Hoy

Voluntaria y cooperante

Virginia Domínguez muestra una foto imagen de un campo de refugiados:: BRÍGIDO
Virginia Domínguez muestra una foto imagen de un campo de refugiados:: BRÍGIDO
  • Virginia Domínguez Alfajeme es miembro de la plataforma ciudadana Refugiados Extremadura

En diciembre de 2015 se fue a ‘la jungla de Calais’, nombre que recibía el campamento de refugiados situado en las proximidades de esta ciudad francesa que se desmanteló hace seis meses, y en verano del pasado año estuvo en un ‘squad’, término que se refiere a los asentamientos de refugiados no oficiales, en Grecia. Dos experiencias duras, pero gratificantes. Tanto, que Virginia Domínguez (Vezdemarbán, Zamora, 1979) ya está pensando en volver a los campamentos helenos en los próximos meses.

Licenciada en Historia del Arte, reside en Mérida desde 2002, donde llegó al acabar su formación académica para trabajar como museóloga en una empresa de gestión cultural. Su primera relación con el voluntariado la mantuvo en Salamanca, durante sus estudios universitarios. «Se gestaba la capitalidad europea cultural e íbamos a institutos o colegios a explicar en qué consistía ese título, pero también acompañábamos a personas con discapacidades a eventos, como conciertos o exposiciones de arte», expone Domínguez, que recuerda cómo explicaba los cuadros a personas ciegas.

Al llegar a Extremadura también se implicó en estas acciones altruistas hasta que la crisis se llevó por delante su puesto de trabajo. Su siguiente destino profesional fue la Red Extremeña de Desarrollo Rural, dirigiendo un programa de emprendimiento juvenil. En esta etapa entró en contacto con la cooperación.

Gracias al programa de Voluntarios Expertos de Felcode, pasó sus vacaciones de 2010 en Nicaragua. Allí, el objetivo era trasladar sus conocimientos acerca del patrimonio cultural a una comunidad indígena. «Trataba de que comprendieran que su folclore y tradiciones podían ser un motor económico», apunta. El mes y medio que pasó en el país centroamericano supuso para Domínguez encontrarse con una situación que cambió su forma de ver la vida. «Me sirvió para abrir la mente y dejar de creer que era el ombligo del mundo. Ves otras realidades y todas son más complicadas que la tuya. Ya no tengo penas propias. No me agobia quedarme en el paro o no llegar a final de mes», reconoce.

Desde entonces, esta historiadora del arte dedica sus vacaciones a viajar desde un punto de vista social, cooperando y colaborando en la medida de sus posibilidades. Admite que no ha podido hacerlo tanto como le gustaría, porque en 2012 emprendió con su propio negocio al comprobar que los sectores de la cultura y de la cooperación estaban muy parados a causa de la recesión económica. «Debía invertir mucho tiempo y relegué mi labor de voluntaria. Económicamente no me iba bien y cerré».

En paro

Recientemente ha pasado por varios empleos temporales –«de esos que ayudan a pagar las facturas», dice– y se quedó en paro a finales de abril, cuando concluyó su contrato con Cruz Roja.

Su relación con Siria comenzó antes de que la guerra y la situación de los refugiados saltaran a las portadas de los medios de comunicación. «Conocí a un chico sirio, que fue mi pareja dos años, y fui consciente de lo que pasaba en ese territorio porque su familia seguía allí», comenta. Cuando en 2015 comenzó a fraguarse la plataforma ciudadana Refugiados Extremadura, ella fue una de las primeras personas en implicarse.

Este colectivo –«en el que no hay cargos, solo diferentes grados de implicación»–, trabaja en tres líneas: la incidencia política, la sensibilización y la ayuda humanitaria. «Creemos muy importante que la sociedad extremeña conozca lo que está ocurriendo de una manera veraz y damos charlas allá donde nos lo piden. También realizamos campañas de recogida de ayuda en función de los llamamientos que nos hacen asociaciones que están sobre el terreno. Es muy caro fletar un contenedor como para llenarlo de cosas que no son necesarias», informa.

La organización de festivales es una de las formas que tienen para recaudar fondos. «No gestionamos ese dinero, directamente lo enviamos a asociaciones que conocemos».

Movil Kitchen

Tras su estancia en Calais y El Pireo, donde principalmente ayudó en las cocinas y en diferentes acciones dirigidas a las mujeres, este año quiere embarcarse en el proyecto Movil Kitchen, un camión que lleva una cocina en la caja y reparte comida a los refugiados. «Es difícil porque Grecia es un destino turístico y los vuelos son caros. La otra opción es ir a los asentamientos de Francia», relata Domínguez, que asegura que los voluntarios como ella vuelven a sus países cuando se les acaba el dinero. «De ‘la jungla’ volví sin maleta, dejé allí toda mi ropa, y entre las dos personas que fuimos juntas debimos sumar el dinero que nos quedaba para sacar el coche del aparcamiento», afirma.

Pese a ello, lo que peor lleva es la rabia con la que regresa a Mérida. «No se está haciendo lo posible por revertir la situación de los refugiados, que viven en condiciones infrahumanas, tienen que enfrentarse a las mafias y a la xenofobia y encima se les criminaliza». Por esto considera tan importante la labor de sensibilización de la sociedad para acabar con el problema. «No todo el mundo quiere, ni puede, ni debe pasar sus vacaciones como voluntario en un campamento. Pero sí puede colaborar económicamente con una organización o sensibilizar a las personas de nuestro entorno o educar en la tolerancia, la integración y la multiculturalidad o exigir a nuestros gobiernos que cumplan la convención de Ginebra, la Declaración de Derechos Humanos o la política de cupos, que no incentiven guerras o que no vendan armas», concluye.