Asnas, bueyas y portavozas

Irene Montero en la tribuna del Congreso. :: EFE/
Irene Montero en la tribuna del Congreso. :: EFE

Hace 21 años, el profesor Senabre reflexionaba sobre género y sexo

J. R. ALONSO DE LA TORRE CÁCERES.

Dice el periodista Enric Juliana en Twitter que la portavoza ha ganado la batalla, como en su día la ganaron los modistos. Para los filólogos, si esto es verdad, sería una tragedia. A los políticos, supongo que les da lo mismo porque su perspectiva es el voto, no el idioma. Hay quien defiende el debate porque hace visible la discriminación de la mujer y hay quien se escandaliza ante tamaña tontería.

En este lío de las portavozas andaba yo enredado mientras buscaba datos para escribir un artículo sobre el profesor Ricardo Senabre, cuando descubrí una 'tercera' de ABC suya publicada el 2 de abril de 1997. Se titula 'Compañeros y compañeras...' y el profesor Senabre reflexiona sobre este tema de la confusión entre el género y el sexo, que hace 21 años estaba en un estado incipiente, pero hoy está que arde.

Ricardo Senabre se adelanta a su tiempo en el artículo, pero duda y no sabe si el proceso degenerativo de buscar sexismo en la lengua estaba en 1997 cerca o lejos del final. No imaginaba el profesor que estaba muy lejos y que la caricatura que él dibuja recurriendo a los clásicos habría de retorcerse aún más a base de miembras y portavozas.

Cuenta el profesor Senabre Sempere que un amigo suyo se encontró, mientras paseaba, con una concentración sindical y se acercó a escuchar. Vio entonces a un sindicalista, que arengaba a los obreros desde un estrado, iniciando una proclama con la salutación: «Compañeros y compañeras: nuestros delegados y delgadas han hablado ya con los encargados y las encargadas para pedir que la pausa de los trabajadores y las trabajadoras coincida con el recreo de nuestros hijos y nuestras hijas».

No entiende el entonces catedrático de la Universidad de Salamanca y antiguo decano de la facultad de Filosofía y Letras de Cáceres que se confundan el género y el sexo. «El género es una marca gramatical, mientras que el sexo es una característica biológica», resume. Después, precisa: «El género se refiere a las palabras, por eso, torre o mantel tienen género, y el sexo a los animales». Y por eso, torre es femenino y mantel es masculino, aunque no tengan sexo. Se pregunta el doctor Senabre Sempere qué tendrá que ver el género con el sexo. Y responde tajante: «Nada».

También busca Senabre, en su artículo de hace 21 años, cómo explicar que el sexismo no está en las palabras, sino en los comportamientos, en los actos de menosprecio y en las «crudas desigualdades salariales». Más metido en arenas gramaticales, Senabre aclara que los compañeros, los delegados y los encargados «no son en rigor masculinos, sino que tienen algo así como un valor epiceno, aunque se sirvan de morfemas masculinos. Tampoco el agua o el acta son masculinos».

Creía el profesor, en su artículo visionario de 1997, que la contienda del sexismo no debería librarse en el terreno del lenguaje, sino en el jurídico y «sobre todo, en el de la realidad cotidiana». Y si hacemos caso a su artículo, habría que calificar de personajes rústicos e ignorantes a quienes hoy confunden sexo y género pues así son, define Ricardo Senabre, los personajes que en nuestro teatro clásico cometen tal dislate.

Así, en los entremeses de Quiñones de Benavente aparecen un alcalde pueblerino que dice groñir en lugar de gruñir, estipendio en vez de estupendo o herejo por hereje y también encontramos a un sacristán lelo que manifiesta así su amor: «Pues ¿quiérela más a su gata el gato que yo a ti te quiero?. No, ni a su asna el asno, el buey a su bueya, a su macha el macho, el toro a su tora, a su gama el gamo».

Termina el artículo el profesor Senabre reconociendo que lo de Quiñones es caricatura, un extremo, el resultado de un proceso degenerativo y se pregunta en qué fase de ese proceso hacia el extremo se encontraba lo de compañeros y compañeras. Ya ven, solo estaba empezando: ni Quiñones ni Senabre podían imaginar que, algún día, una diputada diría portavoza y ganaría la batalla.

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