Una agenda política para la desigualdad global y local

El informe nos da dos noticias, una buena y otra mala. La mala es que en las últimas décadas la desigualdad de ingresos ha aumentado en casi todos los países; la buena es que es posible una agenda política contra la desigualdad ya que su dinámica está influida por los contextos institucionales y por las políticas nacionales

BEATRIZ MUÑOZ GONZÁLEZ Profesora de sociología en la uex
Miércoles, 3 enero 2018, 00:08

Estrenamos año y es tiempo de resúmenes de los acontecimientos más importantes del que acaba de terminar así como de listados de buenos propósitos para el que comienza. En este contexto de evaluación y síntesis de lo sucedido y de definición de objetivos futuros, se ha publicado hace unos días el ‘Informe sobre la Desigualdad Global 2018’. Se trata de un documento coordinado por economistas de renombre –entre los que figura Thomas Piketty– basado en artículos académicos previos y recientes de otros investigadores también sobradamente conocidos. A pesar de las posibles divergencias que cada cual pudiera tener con alguno de los nombres incluidos en el documento, éste presenta, por tanto y en principio, solvencia.

Grosso modo el informe nos da dos noticias, una buena y otra mala. La mala es que en las últimas décadas la desigualdad de ingresos ha aumentado en casi todos los países; la buena es que es posible una agenda política contra la desigualdad ya que su dinámica está influida por los contextos institucionales y por las políticas nacionales. De hecho, esto último explica uno de los datos clave incluidos en el trabajo: la existencia de diferentes velocidades en el incremento de la desigualdad desde 1980. Si en Estados Unidos, China, Rusia o India ha crecido de forma rápida, el crecimiento ha sido moderado en Europa. Los procesos y políticas de desregulación y apertura se apuntan como una de las causas de los abruptos aumentos de desigualdad.

El informe añade además otro factor importante a tener en cuenta: la paulatina limitación de la capacidad de los gobiernos para reducir la desigualdad en la medida en que la riqueza pública se ha hecho negativa al tiempo que la privada ha aumentado. La razón se sitúa en los procesos de «privatización a gran escala» y el resultado final de estos procesos privatizadores se sintetiza fácilmente en la frase «los países se han vuelto más ricos, pero los gobiernos se han vuelto más pobres». Así las cosas y como consecuencia de todo ello, ha disminuido el potencial gubernamental para «regular la economía, redistribuir ingresos y mitigar el aumento de la desigualdad». Parece razonable deducir que el resultado también ha sido la concentración de riqueza.

No obstante, el documento no se queda en una mera descripción del funcionamiento de la desigualdad desde finales del siglo pasado y sus causas, presenta también una proyección de la misma hasta el año 2050, de seguir como hasta ahora seguirá aumentando, y aporta además, una serie de medidas tendentes a su disminución y a la de la pobreza; medidas cuya formulación no deja lugar para la duda sobre la posibilidad y la necesidad de incluirlas en la agenda política. Juzguen ustedes:

1. Más inversión pública en educación, salud y medio ambiente que contribuirán a combatir la desigualdad actual y a prevenir un aumento en el futuro.

2. Un acceso más igualitario a la educación y a empleos bien remunerados para superar el estancamiento de los ingresos de quienes menos tienen.

3. Una política fiscal progresiva ante la concentración de ingresos y riqueza.

4. Un registro financiero global para limitar la evasión fiscal, el blanqueo de dinero y el incremento de la desigualdad.

A pesar de mis reservas con la expresión «querer es poder», convertida en imperativo categórico que estigmatiza a quien fracasa, sí creo que la frase es acertada cuando nos referimos al papel de los estados y sus gobiernos en la lucha contra la desigualdad. El informe proporciona evidencias suficientes de la importancia de las políticas nacionales en su evolución. Como he apuntado más arriba, son esas políticas diferentes, por ejemplo, las que explican la también diferente velocidad en el incremento de la desigualdad entre países.

Quienes afirman que es inevitable por natural, deberían matizar y decir que, bajo su prisma, la desigualdad es deseable. Desde un punto de vista responsable en términos societarios, debemos preocuparnos por sus efectos en las condiciones de vida de las personas y en la cohesión y estabilidad social y política. Pero esto último es un asunto que merece su espacio propio. Quizá en un futuro.

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