Abuelos extremeños que cunden todo el año

Sofía, sus padres Manuel Torreglosa y Pepa Pérez, junto a sus nietos Aitor y Adrián, de 4 y 5 años.
Sofía, sus padres Manuel Torreglosa y Pepa Pérez, junto a sus nietos Aitor y Adrián, de 4 y 5 años. / JLG
EXTREMEÑOS EN LA PLAYA

Han descubierto que en autobús se tarda menos de cuatro horas entre Badajoz y Huelva, un servicio que usarán más veces

J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGOEL PORTIL

Muchos extremeños son propietarios de un apartamento en la costa de Huelva. Lo normal es que los hijos se 'acoplen' en alguna habitación libre unos días haciendo turnos con hermanos y primos. Pepa Pérez y Manuel Torreglosa usan el de su hija Alicia y su marido Toni. Es la justa compensación por ejercer de abuelos todo el año, bromean estos inquilinos temporales de El Portil, un pueblecito costero que redobla su vida durante los meses de julio y agosto. «Es que nosotros somos abuelos a tiempo completo en Badajoz y si toca en la playa también, las 24 horas», comenta Manuel con humor, quien además suele ser el encargado de atender las reparaciones del piso de la playa de su hija y su yerno.

Cualquiera que posea uno entiende el engorro de tener una segunda residencia: el calentador que ha dejado de funcionar, un grifo que gotea, la lavadora que hay que repararla, un asunto de la comunidad,... «Es curioso cómo aquí llamas para reparar o cambiar algo y en un momento viene alguien desde Huelva cuando en Badajoz te las ves y te las deseas hasta que te atienden para arreglar algo», reflexiona este pacense sentado bajo la sombrilla.

Según los cálculos de Manuel, hay unas 4.500 personas empadronadas en El Portil, muchas de ellas familias con niños pequeños que prefieren residir aquí en vez de en Huelva y van y vienen a la capital a diario porque las comunicaciones son muy buenas, hasta con autobuses escolares. En verano estima que la población puede superar las 40.000 personas fácilmente.

Al abordarlos a pie de playa están con Sofía, hermana de Alicia, y los hijos de la primera, Aitor y Adrián, dos revoltijos en bañador que tan solo se llevan 18 meses y pasan de las palas a las pistolas de agua una y otra vez durante la mañana. Cuando Sofía aparece por El Portil los pequeños llevaban ya cuatro días con los abuelos, una experiencia nueva para la madre, que no se suele alejar tanto tiempo seguido de los niños. Cuando llega y los ve disfrutando al borde del mar se da cuenta de que sus hijos son igual de felices con los abuelos.

«He venido esta mañana en autobús de Badajoz a Huelva. La línea la acabo de descubrir y me ha parecido muy cómoda. He tardado unas tres horas y cuarenta minutos», explica Sofía.

«Más asequible que Málaga»

Cuenta Manuel que su hija y su yerno compraron el apartamento coincidiendo con su prejubilación en 2006, pero desde años antes ellos ya venían a la zona porque tenían amigos y les gustaba esta playa. «Tiene a favor la cercanía de Badajoz y que es mucho más asequible que Málaga, donde también hemos ido otros veranos».

El apartamento de sus hijos Manuel y Pepa lo tienen a menos de diez minutos a pie. «Es una urbanización cerrada y con piscina y allí los niños ya van haciendo amigos. Las mañanas las dedicamos a la playa y las tardes a la piscina; como mucho damos una vuelta por Punta Umbría alguna tarde, que está a quince minutos», cuenta Sofía para resumir su rutina veraniega.

Sin embargo, Pepa tiene un desvelo este año. Por algún motivo la playa de El Portil ha recibido a los veraneantes con un escalón de arena incomodísimo. «Parece que un temporal que hubo se comió el terreno. Lo arreglaron en Semana Santa con máquinas, pero en mayo hubo otro temporal y así se quedó la playa», dice esta pacense indignada.

En opinión de su marido, estas modificaciones en el terreno ocurren porque se edifica cada vez más cerca del agua. «Desde hace diez años ha cambiado la configuración de las islas de arena que se forman ahí enfrente, quizás también tiene que ver que aquí está la desembocadura del río Piedras y cada verano trae un caudal diferente, pero esto cambia a menudo y este año ha habido que proteger con sacos terreros de un chiringuito para que el mar no se lo lleve».

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