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Mercedes Reymundo, con un niño en la consulta que hoy deja tras 25 años en un centro de salud. :: c. m.
Mercedes Reymundo, con un niño en la consulta que hoy deja tras 25 años en un centro de salud. :: c. m.

Una vida dedicada a la pediatría

  • La pediatra Mercedes Reymundo ha prestado atención a miles de ninos de Badajoz durante 25 años

Cuando Mercedes Reymundo cierre hoy la puerta de su consulta en el centro de salud de La Paz habrá dejado atrás 25 años de atención a miles de niños de Badajoz. Su primera plaza estuvo en el centro de salud de Trujillo, donde trabajó durante siete años.

Estudió Medicina en la Facultad de Valladolid. Menos de un tercio de los 200 alumnos que comenzaron con ella primero de medicina en 1969 eran mujeres. Acabaron 140 y en su orla no aparece ni una sola catedrática. Hoy, Mercedes Reymundo da clases en la Facultad de Medicina a una mayoría de mujeres. Y cuando se reúnen los pediatras de atención primaria, el 80 por ciento son féminas. «Las cosas han cambiado muchísimo», asegura.

Esa es la evolución que ha visto en una profesión que ya ejercía su abuelo y después su padre. Y ahora, también, su hija.

En su consulta ha advertido las transformaciones que se han dado en más de treinta años en la sociedad española. El mayor: las nuevas estructuras familiares. «Ahora vienen lesbianas, gays, niños por no sé qué, niños por no sé cuanto, madres que tienen hijos de un óvulo y un espermatozoide donados, madres que tienen un niño con su óvulo y un espermatozoide donado, madres... De todo. Lo que más ha cambiado en mi consulta es esto. Antes había lesbianas, pero no venían las dos a la consulta. Venía una y hablaba de su 'pareja'. Y ahora, gracias a Dios, vienen juntas».

Poco a poco todas estas situaciones se han ido normalizando. También las relacionadas con las cuestiones de género en los niños. En los últimos cuatro años ha tenido que empaparse de la disforia de género. Esto es, «una niña que ha nacido niña pero identificándose interiormente como chico y sin verbalizarlo porque ella pensaba que no era normal, que era una tontería. Hasta que un psicólogo -al que fue porque siempre estaba triste- le dijo que era normal, que podía sentirse chico y que a veces pasaba. Se le quitaron todas las penas. Ahora, con 14 años, es un chico guapísimo y cuando llegue el momento seguirá el proceso».

Mercedes Reymundo explica que en todos estos años había visto «a niños que querían ser niñas, que se ponían los tacones de la madre, que se ponían trapos en la cabeza para que pareciera pelo largo... Ni se me pasaba por la imaginación que esto existiera y yo intentaba quitar de la cabeza esas cosas o le decía a la madre que podría ser homosexual. La disforia de género no se veía. La he tenido que descubrir con dos casos y se irán viendo más porque se está normalizando».

Estos no son los únicos cambios que ha notado. Ahora recibe a muchos padres que cuidan de sus hijos, que no tienen que llamar a la madre del crío para preguntarle cuánto toma de biberón ni cuántas veces hacen caca durante el día. Lo saben porque ellos participan de la crianza de los hijos. Cada vez le llegan más.

Y ha visto, también, cómo el sistema sanitario ha hecho a las madres dependientes de los médicos. Dice que se lanzó el mensaje de que había que consultarle al pediatra todo y ahora los médicos reciben muchas consultas que tienen más que ver con el sentido común que con la medicina. A veces por cuestiones de puericultura o de educación. Hasta para una pupa por una caída y para preguntar cómo hacen la papilla de frutas al niño. Una cosa es la información y otra aplicar el sentido común porque los responsables de los niños son los padres, dice. Cree además que se medica demasiado a los menores. «Y no solo por darles medicinas sino por llevarlos constantemente al médico», añade.

Y ahí entra un labor que Mercedes Reymundo ha hecho durante estos años y que es fundamental para criar a un hijo. Y es ayudar a una mujer a convertirse en madre. Al día siguiente de parir, una no sabe muy bien qué hacer con el bebé. A veces se tienen dudas sobre las cuestiones más básicas. Y eso tiene que ver con la seguridad. O la inseguridad de verse con la responsabilidad de cuidar de algo muy frágil.

Y eso, dice, se consigue con mucha paciencia, dando información y formación en las consultas.

Ser madre es «una responsabilidad que llega sin libros de instrucciones. Hay niños que maman y duermen, pero no es lo habitual. Lo habitual es que el niño llore y llore y llore... Y los padres no sepan por qué. El pediatra hace una labor importante de tranquilizar a la madre y darle instrucciones muy sencillas para que disfrute de esa etapa. Si no, la lactancia es un horror. Y ahí los pediatras tienen una labor importante de tranquilidad, formación e información».

Se distancia de los movimientos que quieren imponer la lactancia materna. Es lo mejor para el niño y siempre la recomienda. «Pero si la lactancia no se disfruta, se acabó y biberón. ¿Por qué va a pasar una mala lactancia? Pero lo general es que si la madre está sana no haya problemas».

Eso se lo dice la larga experiencia que ha acumulado en todos estos años y que ha transmitido a los alumnos. Este curso ha sido el último como profesora asociada de Pediatría en la Facultad de Ciencias de la Salud.

Durante una etapa fue también presidenta de la Asociación de Pediatría de Atención Primaria de Extremadura; ha trabajado durante siete años en el comité científico de un curso de pediatría de atención primaria que se imparte en Madrid... Así que entre el trabajo y el estudio le ha quedado poco tiempo para sus aficiones, que es lo que piensa hacer a partir de hoy. Las clases de portugués y un taller de costura ocuparán gran parte de su tiempo. Aunque la protagonista será otra Mercedes, una nieta de seis meses que lleva todo el día en su cabeza.

Cuando hoy cierre la puerta de su consulta abrirá otro capítulo distinto al que comenzó en 1969, cuando menos de un tercio de sus compañeros de Medicina eran mujeres. Hoy marca un punto y seguido. A partir de mañana, a la costura.