2018: hasta miedo da asomarse

En el haber de este año que termina contabilizan algunos el hecho de que por primera vez cientos o miles de extremeños (no entremos en la guerra de cifras) se hayan movilizado y viajado hasta Madrid para exigir un tren digno, que no es que no se viniera pidiendo, sino que nunca nos han hecho maldito caso

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZ

UNA hoja le queda al calendario para finiquitar este año 2017. Y me huele que la mayoría de cuantos hemos vivido y sufrido sus convulsiones y estertores, especialmente en los últimos tres meses, estamos deseando que acabe de una vez. Más aún: cuando, pasado el tiempo, le llegue al 2017 el juicio global de la historia, sospecho que no será recordado precisamente como un año triunfal de la historia de España.

El problema es que vivimos en la actualidad, en ese continuo discurrir del día a día. Y la vida y la historia siguen. Nos queda el recurso de refugiarnos en el ámbito de nuestra vida privada, ese pequeño mundo de familiares, amigos y conocidos, manteniéndonos a cubierto de lo que pase fuera, y agotar con ellos las últimas horas del año que se acaba. Cuando mañana noche suene la última de las doce campanadas que nos dejará en el año 2018, repetiremos como un mantra el consabido y tradicional «¡Feliz año nuevo!», como un sueño que querríamos ver hecho realidad. Pero ahí estará, desde el momento de despertar, la misma realidad que dejamos, incluido –claro está– el gran problema del pretendido secesionismo catalán. Que es un problema que sigue ahí, aunque se le cortaran las alas mediante la aplicación del Art. 155 de la Constitución, decisión que este escribidor nunca ha criticado y peor para quienes –a lo que se ve– creyeron que se trataba de un añadido de última hora que nunca se iba a aplicar. Lo que me sorprende es la actitud y el obrar de Puigdemont, cuya reacción estoy esperando con más curiosidad que preocupación para el día que se constituya el Parlamento de Cataluña, a ver qué salida o qué cantada se le ocurre para esa fecha. Una fecha, por cierto, que muchos estamos ya esperando como agua de mayo, a ver si se le pone punto final a la ‘locura equinocial’ de este Puigdemont, que no sé por qué –y si lo sé no lo digo– me recuerda al Lope de Aguirre de la novela de Ramón J. Sender.

Desde el 1.O parece que en España no hubiera más problema que la pretendida independencia de Cataluña. Se lamentaban de ello A. Jaén y E. Romero, de Podemos, en un artículo publicado en este mismo espacio el pasado jueves, en el que subrayaban como contraposición el hecho de que, según datos de la Agencia Tributaria, de los siete municipios más pobres de España cuatro estén en Extremadura. No es una noticia agradable, no. Pero a uno le preocupa mucho más una noticia vieja que sigue siendo noticia desde hace años: Extremadura es la región española con el más alto índice de paro; y esta otra: Extremadura es la última región de España en nivel de renta ‘per cápita’. Y cuando mañana noche acaben de sonar las doce campanadas, ambas noticias seguirán ahí y para desgracia nuestra continuarán siendo verdad, como si no hubiera pasado un año más por ellas.

En el haber de este año que termina contabilizan algunos el hecho de que por primera vez cientos o miles de extremeños (no entremos en la guerra de cifras) se hayan movilizado y viajado hasta Madrid para exigir un tren digno, que no es que no se viniera pidiendo, sino que nunca nos han hecho maldito caso. Y la última promesa al respecto no sé si es para reírse o para llorar: van a poner en servicio el tren ‘Talgo’ que suprimieron hace diez años, chiste que luego han tratado de matizar. El pasado miércoles se publicaba en este mismo espacio un artículo del profesor de la UEX J. M. Alonso Rodríguez, en el que planteaba los tres ejes cruciales para vertebrar el Oeste de la península: Lisboa-Badajoz-Madrid, la Vía de la Plata y el eje central Lisboa-Mérida-Puertollano-Valencia. Le sobra razón, pero mucho me temo que se tenga que conformar con eso, la razón; al menos, por ahora.

Y es que, por muchas vueltas que le demos, el problema que siempre se nos seguirá apareciendo como un fantasma hasta que le encontremos una salida será el «problema catalán». No sé si tras los resultados de las pasadas elecciones del 21.D, una buena parte de catalanes esté entrando en razón. A uno le ha subido la moral la aparición de ‘Tabarnia’, ese proyecto de nueva región constituida por lo más mollar de Barcelona y Tarragona: región autónoma, por supuesto; nada de independiente, sino unida a España, naturalmente; si acaso con independencia financiera, estilo «Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como». Todo sea por un sonrisa.

Aparte de eso, siempre nos quedará Puigdemont. Huido, naturalmente. Y si se le ocurre volver a España, sometido al Art.155 de la Constitución, con más motivos que todos los demás, por más que algunos blanditos aboguen por aplicar árnica en todas las heridas, comenzando por las de quienes las causaron. Si pasado un tiempo, calmados los ánimos y recuperada la templanza, hay que revisar las leyes, hágase. Pero para adecuarlas a lo justo y razonable, para aclarar su alcance y el modo de aplicarlas, para encajarlas en el sitio adecuado de nuestro ordenamiento legal.

Nos quedan apenas unas cuantas horas de este 2017, que no será para muchos un año de feliz recordación. No sé qué dirá de él la historia, cuando el paso del tiempo lo aleje bastante como para verlo globalmente en perspectiva. Pero visto de cerca, los tres últimos meses han sido agobiantes. Con el añadido de que el problema no estará resuelto hasta que Cataluña cuente con un gobierno estable, que trate de poner la casa en orden, no de ajustar otras cuentas que las que algunos tengan pendientes. Habida cuenta de eso; de lo que el año 2017 ha dado de sí en otros ámbitos, como el meteorológico, con sequía pertinaz, tormentas y vendavales; de lo negativo que cada uno tenga que añadir de su entorno personal… que nunca faltan fastidios, asusta un poco asomarse al nuevo año y repetirnos felicitaciones con convencimiento. Pero a cualquiera que haya llegado leyendo hasta aquí le sobran razones y motivos para que este escribidor le desee de corazón un ¡Feliz año nuevo!

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