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Fuegos y medio ambiente en el Jerte, Ambroz, La Vera

EL norte de Extremadura está que arde. Así lo atestiguan los fuegos acentuados por el calor y los vientos que han ocasionado más de 100 incendios en los valles de Ambroz, Jerte y el Tiétar en los primeros meses del año. A finales de abril, el fuego consumía durante días parte de la ladera más soleada y de baja vegetación del Valle del Jerte, en la llamada Garganta de los Papúos.

Es un hecho el impacto y el origen humanos de la mayor parte de estos fuegos. Fuegos que en muchos casos expresan conflictos en torno a manejos del territorio y que se derivan del tipo de agricultura y ganadería que se realice, la calidad y las formas que adquieren los sistemas de prevención de incendios, las decisiones políticas sobre qué actividades se consideran sostenibles (en un contexto de alteración del clima) y cómo se cuenta con la población en la definición y gestión de las mismas. ¿Seguirán siendo estos valles fuente de bienestar para las poblaciones que los habitan y para las generaciones por venir?

Sabemos de focos menos visibles que apuntan a futuros incendios territoriales. Por ejemplo, ciertos mercados cada vez más globalizados (carne, fruta) están presionando a personas agricultoras y ganaderas a modificar sus manejos. Los precios caen, los insumos suben y el esquema convencional alimentario insiste en concentrar los canales de distribución. En algunos casos, productores y productoras buscan la intensificación, el pedalear más deprisa dentro de la misma maquinaria, pero no transformar estos sistemas para hacerlos más viables. Así, la quema podría dar lugar a un empobrecimiento del suelo y a una mayor emisión de carbono. Pero a la vez puede haber intereses en ella, ligada a la existencia de algo de pasto para animales en unos meses, lo que aliviará momentáneamente la factura de los piensos. El agua se demandará en mayores cantidades en el Valle del Jerte y La Vera durante primavera y verano. El cerezo va camino de sustituir la diversidad inherente a estos valles por un monocultivo que demanda más agua: se quiere expandir con crecimientos rápidos en las nuevas plantaciones (reclamando más agua, aunque con formación más débil); se alienta una política productiva condicionada por la gran distribución de fruta de grandes calibres pero menos atención a la calidad de la fruta (nuevamente más requerimientos de aguas) o a las variedades tradicionales (más adaptadas, pero de crecimiento más lento).

En gran parte, el cambio climático y la concentración de la distribución alimentaria son dos de los factores que más van a hacer emerger otros fuegos, quizás más subterráneos. Por un lado, las condiciones de cultivo (qué plantar, cómo y dónde) se verán fuertemente condicionadas y restringidas por la subida de temperaturas y el descenso en nuestros indicadores de pluviometría. Todo ello agravado por unas lluvias más torrenciales y por tanto que empapan nuestros suelos de forma muy diferente a como lo han hecho en los últimos 10.000 años, a lo que se añade la proliferación de captaciones o el vaciamiento de corrientes subterráneas vía pozos. ¿Consecuencias? Al tener suelos más secos, los minerales o los nitratos no están tan disponibles como antaño para ser alimento de nuestra flora. Menos biodiversidad implicará más dificultades en la polinización y un mayor potencial de plagas al eliminarse la competencia natural entre insectos o reducirse el apoyo que los pájaros que dan a la proliferación de ciertos gusanos, por ejemplo. Ya estamos viendo cómo las encinas 'trepan' por los montes, indicando que las especies están modificando sus pisos ecosistémicos tradicionales.

Por su parte, un modelo de producción y distribución agroalimentaria concentrado en pocas manos no permite establecer otros espacios de comercialización, por ejemplo los llamados circuitos cortos o los mercados ecológicos. Algo que empieza a ser notorio en esta región: ha descendido el número de operadores y hemos pasado del 20% de la superficie ecológica a escala estatal a representar menos del 5%. En otras regiones sí que vemos una abundancia de mercados locales, de iniciativas de compra pública y de acompañamiento técnico a la pequeña producción o de sellos que certifican que se ha producido sosteniblemente atendiendo a criterios de impacto territorial o patrimonio agrario, y no sólo de finca.

Por el humo se sabe donde está el fuego. Pero los focos de los fuegos nos son, a veces, más esquivos. Por ahora vivimos en valles caracterizados por una abundancia de prácticas cooperativas y un paisaje muy diverso, donde las gentes se preocupan, por lo general, de dejar 'las cosas' mejor de lo que se las encontraron. Hay mucho de racionalidad campesina debajo de esta forma de hacer las cosas. Pero la presión puede llevar a escenarios de conflictos por el territorio donde las personas productoras pueden sentir demasiada presión y pocas salidas al margen de la apuesta suicida por la intensificación en el corto plazo. El cambio climático es una realidad. Pero la forma en que nos preparamos para desactivar conflictos ambientales, o para conducirlos de forma viable para todos y todas, es una cuestión humana. Está profundamente ligada a cuándo y cómo reaccionaremos. Mayor participación de la población afectada (consejos sectoriales, municipios, economías locales) implicaría más capacidad de hacer frente a las adversidades climáticas. También será muy diferente si reaccionamos por anticipación (más inversión en prevención de incendios y en manejos sostenibles por ejemplo) o por aceptación del tablero de conflictos que se nos viene encima, de manera muy desigual por cierto para quienes menos tienen. Mucho fuego y poco futuro si no apostamos por una tierra sana.