Aquellos jerséis de rayas

Vilanova de Cerveira, ciudad portuguesa en la orilla del Miño, es la capital del crochet. :: E. R./
Vilanova de Cerveira, ciudad portuguesa en la orilla del Miño, es la capital del crochet. :: E. R.

Las labores con lana se han convertido en una suerte de meditación

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En los años 60 del siglo pasado, estuvieron de moda los jerséis de rayas. No fue una moda pasajera, sino que duró toda la década y parte de la siguiente. Yo creo que los jerséis de rayas aún estaban de moda en los años 80. Era una moda basada en el pragmatismo, la comodidad y el ahorro, no como las modas de ahora, que buscan que gastemos mucho y no importa si acabas con los riñones afectados por llevarlos al aire o con una hernia por las apreturas de los pantalones.

Los jerséis a rayas los tejían nuestras madres para aprovechar las prendas de lana viejas. Es decir, deshacían los jerséis y las rebecas antiguas y gastadas, lavaban la lana y hacían madejas «torturando» a nuestras hermanas: las obligaban a levantar los brazos durante horas para que alrededor de ellos se fueran liando los hilos de lana de los diferentes jerséis deshechos. Como eran diferentes y, en consecuencia, cada uno era de su color, luego, al tejer los jerséis nuevos, salían de rayas. En fin, no se trataba de una moda, sino de una necesidad, pura economía doméstica.

Había madres que tejían con gracia y sus jerséis eran bonitos, otras no tenían mucho gusto a la hora de combinar los ovillos de lana sobrantes y veías por la calle algunos jerséis que hacían daño a la vista. Pero lo cierto es que esos hippies, yeyés y revolucionarios, que aparecen en las fotos de los 60 y de los 80 con gesto interesante dando la sensación de estar a punto de comerse el mundo, llevan todos un jersey de rayas no porque fuera la prenda oficial de mayo del 68, sino porque tenían unas madres muy apañadas.

Los tiempos han cambiado, claro. Ahora, los jerséis solo son de rayas si lo manda la moda y en cuanto a lo de tejer y hacer ganchillo o crochet, la cosa se ha sofisticado tanto que se ha convertido en un pasatiempo más relacionado con la meditación, el yoga y el 'mindfulnes's que con la economía doméstica. Proliferan las tiendas de lanas con taller incorporado, donde hombres y mujeres aprenden a hacer punto de cruz, 'patchwork', ganchillo o croché y confeccionan pulóveres, muñecos, pantuflas, ponchos o chales de lana en un ejercicio de relajación, entretenimiento, concentración y olvido de los problemas y las tensiones que han convertido el tejer la lana en una suerte de práctica para hallar el sosiego, en lo que significaron los puzzles, ayer y el Candy Crush del móvil, hoy.

Hemos pasado de hacer labores para sobrevivir económicamente a hacer labores para sobrevivir anímicamente. Incluso tejemos para abrigar a los árboles y a los perros y, ya puestos, hemos elevado el ganchillo a la categoría de atractivo turístico, que ha convertido, por ejemplo, las calles de Cabeza del Buey en un agradable paseo admirando los 'jerséis' de lana que abrigan cada árbol con gracia y encanto.

En este punto, la ciudad que mejor ha explotado las labores de lana es una villa rayana: Vila Nova de Cerveira, a orillas del río Miño, que se ha erigido por derecho propio en capital europea del croché. Sus ciudadanos se pasan el año tejiendo y al llegar el verano, sacan a la calle figuras de lana y abrigan con inmensos jerséis casas, árboles, fuentes y farolas.

En una tierra como la nuestra, donde esquilamos tantas ovejas con la primavera avanzada, resulta muy gratificante que la lana esté de moda. Quedan vistosos los árboles con su abrigo, agrada ver a tanto hombre tejiendo y reconforta saber que nuestras sobrinas ya no tienen que sufrir el martirio de pasar la tarde con los brazos levantados, pero nunca volveremos a vestir unas prendas tan confortables, exclusivas y revolucionarias como aquellos jerséis de rayas que tejían nuestras madres.

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