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La cicatriz que atraviesa Extremadura

Boca sur del túnel de Santa Marina, cerca de Cañaveral y de Grimaldo, a mitad de camino entre Cáceres y Plasencia. ::
Boca sur del túnel de Santa Marina, cerca de Cañaveral y de Grimaldo, a mitad de camino entre Cáceres y Plasencia. :: / MANUEL CORTÉS/J.V. ARNELAS
  • El viaje en avioneta sobre la vertical de la obra, de Badajoz a Plasencia, no invita a imaginarse a un convoy cruzando la región a 200 por hora

  • El trazado del tren rápido es una línea discontinua que desaparece cuando se acerca a las ciudades

Trescientos metros por encima del suelo, Badajoz es un puzzle de mil piezas y sin esquinas, y Cañaveral uno de diez; la autovía es una procesión de insectos colorida y desordenada; y la obra del AVE es un fantasma. O una raya pintada por un niño con hipo. Dibujada a saltos, a tirones. Recta pero discontinua. Una sucesión de apariciones y desapariciones. Aquí una plataforma con vías, allí una plataforma sin vías, más allá algo que se parece a una plataforma. Y en otros sitios, ni plataforma ni niño ni hipo ni metáfora alguna. Nada. El campo.

Desde la cabina de un avión para dos, queda claro que España es futbolera –no hay un pueblo sin sus porterías– y que a Extremadura le quedan unos cuantos cientos de telediarios por ver hasta tener un tren de este siglo. De momento, el único que aparece durante este viaje aéreo de Badajoz a Plasencia es uno de esos trenes de toda la vida. Surge junto a una carretera, tomando una curva a tal ritmo que convierte a las hormigas de la autovía en gacelas Thompson.

Conduce el aparato –la avioneta, no la rémora ferroviaria– Manuel Cortés, de la Escuela de Pilotos El Manantío, con sede en la carretera de Badajoz a Valverde de Leganés. El aeródromo es el punto de partida de un viaje en avioneta sobre la vertical de las obras del futuro tren rápido. La experiencia regala un punto de vista singular sobre la infraestructura y proporciona una serie de imágenes que ayudan a despejar dudas. También sirve en bandeja un catálogo de conclusiones sobre el estado actual de una infraestructura que desde que empezó a construirse –en diciembre se cumplirá una década– le ha dado a la región muchos disgustos y de momento ninguna alegría.

Dos horas y veinte minutos

Dos horas, 20 minutos y muchos giros en el aire después, la fotografía mental no invita a imaginar un convoy atravesando la región a doscientos por hora. Sí a fantasear con lo bonitas que habrían quedado las fotos de incluir a uno de esos trenes rompiendo deprisa el paisaje quieto.

La llanura entre Badajoz y Mérida, las sierras entre Cáceres y Plasencia... Por unas y por otras pasa la obra del AVE, que en la provincia de Badajoz toma casi todo el tiempo la forma de rectas kilométricas. Entre Cáceres y Plasencia están los fotogénicos puentes sobre los ríos Tajo y Almonte, los preferidos de los ministros –han sido seis visitas oficiales en nueve años, con dos del PSOE y dos del PP como protagonistas– que han posado para la prensa en esta infraestructura a medio hacer.

Desde el aire, seguir el curso de esta obra de promesas incumplidas es más difícil de lo que cabría esperar. Porque en su recorrido de norte a sur de la región, la plataforma desaparece varias veces y hay que buscarla. Ocurre que la línea que mancha el paisaje se borra de pronto, bruscamente, sin sutilezas. Como un machetazo pegado al terreno, empieza o termina y no vuelve a surgir hasta unos kilómetros después.

VIaducto sobre el Almonte, visto desde la avioneta

VIaducto sobre el Almonte, visto desde la avioneta / A.A.

Eso en el caso de los tramos interurbanos. Porque el concepto de tramo urbano no existe. Sí en los papeles, en estudios e informes varios, pero no sobre el terreno. Ni en Badajoz ni en Mérida ni en Cáceres ni en Plasencia se ve desde el aire huella alguna de esta infraestructura. En los cuatro casos, la plataforma deja de existir un rato antes de que aparezcan los primeros chalés de las afueras, donde la gente aprovecha que es primavera.

Hace sol. Y en el cielo de Badajoz no hay una nube. Manuel aterriza con suavidad. Y acaba así un viaje que deja los oídos taponados y una idea: mucho tendrá que correr la obra para poder ver un tren rápido cruzando el mapa extremeño de norte a sur en el año 2020.