Cáparra luce elegante en su bautizo teatral

Iluminación nocturna del arco
Iluminación nocturna del arco / ANDY SOLÉ

La ciudad romana se estrena como sede del Festival de Mérida, que así extiende su cartel hasta la provincia de Cáceres

Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

Empieza a atardecer sobre Cáparra y el señor de la primera fila, que 24 horas antes estaba en Londres y unos días atrás en los Fiordos noruegos, dice que le encanta la luz que tiene el sitio. «Estas cosas -comenta, ya sin su sombrero en lo alto- no podemos hacerlas en Irlanda, allí llueve mucho». Es Denis Rafter, el director de 'Edipo Rey', una obra con capítulo propio en la historia del teatro extremeño. Con ella se inauguró hace cuatro años el teatro de Medellín, y en la noche del viernes al sábado sirvió para bautizar a Cáparra. Como extensión -así llama el lenguaje oficial a Madrid, Regina y Medellín, y ahora también a esta ciudad romana- del Festival de Teatro Clásico de Mérida.

Seguramente, no hay nada comparable a ese monumento de la capital autonómica. Todo parece menos fuera de ahí. Porque todo es más pequeño que ese espacio en el que aspira a declamar cualquier actor valiente. Pero hay que alabarle el gusto al primero que pensó en Cáparra como escenario teatral. Ayer, en el día del estreno, todo se puso de cara para ayudar a este advenimiento cultural. El aire no aceleró más allá de la brisa agradecida. No hizo frío. Lo único que llovió fueron estrellas. Y hasta la luna llena, aunque tardía, acabó apareciendo para que los fotógrafos pudieran componer al gusto una estampa para los carteles de próximas ediciones.

Las habrá, si no pasa nada raro. Porque el sitio lo merece. Está en medio del campo, a media hora en coche de Plasencia, y es un jardín para humanos y animales. Los cencerros de las vacas suenan junto al aparcamiento, habilitado en una finca dentro del recinto de la antigua ciudad romana. Este espacio para coches es una enormidad en la que el conductor más torpe del condado aparcará aliviado. En la noche número uno de su historia como espacio para representaciones, Cáparra vendió las 550 entradas. Y en el aparcamiento había sitio para una colección de limusinas.

«Este sitio tiene algo especial, de verdad», comentó José Vicente Moirón al acabar la obra

De las de cuatro ruedas. De las de cuatro patas quizás haya en el entorno. A un paseo bonito está la finca de Antonio López Guibaja, cuyos toros están hartos de ver ciclistas y peregrinos con las pulsaciones altas. Gente que luego se hace un autorretrato con el móvil posando con el arco como fondo. Ayer lo hicieron familias de la zona, de los pueblos cercanos: de Oliva de Plasencia, de Villar de Plasencia, de la propia Plasencia, de Ahigal, Guijo de Granadilla, Jarilla, Zarza de Granadilla, Santibáñez el Bajo, La Granja, Segura de Toro, Mohedas...

El reparto y el director posan tras la representación, que está coproducida por el Festival de Mérida y Teatro del Noctámbulo / A.S.

Esparcir la cultura

Es probable que ellos sean mayoritariamente el público de las futuras citas en Cáparra, la primera sede del Festival de Mérida en la provincia de Cáceres. Lo de ayer es un empujón para llevar al teatro más allá de las sedes habituales. Y en un escenario cargado de simbolismo. Más aún si la obra es una tragedia -un dramón, si se quiere- griega.

La historia de Sófocles sobre Edipo, el rey de Tebas que decide sacarse los ojos tras descubrir, entre otros disgustos, que su esposa es su madre, resulta evocadora vista en una antigua ciudad romana. «Este es un lugar muy simbólico, me gusta mucho», decía Rafter dos horas antes de que comenzara la representación, con las gradas vacías. No hay nadie. Solo él, sentado en la primera fila y mirando hacia el escenario. «Yo trato los espacios de manera muy espiritual, me gusta pensar en la gente que vivió aquí», cuenta el director, un hombre afable que acepta con alegría las fotos y vídeos para el móvil que le propone José Vicente Moirón, el protagonista de la obra.

Este mismo papel de Edipo le valió al pacense el año pasado una nominación a mejor actor protagonista en los Max, los premios más importantes de la escena española. «Este sitio es magnífico», decía ayer a la una de la madrugada, diez minutos después de acabar la representación y con las manos aún manchadas por sangre de mentirijilla. «Esta extensión tiene algo especial, de verdad -se sinceraba-. Ojalá esto continúe y otros actores puedan disfrutar de la experiencia que hemos vivido nosotros».

José Vicente Moirón, en el papel de Edipo / A.S.

O sea, de subirse a un escenario situado unos metros por delante del arco de Cáparra, del siglo I después de Cristo. Una estructura única en la Península Ibérica sobre la que ayer estaban puestos todos los ojos. ¿Luciría bonito? ¿Se vería bien en plena noche? ¿Cómo lo iluminarían? Los focos se alejaron o acercaron, subieron y bajaron de intensidad según lo iba requiriendo el guión. El arco fue un actor secundario clave que en ciertos momentos tomó el plano protagonista. «Me gustaría sacarle más provecho, porque tiene mucho potencial, pero hay que tener en cuenta que estamos en el primer año, todo irá mejorando poco a poco», apuntaba Moirón antes de empezar. «Es un sitio muy inspirador -añadía-, perfecto para representar tragedias griegas».

«Me gustaría integrarlo más en la obra», proponía Denis Rafter en referencia al arco. Otras posibles mejoras: «El escenario se puede colocar más abajo y el público podría estar más cerca», proponía el director, que jugaba también con la posibilidad de cambiar la ubicación de los camerinos. Y de aprovechar de algún modo la plataforma ubicada a unos pocos pasos, en la zona de las termas. Ahí hay una cubierta de cristal con tres lucernarios que permiten ver bajo los pies los restos romanos.

El escenario para este debú teatral está en lo que hace veinte siglos era el foro. Con esa ubicación gana protagonismo el arco, que queda justo detrás de los actores. A un par de minutos andando de esta zona está el anfiteatro, que las autoridades de la Junta en materia cultural presentaron al público en abril del año pasado. Ese espacio dispone de un graderío, aunque de capacidad limitada. No hay ahí sitio para más de quinientas personas. Además, en ese emplazamiento no se vería el arco en ningún momento.

Treinta mil turistas al año

El detalle no menor, pues esa estructura cuadrifronte constituye el gran reclamo del lugar, que es el segundo conjunto romano más visitado de la región. Por él pasan cada año unos treinta mil turistas. El planteamiento es que el teatro pueda servir también de acicate para que esa cifra aumente. Para eso existe el centro de interpretación, situado junto al anfiteatro, que queda a unos doscientos metros del aparcamiento que se utilizará para los días de representación.

Desde el coche hasta las gradas hay un paseo de grava gruesa, que resulta aconsejable hacer con calzado cómodo. Es tan incómodo que más de dos optaron por echarse a un lado y caminar por la tierra compacta aunque pedregosa que hay a los lados. Una vez en la zona del escenario, hay un bar que sirve bebidas y bocadillos (cuatro euros el de chorizo ibérico y cinco el de jamón, que es de tamaño generoso y está bastante bueno sin llegar a ser excelso). También hay baños: unas incómodas casetas de plástico duro servidas por una empresa de grúas. En alguno no había luz, un asunto que no es baladí pues complica sobremanera la misión, menor o mayor, cuando la urgencia es nocturna.

Detalles menores, en cualquier caso. A pulir para el próximo verano. Hoy y mañana también hay representaciones en Cáparra: 'Los pelópidas', en versión de Florián Recio dirigida por Esteve Ferrer, y 'Marco Aurelio', de Agustín Muñoz Sanz con dirección de Eugenio Amaya. No quedan entradas. Se agotaron hace tiempo. Se ve que tiene tirón lo del teatro entre dehesas.

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