintores o de los comerciantes de Ceclavín. :: hoy

El pueblo de mi madre lo tiene todo para ser un principado

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Lo que peor se lleva de los nacionalistas es su desprecio al otro, no por el despreció en sí, sino por la estupidez intelectual que entraña: ¿cómo han podido perder la cabeza de esa manera? No entendemos esa tontería de montarse una historia forzada y una mitología ficticia para justificar el somos diferentes, somos mejores y somos capaces de recrear el paraíso en la tierra.

Este verano, en el pueblo de mi madre, Ceclavín, emigrantes «catalanes» independentistas justificaban su postura echando mano de ese andamiaje postizo que convierte la historia y los símbolos en señas de identidad. Y como no acababan de convencer a sus interlocutores, justificaban la independencia recordando la emigración catalana, a finales del siglo XIX y principios del XX, como motor de desarrollo de España. Así, exponían los casos de los Masaveu, que emigraron a Asturias y desarrollaron la minería del carbón, los Masó, que impulsaron la industria conservera gallega, o los Calaff, Segura, Ferrer, Vilanova o Busquet, capaces de modernizar la industria lanera extremeña y el comercio textil cacereño.

El razonamiento consiguiente era que gracias a los catalanes se había desarrollado España, pero ya había llegado la hora de centrar los esfuerzos solo en Cataluña para levantar allí el cielo prometido. El razonamiento hace agua si repasamos la historia y recordamos las leyes que promocionaban solo la industria catalana o la obligación de las cajas de ahorro de prestar a bajo interés a esa industria catalana (y vasca), pero no al resto y la consiguiente emigración.

Pero lo que deshacía de verdad ese razonamiento estaba allí mismo, en el propio pueblo de mi madre, en Ceclavín, cuyos vecinos también habían emigrado a Cáceres entre los siglos XIX y XX para impulsar el comercio cacereño convirtiendo el eje comercial que va de Cánovas a la plaza Mayor en un florilegio de comerciantes y emprendedores ceclavineros.

Así, el ceclavinero Víctor García tenía un almacén de tejidos en la calle Parras y establecimientos frente al Gran Teatro y en la plaza Mayor. Su paisano Miguel Serrano abría tienda de tejidos en los mismos soportales de la plaza Mayor. El gremio de joyería estaba copado por los emprendedores de Ceclavín, auténticos 'catalanes' de Extremadura. Reparen si no en la lista de ilustres apellidos de la joyería extremeña llegados desde la 'Mesopotamia' cacereña a la capital: Pozas, Corbacho, la relojería Rosado de Roso de Luna o la de Juan Rosado en Donoso Cortés (sus hijos regentarán una óptica en la Cruz, una joyería en Cánovas y una tienda de muebles selectos en Gil Cordero).

Lo de Mesopotamia o país entre ríos es el sobrenombre que le daba con gracia y acierto un lector a Ceclavín por ser un pueblo situado entre el Tajo, el Alagón y la Rivera de Fresnedosa. De ese pueblo casi isla, al que se llegaba en diferentes barcas, eran mueblerías cacereñas como las de José Pérez, en Pintores, y Mirón, en San Juan. El gran cine Norba había sido levantado por el ceclavinero Tomás Pérez y otro Pérez, de nombre Crescencio, tenía en Pintores la conocida sastrería La Casa de la Petaca.

Marcelino Galán, de Ceclavín, vendía tejidos al principio de Pintores y un hermano suyo tenía sastrería. El fundador de El Requeté (Inditex cacereño del siglo XX) era ceclavinero y los hijos de su pariente y paisano, Pedro Hernández, abrieron farmacia en Moctezuma y clínica de análisis. La lista sigue y hasta mi bisabuelo ceclavinero Severo Martínez tenía bodegas en la cacereña calle Postigo y comercio mayorista de lana, aceite y frutos secos.

Mesopotámicos y aislados, con un habla leonesa acentuada, con costumbres, tradiciones y gastronomía diferenciadas, con una historia de rebeldía frente a la Hacienda española (El Motín de Ceclavín), que sustentaría una nación en manos de historiadores ventajistas, y con un espíritu emprendedor y comerciante ejemplar y apabullante, Ceclavín lo tiene todo para ser, por lo menos, un principado. Pero les da la risa.

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