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Más certezas deja una avioneta que 10 años de obras

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En el centro, final de plataforma, en Esparragalejo, en las proximidades de Mérida :: / CORTÉS / J.V. ARNELAS

  • Sobrevolar la futura línea del AVE extremeño de Plasencia a Badajoz deja claro que el trazado tiene aún muchos kilómetros sin plataforma

En diciembre hará diez años que una máquina empezó a mover tierras entre Badajoz y Montijo. No pasó ni un mes hasta la primera visita oficial de un ministro a las obras que sacarían a Extremadura del anacronismo ferroviario. ‘Magdalena Álvarez mantiene los plazos del AVE pero evita referirse al año 2010’, tituló HOY el 9 de enero de 2008.

La responsable del área de Fomento en el gobierno presidido por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero acababa de abrir un camino, el de los plazos para incumplir. Por él fueron desfilando sus sucesores del PSOE y del PP, que aún hoy se disputan culpabilidades y méritos sobre el proyecto ferroviario.

Casi una década después de que aquella excavadora metiera la pala en el suelo, y de aquella visita ministerial iniciática, subirse a una avioneta y sobrevolar las obras entre Badajoz y Plasencia deja varias certezas. La principal: no habrá un AVE circulando por Extremadura en el año 2020. Habrá un tren mejor que el actual, lo cual no es muy complicado, pero no será un AVE. Cierto que para llegar a esta conclusión no es necesario dar giros en el aire hasta marearse. Pero desde la avioneta se aprecia mejor.

A trescientos metros del suelo parece claro que la región no tendrá en dos años una plataforma como la del AVE de verdad. Ese, el que va de Madrid a Sevilla o Barcelona y roza los 300 kilómetros por hora, necesita una plataforma de inicio a fin de trayecto. Y desde la avioneta queda claro que la plataforma que la comunidad autónoma estrenará en el año 2020, si se cumple lo que prometió el ministro de Fomento en febrero y el presidente de Adif hace diez días, es una línea discontinua.

De Novelda del Guadiana a Esparragalejo es una plataforma por la que podría circular el AVE. Y de Aljucén a un poco más allá de Valdesalor, también. Y de Casar de Cáceres hasta pasado Grimaldo. Pero en Badajoz, en Mérida, en Cáceres y en Plasencia, no. En los entornos de las cuatro ciudades hay poco o nada hecho. Y lo que habrá será una conexión entre la vía actual, por la que circulan trenes con pasajeros acostumbrados a retrasos y sorpresas, y la que se está construyendo.

Aquel tramo en el que una máquina se puso a excavar hace casi una década está terminado. Pero no tiene vías. Año y medio llevan las traviesas esperando al tren carrilero. El espectacular puente sobre el río Tajo no tiene tablero. Hay que terminar la obra del túnel de Santa Marina. Hay que construir los ramales que usará el futuro tren rápido o de velocidad alta o de altas prestaciones para llegar hasta las estaciones de las ciudades. Y algunas de estas conexiones son, a día de hoy, un dibujo de intenciones en un papel, y nada sobre el terreno. Se ve bien desde el aire. Y hay que confiar en que no surjan imprevistos, en forma de hallazgos arqueológicos que ralenticen los trabajos o de dificultades técnicas que solo dan la cara cuando se está sobre el terreno. Y faltan los controles de tráfico, comunicaciones y seguridad. Y las pruebas previas a que pase la primera máquina con pasajeros. Y solo hay vías en un pequeño tramo entre Mérida y Cáceres.

Con este panorama, ¿quién se atreve a hablar de electrificación? De subestaciones eléctricas, de catenarias... Nada de esto pide paso en el pensamiento cuando se sobrevuela la obra del futuro tren extremeño, que empezó hace casi diez años y a la que le quedan menos de dos para no firmar un capítulo más en el libro que Extremadura ha releído: el de las promesas incumplidas.