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Carlos V se negó a abandonar Yuste

Maqueta de un auto de fé celebrado por la Inquisición en Llerena que se expone en el Museo de la Historia de Llerena.
Maqueta de un auto de fé celebrado por la Inquisición en Llerena que se expone en el Museo de la Historia de Llerena. / HOY
  • En verano de 1557 un rumor se extendió por España, Flandes y Roma: el emperador va a dejar Yuste. Pero él se opuso a dejar su retiro, ni siquiera por la presencia de luteranos en la cercana Llerena

Estamos en el verano de 1557. Los rumores vuelan por Valladolid y saltan a Flandes y Roma: el Emperador va a dejar Yuste. El gran césar, aguijoneado por las nuevas guerras con Francia a que se enfrenta su hijo Felipe, y descontento de cómo se llevan, va a salir de su retiro y a tomar de nuevo el mando. Hasta su hija, la princesa Juana, se hace eco de la noticia y pregunta a Carlos V si es verdad.

Carlos V está retirado en Yuste, ha renunciado al poder, pero los problemas de Estado no le abandonan. Las cartas –y los embajadores--, pidiéndole su intervención en los asuntos más conflictivos empiezan a llegar bien pronto.

En la primavera del 57, su hijo Felipe, embarcado en una nueva guerra, envía a su embajador Ruy Gómez de Silva a Yuste a pedirle que abandone el retiro. Felipe cree que en cuanto se corra la voz de que el Emperador vuelve a la política sus adversarios temblarán. La carta del monarca a su padre es bien explícita y muestra el prestigio guerrero que todavía conservaba Carlos.: “Suplicando a Su Majestad tenga por bien socorrerme en esta coyuntura (…) Al solo rumor de esta noticia esparcida por el mundo, estoy cierto que mis enemigos quedarán turbados”.

Carlos dijo que no, pero el rumor de que podría dejar el apartado monasterio de Yuste siguió creciendo. En julio de 1557 su secretario desmiente la especie: “Su Majestad queda bueno –escribe Martín Gaztelu-, aunque con menos apetito de salir del Monasterio de lo que ahí se ha dicho”.

Su mayordomo, Luis Quijada, escribe algo similar en agosto: “En lo demás que por esas calles dice el vulgo de salir de aquí (el Emperador), yo no hallo novedad ninguna, antes muy gran reposo y asiento en todo (…) Está el más contento hombre del mundo, con más reposo, y con menos ganas de salir para ninguna parte; y así lo dice”.

No sólo su mayordomo informa de que el Emperador no quiere abandonar el retiro. El comendador mayor de Alcántara, que se entrevistó con él en Yuste en el mes de agosto ratifica esta opinión en una carta al secretario de Estado: “Yo muy sosegado dejé a Fray Carlos. Aunque no muy desconfiado de sus fuerzas, todavía le parecía que no estaba para salir de allí”. No obstante estas palabras, el comendador no considera la idea descabellada, dado el pasado guerrero de Carlos V: “Después de que yo lo vi –continúa la carta--, todo se puede haber mudado. Todo lo creo del amor que tiene a su hijo, y de su buen ánimo y antigua costumbre, pues es criado en guerra”.

Tal vez es verdad lo que comenta el pueblo y los gobernantes europeos de que a Carlos V no le gusta el modo como su hijo lleva las guerras: se siente decepcionado cuando sabe que Felipe II no estaba presente en la batalla de San Quintín, ganada a los franceses el 10 de agosto de 1557; tampoco le gusta que renuncie a conquistar París; o que pacte con el Papa unas condiciones desventajosas. Pero todos esos desacuerdos no le llevan a renunciar a su retiro.

Carlos no accede a abandonar Yuste, aunque ello no significa que se desentienda del devenir político. El Emperador no es, ni mucho menos, un jubilado achacoso entretenido en contar antiguas batallas a sus servidores, sino un activo gobernante que, por medio de los embajadores y correos que recalan a diario en el Monasterio, da órdenes, critica decisiones y hasta manda fulminar a los enemigos.

Carlos V ya no tiene el poder oficial, pero conserva toda la influencia acumulada en sus 37 años de monarca absoluto. Es especialmente activo en la tarea de allegar fondos para financiar las guerras que Felipe II mantiene en Francia e Italia.

La cólera del Emperador

El Emperador se encoleriza cuando, en marzo de 1557, sabe que una partida de plata y oro que ha llegado a Sevilla desde América ha desaparecido en su mayor parte: exige que se rastree el destino del dinero y se castigue a los culpables de la Casa de Contratación.

En una carta que escribe a su hija, la princesa Juana, afirma que la cólera que siente se acrecienta de día en día, y no se le pasará hasta que se remedie la afrenta. Carlos admite que incluso le dan ganas de salir de Yuste: “En verdad –escribe el Emperador--, si cuando lo supe, yo tuviera salud, yo mismo fuera a Sevilla a ser el pesquisador de donde esta bellaquería procedía; y pusiera a todos los de Contratación en parte” (en la cárcel). El Emperador insiste en que se persiga el asunto por justicia no ordinaria, sino extraordinaria, y ofrece todos sus esfuerzos para arreglar el entuerto.: “Y si por esto yo soy bueno para ello, aunque tenga la muerte entre los dientes, holgaré de hacerlo”, afirma.

El interés de Carlos V por conseguir dinero con el que financiar las campañas militares de Felipe incluye no sólo su preocupación por el destino del oro y la plata que vienen de América. También escribe a obispos y arzobispos para que la Iglesia contribuya, bien con donaciones, bien con préstamos, a financiar esos gastos. El cruce de cartas con el arzobispo de Sevilla, Fernando Valdés, que es también el inquisidor general, es tirante. El prelado rechaza la petición de dinero que le hace el monarca argumentando que las rentas del arzobispado se las ha gastado, pero no en juegos o usos deshonestos, sino en limosnas, en casas religiosas y en casar doncellas pobres. Como no le creen, se ofrece a que un contador real revise sus cuentas. Finalmente da 50.000 ducados, de los 150.000 que les habían solicitado.

Luteranos en Llerena y Valladolid

Otro asunto que desasosiega al Emperador en Yuste es el brote de luteranismo que se descubre en Valladolid y que se extiende hasta Sevilla y Llerena. Carlos pide que la Inquisición aplique la máxima dureza contra los herejes.

Es tal su desasosiego al ver que el luteranismo, que él combatió en Alemania, prende en España, que incluso asegura en mayo del 58, en una carta a su hija que sería capaz de salir de Yuste para atajarlo: “Si no fuese por la certidumbre que tengo de que vos y los del Consejo que ahí están, remediarán muy a raíz esta desventura (…), no sé si tuviera sufrimiento para no salir de aquí a remediallo”.

Fray Prudencio Sandoval relata con más gracia las razones que Carlos dio al prior de Yuste: “Ninguna cosa bastaría a sacarme del Monasterio sino ésta de los herejes. (…) Mas para unos piojosos como éstos no es menester”.

Sandoval escribe que Carlos V se arrepintió entonces de no haber prendido y quemado a Lutero cuando se entrevistó con él en Worms, y haber atajado así la extensión del luteranismo. “Errarse ha si se dejasen de quemar (los herejes), como yo erré en no matar a Lutero, si bien yo lo dejé por no quebrantar el salvoconducto y la palabra que le tenía dada”. Historiadores como Manuel Fernández Álvarez consideran, sin embargo, que el celo del Emperador contra los herejes españoles estaba inducido por el Inquisidor general, que exageró los peligros que representaban para poder actuar con dureza.

La persecución de la herejía estaba entonces en pleno apogeo, y el temor a resultar sospechoso de seguir las tesis reformistas también se extendía: hasta el médico de Carlos V, Enrique Matisio, acaba quemando una biblia que tenía en francés por miedo a que le acusen de luterano.