Que me busquen en Madeira

Celebración de un clásico cotillón de Nochevieja. :: hoy/
Celebración de un clásico cotillón de Nochevieja. :: hoy

Este puente se cuadran las agendas navideñas de cenas y comidas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Mi mujer, mi consuegra y mi nuera han quedado para tomar un café y organizar las cenas navideñas. A mí no me han dejado ir con ellas. Con las ganas que tengo yo de sumar al personaje de mi suegra el personaje de mi consuegra. Todo se andará. Mientras tanto, me han dejado en casa, al margen de la organización de las cenas y comidas de Navidad y Año Nuevo y con un mosqueo bastante considerable.

Aunque digo yo que si un servidor se pone de morros por algo tan nimio como un café con mi nuera y mi consuegra, imagínense la que se debe de estar preparando en muchos hogares catalanes, donde cuñados, consuegros, suegros y demás parentela, este año, además de decidir con quién cenan en Nochebuena y con quién comen en Navidad y además de debatir sobre langostinos sí, langostinos no, además, digo, están acongojados ante el probable, o mejor, impepinable, estallido del debate sobre el 'procés' a los postres o, incluso, ya en el aperitivo.

En casa, durante estas cenas, la discusión más encarnizada puede ser sobre si es mejor el aceite de oliva de Alía, que hace mi consuegra, o de Ceclavín, que hace mi madre. Más allá de eso, no barrunto yo nubarrones en el horizonte.

Este largo puente de diciembre es estratégico porque durante estos días se decide en las familias extremeñas si se cena con mamá o con mamá política, si la comilona es en el chalet del cuñado impertinente o en el casoplón de la cuñada engreída y si encargamos o no la carne al cutre de Manolo, que el año pasado trajo un pavo tan duro que debía de ser aquel al que Las Grecas le echaban guindas.

Coordinar las dos cenas y las dos comidas navideñas es un proceso que requiere la astucia de un jugador de póker y las carambolas de un maestro del billar. Hay que mantener el gesto impasible mientras se reparten los días y los encargos, aguantar hasta el último momento para que no te toque comprar el marisco, jugar bien las bolas para quedarte en casa las dos noches y salir a mediodía. Un verdadero lío.

Aunque, se planifique como se planifique, siempre queda una desazón y una angustia que nos lleva a amenazar con lo que nunca tendremos narices de hacer: irnos a pasar la Navidad a un lugar lejano y tranquilo. Es una amenaza que siempre anuncian los hombres, pero que solo cumplen las mujeres. Ellos se hartan y gritan que esta Navidad no aguantan más tonterías de cuñados y que se van a ir a esa playa solitaria con un hotel escondido en un rincón de algún archipiélago atlántico: «¡Que me busquen en Madeira!».

Ella lo deja despotricar hasta que se harta y le suelta eso de: «Deja de decir tonterías y saca la basura». Pero será ella la que un día se harte de verdad y tenga cuajo para largarse a cualquier sitio. Conozco tres casos de mujeres que lo han hecho, no conozco a ningún hombre que haya ido más allá de las amenazas.

La realidad no es tan cruda como parece. Desasosiega más la intendencia, que se organiza estos días, que el propio trajín navideño. El estrés no lo provocan la cena ni la fiesta, que pueden ser muy entretenidas. El estrés lo provocan las compras: los décimos de lotería para repartir, los amigos invisibles de cada familia, los encargos que te tocan en cada casa: aquí eres responsable de los turrones y allí eres responsable del sopicaldo.

No entro en las comidas de empresa, en las cañas de Nochebuena ni en la obligatoria sesión de patinaje sobre hielo. Pero al final, ya ven, protestamos por tanta cena y tanta fiesta y resulta que no nos llevan a tomar café con la consuegra y bufamos como un gato enfadado y rabioso.

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