Lo de Cataluña…¡y lo nuestro!

Si el molt honorable huido Puigdemont quiere volver, se supone que deberá iniciar su nueva etapa pagando primero lo que debe; dicho de otra manera, que tan pronto pise territorio español, debería pasar directamente a manos de los jueces para que le apliquen como proceda el Art. 155 de la Constitución, si es que todavía sigue vigente en Cataluña

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZ

Ahora, cuando ya uno se da cuenta de que los años no perdonan y a veces la memoria empieza flaquear, de vez en cuando vienen a la mente antiguos aforismos, frases hechas, muchas de las cuales estuvieron ligadas en el pasado al discurso de grandes pensadores, a las teorías del conocimiento… en suma, a lo que trataron de enseñarte en la juventud. Y en los devaneos a que nos viene arrastrando desde hace ya varios meses la situación política en Cataluña, se me ha venido a la cabeza una frase aprendida en aquellos ya lejanos años mozos: ‘natura non facit saltus’, la naturaleza no da saltos. Supongo que el latinajo le sonará a chino a la mayoría, pero no pasó desapercibido para grandes pensadores del siglo XVII y siguientes, tales como Kant, Leibniz, Darwin… a la hora de establecer la teoría de la evolución, la ley de continuidad, la selección natural como fuerza conservadora de la naturaleza.

Supongo que más de un lector, si ha tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí, se estará preguntando a cuento de qué viene este exordio. Pues viene a cuento del tema recurrente desde hace ya más de tres meses, Cataluña, que no soy capaz de quitarme de la cabeza justamente porque no soy capaz de entenderlo. Lo de la independencia y el derecho a decidir de un sector de catalanes me parece una memez por muy temprano que se levanten. Aplicando sus mismas o parecidas razones, otras regiones de España podrían hacer lo mismo. Y si salimos al ancho mundo o simplemente a los vecinos países europeos, ni te cuento. Hasta ahora, nuestros hoy independentistas se habían dedicado a pedir el oro y el moro… y les hicieron caso, supongo que para tenerlos contentos y a poder ser calladitos. Los vascos también lo hicieron a su manera… y no les ha ido mal. Quienes conocen las actuaciones políticas y económicas en la España de los años sesenta y setenta del siglo pasado saben de qué hablo. Pero de todo eso nos acordamos los extremeños, los manchegos, los andaluces entrados en años… tanto los que seguimos en nuestras regiones como los que en aquellos años tuvieron que emigrar a Cataluña o el País Vasco.

A lo que se ve, algunos no quedaron satisfechos con el vergonzoso esperpento del 1-O y quieren organizar algo parecido, aunque esta vez en plano internacional: tal que el huido Puigdemont aspire a ser presidente de Cataluña desde la ausencia, haciéndose visible por medios telemáticos, es decir, viviendo en Bruselas y dejándose ver por sus gobernados a través de la TV Catalana o cosa semejante. ¡Para que me digan que todo esto del independentismo catalán no es un esperpento! Si el molt honorable huido Puigdemont quiere volver, se supone que deberá iniciar su nueva etapa pagando primero lo que debe; dicho de otra manera, que tan pronto pise territorio español, debería pasar directamente a manos de los jueces para que le apliquen como proceda el Art. 155 de la Constitución, si es que todavía sigue vigente en Cataluña. Vamos, digo yo. Y a los ‘blanditos’ que se inclinan a algo así como una amnistía para los huidos, quiero recordarles que «la ley es ley para todos», según escribió alguien cuyo nombre he perdido en el camino de los años. También para Puigdemont, artífice principal del desaguisado independentista catalán y a cuya causa comienzan a faltarle apoyos importantes. Sin duda el caso más sonado es el de Artur Más, que en su día dio paso a Puigdemont y ahora ha decidido hacerse a un lado, no sé si porque el Puigdemont se ha pasado de vueltas o fue él quien se pasó en lo del Palau, otro asunto que huele mal. Claro que detrás han seguido los ‘Jordi’, la expresidenta Forcadell… y no serán los últimos.

Y henos ahí a todos como entontecidos, pendientes de en qué acabará el «parto de los montes» catalán, como si en España no hubiera más problemas. En Extremadura sin ir más lejos. Hemos entrado en un nuevo año y no parecería mal momento para revisar la propia casa; y si no nos atrevemos a acometer obras de importancia, que buena falta hacen, cuando menos quitar goteras y hacer un buen barrido. Pero no: aquí seguimos en una especie de ensimismamiento, encantados de habernos conocido. No digo que no se haga nada, pero se aprecia una propensión a nadar en la superficie sin entrar en los problemas de fondo, que siguen siendo los de siempre: el nivel de renta por debajo de la media, el índice de paro más alto, las deficientes comunicaciones, la pérdida de población en nuestros pueblos…

A punto de llegar el otoño, el ministro Iñigo de la Serna se reunía con Fernández Vara para informarle de sus planes de actuación en tema tan candente en Extremadura como el ferrocarril, en este caso sobre la electrificación del tramo Mérida-Puertollano. Luego vino la «manifestación de Madrid» ‘por un tren digno’, que sirva o no para algo, fue como «poner una pica en Flandes». Aunque menguados serían los resultados si al final todo queda en volver a un tren Talgo suprimido hace una década. Se ha repetido por activa y por pasiva: el problema de las comunicaciones en Extremadura es bastante más amplio. Lo recordaba en este mismo espacio el pasado 27 de diciembre el profesor de la Uex, J.M. Alonso Rodríguez, que se refería, sí, al enlace con Madrid, pero también al eje norte-sur, que ya fuera una ‘autovía’ de la época romana (Vía Lata, camino ancho), así como al enlace con Levante por Puertollano, que devendrá fundamental en el transporte de mercancías de un futuro cada día más próximo, como se ha reiterado en estas páginas.

No parece demasiado complicado establecer los problemas o asuntos importantes de Extremadura a los que nuestros políticos debieran prestar atención, aunque luego discutieran sobre prelación de los mismos y sobre las políticas a aplicar. Pero no: parece que lo primordial fuera la descalificación y el desgaste del adversario, como si pasaran la vida en una campaña electoral permanente. Tengo la sensación de estar viviendo una época bien pobre de la política extremeña. Y no creo ser el único. ¡Ojalá esté equivocado!

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