Eugenio Fuentes: Bicicletas de verano

Montábamos por igual chicos y chicas, organizando turnos y trayectos./FOTOLIA
Montábamos por igual chicos y chicas, organizando turnos y trayectos. / FOTOLIA
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EUGENIO FUENTES

Habíamos sacado buenas notas, así que al comenzar el verano nos compraron una bicicleta como premio, una BH de un modelo nuevo que no se había visto nunca en el pueblo, donde las bicicletas eran antiguas y pesadas, clásicas. Con manillar de copa y ruedas pequeñas, sin barra central, y de color blanco, tenía un timbre metálico cuya nota cantarina nos producía tanta alegría que los primeros días no dejábamos de tocarlo, como un reclamo, en cuanto nos cruzábamos con alguien. Y una dinamo y un faro delantero que nos parecían lo más de lo más.

En aquella bici de paseo aprendimos a montar, y no recuerdo que nadie nos enseñara. Aprendimos también a poner parches, a cambiar las zapatas de los frenos, a ajustar con la palanqueta la altura del manillar o del sillín, a engranar la cadena y, pronto, a quitarle los guardabarros, que considerábamos un lastre inútil.

Como éramos muchos hermanos para compartirla, pues la bicicleta no entiende de sexos y facilita una igualdad que no comparten otros deportes predominantemente masculinos; montábamos por igual chicos y chicas, organizando turnos y trayectos. Aunque solo tenía atrás un sillín complementario, tanta era la impaciencia que, a veces, subíamos tres sobre ella, el tercero apoyado en las palometas de la rueda trasera. Y pronto comenzamos a entrenar otras habilidades, como soltarnos de manos o apearnos de un salto, con las consiguientes caídas y raspones que, sin embargo, no nos quitaban la pasión por pedalear.

«En aquella bici de paseo aprendimos a montar, y no recuerdo que nadie nos enseñara»

A veces organizábamos carreras con otros niños del pueblo y nos dividíamos en dos equipos: los bh y los orbea. La competencia comenzaba antes de tomar la salida, polemizando sobre cuál de las dos marcas era la mejor. A la debilidad que le atribuían a nuestras bicicletas, 'BH, cada kilómetro un parche', nosotros respondíamos 'Orbea, cada kilómetro una rueda', forzando nuestra tosca habla rural para componer la rima.

Desde entonces, en mi memoria el verano está indisociablemente unido a ella y no soy el único para quien la bicicleta es uno de los símbolos más perdurables de la infancia. Cuando se estrenó la emotiva película de Fernando Fernán Gómez pensé que su título expresaba lo que yo no había sabido decir.

Pronto la bicicleta trascendió lo puramente anecdótico y ayudó al crecimiento interior, porque nos permitía ir más allá de las fronteras del pueblo, hasta donde ya no estábamos bajo el cuidado directo de los mayores, en trayectos que se iban ampliando desde las primeras vueltas a la manzana hasta la áspera carretera que llevaba a Portugal, por donde se ponía el sol, y en cuyas cunetas, que por entonces no estaban llenas de basura, cantaban los grillos y se callaban a medida que uno se acercaba, para retomar su canto al rebasarlos. En aquel tiempo circulaban pocos coches y eran lentos, y era más bien la bicicleta la que asustaba o espantaba a los animales de carga con quienes nos cruzábamos raudos, a los perros que se ponían nerviosos con los movimientos circulares de los pies en los pedales. Con la bicicleta aprendimos que en el pueblo no había un único arroyo y que no estábamos solos: al otro lado de los cerros había otros lugares habitados por niños que también tenían bicicletas.

«Ayudó al crecimiento interior, porque nos permitía ir más allá de las fronteras del pueblo»

La velocidad con que bajábamos las cuestas, con el viento en la cara, bajo el sol del verano, nos asombraba al comprobar que, montados en un artilugio sin motor, pudiéramos ir más rápidos que un caballo y provocaba un deslumbramiento fascinante y un brusco contraste con la inmovilidad que había que mantener el resto del año en el colegio religioso donde estudiábamos.

Muchos años después, en la extraordinaria novela 'El mensajero', de L. P. Hartley, leí que al protagonista, Leo Colston, le regalan una bicicleta por su duodécimo cumpleaños. Su entusiasmo es similar al que nosotros tuvimos por entonces: «A un niño de hoy quizá le hubiera supuesto una decepción, pero a mí me abrió las puertas del paraíso. Una bicicleta era lo que más deseaba en este mundo y menos esperanzas tenía de conseguir». También para nosotros aquel regalo nos pareció un don del cielo. Tal vez hoy, que se tienen tantas cosas, estas palabras parezcan una hipérbole, pero quien vivió en aquellos tiempos sabe que no constituyen ninguna exageración.

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