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Carlos V, el emperador que murió por un mosquito

Carlos V, el emperador que murió por un mosquito
  • A finales de agosto de 1558, el hombre más poderoso del mundo en ese momento contrajo las fiebres palúdicas, un mal endémico en la Vera. Las sangrías que le hicieron tampoco ayudaron a su recuperación

Dos de la madrugada del 21 de septiembre de 1558. Palacio de Yuste: el Emperador Carlos V, que lleva enfermo de malaria desde el 31 de agosto, agoniza en su lecho. En la mano derecha sostiene un crucifijo que perteneció a su mujer, la emperatriz Isabel; en la izquierda, un cirio de Montserrat. El que había sido el hombre más poderoso del mundo exclama un sentido ¡Jesús! Y expira rodeado de sus sirvientes más allegados.

“…y está tan bueno y gordo y con tan buen color, como no lo he visto después que entró en Yuste”, escribía el secretario del Emperador, Martín Gaztelu, justo tres meses antes de la muerte de Carlos V, el 20 de junio de 1558.

¿Qué ha pasado para que un hombre que goza de una relativa buena salud y al que en el verano del 58 sólo molesta una ligera comezón en las piernas enferme gravemente y fallezca apenas ocho semanas después? Ciertamente, no fue la gota, que le atormentó desde que tenía 28 años, la causa de su muerte. Una fiebre palúdica, contraída a finales de agosto, acabó con la vida del Emperador cuando todavía no se habían cumplido los dos años de su llegada a Extremadura. El paludismo –o la malaria, que de ambos modos se conoce la enfermedad-, era entonces un mal endémico en algunas zonas de España, entre ellas La Vera.

El calor, combinado con la humedad, es el caldo de cultivo idóneo para que prospere el mosquito que transmite la malaria. Y el verano de 1558 fue cálido y húmedo en Yuste. “Aquí nos asamos de calor –escribía el 28 de julio Luis Quijada, mayordomo del Emperador, a Felipe II--. Los de La Vera dicen que nunca tal han visto”. El 28 de agosto, el mismo Luis Quijada da cuenta en otra carta de que un rayo ha matado a 27 vacas y nueve terneros en la sierra.

Fiebre, delirios y vómitos

Sólo dos días después, Carlos V se siente enfermo. Su médico, Enrique Mathys, lo relata así en las misivas que manda al secretario de Estado, Juan Vázquez, a Valladolid: “El martes pasado, 30 de agosto, Su Majestad comió en el terrado, donde reverberaba mucho el sol, y comió poco y con poco apetito…” Su mayordomo Quijada abunda en la idea de que esa comida es el momento en que el Emperador contrae la enfermedad: “Yo temo que este accidente sobrevino de comer antier en un terrado abierto; y hacía sol; y reverberaba allí mucho; y estuvo en él hasta las cuatro de la tarde, y de allí se levantó con dolor de cabeza; y aquella noche durmió mal. Así que podría ser fuerte aquello lo que le ha causado este frío y calentura”.

Muy pronto su médico se da cuenta de que no está ante un nuevo ataque de gota. La fiebre alta, combinada con fases de escalofríos, delirios y vómitos, apunta a lo que entonces se conocían como unas tercianas.

Y aunque el paludismo no era necesariamente mortal, tampoco existían remedios eficaces contra él: las sangrías y las purgas son los dos tratamientos que se le aplican al Emperador. El 2 de septiembre se le extraen diez onzas de sangre. La fiebre le produce una intensa sed y se le da de beber agua con vinagre y también cerveza. Como empieza a tener vómitos de bilis se le purga con pastillas de ruibarbo.

El 5 se septiembre se nota una mejoría, hasta el punto de que se cree que ya no hace falta que venga el médico Cornelio Baersdop, al que se había mandado aviso a Cigales, en Valladolid. Sin embargo, la mejoría es fugaz. El día 8 vuelven las calenturas y los delirios.

El Emperador es consciente de que su enfermedad es grave, y prueba de ello es que pide que le lean el testamento que firmó en Bruselas en 1554 y hace redactar un codicilo (añadido), donde incluye nuevas disposiciones y, sobre todo, fija las pagas y pensiones que se debe dar a cada uno de sus criados. Rechaza, sin embargo, que su hija y su hermana vengan a Yuste.

El 9 de septiembre firma ese codicilo; el 10 pide confesar y comulgar. Aunque la enfermedad le debilita día tras día, todavía es capaz de tratar asuntos de Estado con Garcilaso de la Vega, el famoso escritor, que estaba en Yuste como embajador.

En sus últimos días, a Carlos V le preocupa el proceso que se lleva contra los focos de luteranismo que se han encontrado en España y el gobierno de Flandes. Quiere convencer a su hermana María, reina viuda de Hungría, de que vuelva como gobernadora a este territorio y así permitir que Felipe II venga a España. (Aunque logró convencerla, la marcha no se produjo. María murió apenas un mes después de Carlos).

"Ya le han enterrado tres veces"

Los médicos se dan cuenta de que la enfermedad del Emperador no tiene remedio: la fiebre es tan fuerte y la debilidad, agravada por las purgas y las sangrías, tan acusada, que Carlos pierde el sentido durante largas horas.

El 19 de septiembre, cuando le da un nuevo acceso de fiebre, sólo su mayordomo, Luis Quijada, se resiste a creer que es la última calentura, pues los doctores “ya le han enterrado tres veces”, afirma. Su confesor, fray Juan de la Regla, le da la extremaunción. El 20 se confiesa y vuelve a comulgar.

Ese mismo día llega al monasterio el arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, que asiste al Emperador en el lecho de muerte. Es un personaje importante de la época, seguidor de Erasmo, pero sospechoso de herejía.

El inquisidor general, el arzobispo de Sevilla, le tiene en el punto de mira, y las palabras que pronuncia Carranza ante un Carlos V moribundo son utilizadas en su contra como prueba de sus tendencias luteranas. Cuentan los cronistas que, con el crucifijo en la mano, Carranza afirmó: “He aquí al que responde por todos. Ya no hay pecado. Todo está perdonado”. Perdonar los pecados sin confesión, por el amor de Cristo, es una de las señas de la doctrina luterana.

En el asfixiante ambiente de sospechas, envidias y luchas de la Iglesia española de la época, esas frases del arzobispo maliciosamente repetidas en los oídos oportunos, contribuyeron a abrirle un proceso por hereje.

El 21 de septiembre, a las dos de la madrugada, el Emperador expira. Por la tarde, lavan y perfuman el cuerpo y lo introducen en un ataúd de plomo y otro de nogal. La Iglesia del monasterio se viste con cortinajes negros, que se han mandado comprar en Plasencia, y se coloca un gran catafalco con el ataúd en medio del templo. Durante tres días se suceden las misas, hasta que el día 23 se decide darle sepultura. Se cumple así el deseo del Emperador de ser enterrado en el Monasterio.

Pero no en cualquier sitio, sino bajo el altar mayor, de modo que el sacerdote pise “sus pechos y su cabeza mientras oficia”. Lo colocaron un poco más atrás, pues ser enterrado bajo el altar mayor es privilegio que se reserva a las reliquias de los santos.

La salvación eterna es la mayor preocupación de Carlos en sus últimos días. Tanto teme por su alma, que en su codicilo manda que se oficien 30.000 misas en su memoria, 10.000 más de las que había encargado su abuela, Isabel la Católica.