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Muere Carlos V y nacen las leyendas

Cuadro que representa la historia no demostrada de que Carlos V asistió a sus funerales en vida.
Cuadro que representa la historia no demostrada de que Carlos V asistió a sus funerales en vida. / HOY
  • El fallecimiento del Emperador, además de conmover al mundo, generó multitud de historias y relatos en los que la realidad y la ficción se mezclan hasta hacer imposible saber qué fue verdad y qué fue invención

Carlos V, el hombre más poderoso del mundo en el se momento, expiró el 21 de septiembre de 1558 vencido por una fiebres palúdicas causadas por un mosquito. Murió observando un misterioso cuadro en el que estaba representada su muerte, un lienzo de más de ocho metros que encargó siete años antes a Tiziano. Envueltos en sudarios, suplicantes y contemplativos aparecen representados ante la Trinidad él, su esposa Isabel de Portugal, su hijo Felipe II, su hija Juana de Austria, María, reina consorte de Hungría, y Leonor, reina de Francia y de Portugal.

El monarca decidió llevarse el cuadro al Monasterio de Yuste (Cáceres) para pasar sus últimos momentos de vida. Pidió expresamente morir viéndolo y absorto ante él falleció. El misterioso cuadro La Gloria de Tiziano ha pasado así a convertirse en parte de la leyenda que rodeó la muerte de Carlos V, del que también dicen que decidió encargar la celebración de los funerales antes de su muerte, y a los que asistió en vida. Pero esta historia es otra en las que ficción y realidad se mezclan hasta el punto de que es imposible saber ahora si fue verdad o mentira.

Los frailes cronistas cuentan que, días antes de caer enfermo, Carlos le dijo a su barbero Nicolás que tenía ahorrados 2.000 ducados y le gustaría emplearlos en sus funerales. Éstos debían celebrarse antes de morir él. Los frailes relatan que con ese dinero se mandó comprar cortinajes negros y que los últimos días de agosto se celebraron esas misas de difuntos, con asistencia del propio Emperador, que también había ordenado oficiar misas por la Emperatriz y sus padres.

Como la salvación eterna es la mayor preocupación de Carlos en sus últimos días, y tanto teme por su alma, en su codicilo manda además que se oficien 30.000 misas en su memoria, 10.000 más de las que había encargado su abuela, Isabel la Católica.

La leyenda sobre este asunto engordó tanto con los años que se llegó a decir que el Emperador tenía guardado su ataúd debajo de la cama, como su abuelo Maximiliano. Sin embargo, la mayoría de los historiadores no han dado crédito a ese relato. Sencillamente, porque no han hallado pruebas que lo sostengan.

Sorprende en primer lugar que ninguno de los sirvientes cercanos del monarca –su secretario, su mayordomo, su médico--, que escriben a diario y con detalle sobre las incidencias de la vida de Carlos, cite esos ‘funerales’. Incluso el deán placentino Tomás González, que es el primero en hacer una detallada investigación sobre la vida del Emperador sirviéndose de documentos y cartas de la época, rechaza que se celebraran esos funerales.

El relato de las exequias en vida queda asimilado a otras leyendas que surgieron tras la muerte del Emperador: los frailes también cuentan que la noche en que murió el monarca floreció una azucena en su ventana; o que apareció un cometa; o que durante cinco noches vino a posarse al Monasterio desde Garganta la Olla una extraña ave tan grande como un cisne y que ladraba como un perro