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Los ojos de la meteorología extremeña

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La colaboradora de la Aemet Eva Cerro sujeta una probeta mientras apunta en su hoja de registro los litros de agua caídos un día de lluvia en Aldeanueva del Camino. / :: D. Palma

  • La región cuenta con 140 colaboradores de la Aemet que cada mañana se levantan para registrar datos relacionados con la lluvia, la temperatura y el viento

  • Hay localidades como Valencia de las Torres, Campillo de Llerena y Cabeza del Buey donde necesitan colaboradores

Cada vez que llueve en Aldeanueva del Camino, una pequeña localidad de 700 habitantes situada a 35 kilómetros de Plasencia, Eva Cerro sabe perfectamente los litros por metro cuadrado que han caído. Para ello se desplaza temprano con su coche hasta la estación manual ubicada en un campo al lado de los depósitos de agua del pueblo. Allí, con una probeta y un pluviómetro, y con el puerto de Honduras a sus espaldas, registra todo tipo de datos relacionados con la lluvia. Esta bióloga lleva haciendo esa labor desde los 12 años, primero guiada por José Luis Sánchez López, el que fue director del colegio Eduardo Rubio (actualmente el Centro Rural Agrupado Vía de la Plata), donde estudió, y luego sola. En ocasiones, lo hace con la ayuda de su padre.

Ahora tiene 37 años y compagina esa labor con la dirección de una academia de estudios que ha montado en su propia casa. Entre clase y clase, pasa los datos meteorológicos de su localidad a un programa informático. «Antes teníamos que mandar la información entre los días 1 y 5 de cada mes por correo postal a la sede de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Badajoz», recuerda Eva, que pensó en estudiar Física pero finalmente se decantó por la carrera de Biología.

Ella forma parte de una lista de 140 colaboradores con los que cuenta la Aemet en la región. Realizan una labor que supone, en la mayoría de los casos, levantarse a las siete de la mañana para registrar datos y, que a final de año, se ve recompensada con unos 135 euros. Ninguno de los voluntarios lo hace por dinero. Entre las motivaciones, destaca la tradición familiar y la pasión por la naturaleza. Algunos se dedican a ello porque lo han aprendido de sus padres, otros porque lo heredaron tras ser el alumno aventajado del maestro que siempre hizo esa función y otros porque hace tiempo les picó la curiosidad de estudiar los fenómenos meteorológicos y desde entonces no pueden dejarlo.

Normalmente son personas mayores que se dedican al campo. De hecho, su media de edad supera los 60. También suelen ser hombres. La mayoría de las mujeres que lo hacen es porque su marido, ya fallecido, se encargaba de ello.

Sin embargo, como en todo, también hay excepciones. Es el caso de Eva, mujer y joven. «Lo hago porque me encanta. Hay pocos que, como yo, empezaron desde tan pequeña. Llevo realizando esta labor 25 años y siempre con la misma ilusión», comenta Eva, que se acaba de comprar una parcela para construir su propia casa y en sus planos ya aparece un pequeño pluviómetro. Para ello ha tenido que dejar un espacio de un diámetro de diez metros sin paredes ni árboles para ubicar los elementos necesarios que midan el agua que cae cuando llueve. Ese es uno de los requisitos fundamentales para tener una estación meteorológica manual, según detalla Eva, mientras muestra los cuadernos de registro que tiene guardados desde 1992.

De ese año también tienen recogidos datos Modesto (57 años) y Manuel Jesús Píriz (59), dos colaboradores de la Aemet que se encargan de la estación pluviométrica ubicada en el casco urbano de Barcarrota y de la automática situada a ocho kilómetros de ese municipio de la comarca Llanos de Olivenza. Son los hermanos Píriz Casas que, junto a su abuelo Modesto y su padre Marcelino, son los responsables de que se haya podido saber el tiempo que ha hecho en esa localidad pacense desde 1939.

Manuel Jesús se encarga de la estación termopluviométrica, que recoge los datos diarios de lluvia y las temperaturas. Modesto se ocupa de la estación automática instalada en la presa del Aguijón. En ese lugar, además de la lluvia, también se recogen las temperaturas y el viento.

«Esto es una función que se tiene que hacer los 365 días del año. Nosotros hasta el momento no hemos tenido problema. En el caso de que un hermano no esté lo hace el otro. Mi padre, que falleció en 2010, siempre lo hizo porque jamás se fue de vacaciones, salvo una vez que le tocó un viaje a París y yo ya sabía como funcionaba todo», confiesa Modesto, que lleva más de dos décadas al frente de esta labor.

Los ojos de la meteorología extremeña

Antes de su padre, lo hizo su abuelo, maestro nacional. Él fue quien instauró poco después de acabar la Guerra Civil una costumbre que ha perdurado en el tiempo: ver, anotar y enviar a Meteorología cuánto ha llovido en Barcarrota, cuál ha sido la temperatura máxima y mínima e informar de las rachas de viento. «A mi abuelo le ofrecieron ser colaborador y dijo que sí. Después pasó a mi padre, Marcelino, al que mi hermano y yo ayudamos en la tarea en sus últimos años», recuerda Modesto, quien aporta todo tipo de detalles cuando se le pregunta por su función como colaborador.

Se nota que está orgulloso de ello. No es para menos teniendo en cuenta que su trabajo y el de su hermano fue reconocido por la Aemet en 2014. Todos los años, la Agencia premia, a nivel nacional, a tres de sus colaboradores en el Día Meteorológico Mundial, que se celebra cada 23 de marzo.

En este 2017, ha sido premiado Jaime Rodrigáñez, de 73 años. Él, ingeniero agrónomo, es colaborador de la Aemet desde 1968. Para ello cuenta con una explotación agraria en el termino municipal de Garvín, un pueblo de 90 habitantes situado a 30 kilómetros de Navalmoral de la Mata. Es allí donde cuenta con una estación manual para registrar temperatura y datos pluviométricos, así como información fenológica, es decir, todo lo relacionado con los movimientos migratorios de aves y la floración de diferentes variedades de plantas silvestres.

Pasión

Él es un apasionado de la naturaleza. Lo mismo le sucede a Juan Carlos Delgado, que se encarga de la estación automática de Fregenal de la Sierra. Lleva una década colaborando con la Aemet. Antes realizaba esta labor a nivel particular. «Con un pluviómetro recogía los datos de lluvia desde mi casa», confiesa este jardinero que trabaja para el Ayuntamiento de Fregenal y que habitualmente escribe artículos en revistas científicas sobre fauna y flora. Además, ha sido vocal de la junta directiva de Adenex (Asociación para la Defensa de la Naturaleza y los Recursos de Extremadura) y colaborador de la Asociación Española de Ornitología.

«En el pueblo me preguntan con bastante frecuencia sobre el tiempo. También algunos vecinos me piden datos de litros de agua que se han registrado en un determinado momento porque el seguro se lo solicita cuando tienen algún desperfecto», concluye Juan Carlos.

La estación de Fregenal de la Sierra es una de la 51 automáticas distribuidas por la región extremeña. En concreto, hay 28 en la provincia de Cáceres y 23 en la de Badajoz. Éstas detectan, cada diez minutos, las variables de temperatura, la precipitación, la humedad relativa del aire, la velocidad del viento y su dirección, así como la racha máxima.

Cada vez se está sustituyendo más la lectura manual por la automática. «En este caso, la función del colaborador es vigilar que la estación funcione correctamente o avisar de si hay algún desperfecto en ella», explica Manuel Lara, meteorólogo de la delegación de Extremadura de la Agencia Estatal de Meteorología. «Aunque tenemos técnicos que las chequean y las reparan si se averían, el trabajo del colaborador es necesario. Por ejemplo, un granizo puede pasar desapercibido para una estación. Tiene que ser muy avanzada para discriminar ese dato», añade Lara, que es muy consciente del esfuerzo que realizan los voluntarios de la Aemet. «Medir la temperatura todos los días muchas veces se convierte en una labor tediosa. Además, con las estaciones automáticas no tenemos que esperar a final del mes para recoger los datos», apunta Manuel.

Desde la delegación extremeña de la Agencia confiesan que su deseo sería poner en marcha más estaciones automáticas, pero el coste de mantenimiento juega en su contra. «Hay una regla que tenemos grabada a fuego y es que no se instale lo que no se puede mantener. Hay que ser responsables y saber que el coste es elevado tanto en recursos humanos como en técnicos. Es difícil pensar en que se vaya a aumentar a corto plazo las estaciones automáticas».

Lo que sí esperan que se haga realidad a corto plazo es el aumento de colaboradores de su red de observación. Sobre todo en los términos municipales donde no cuentan con voluntarios. Entre ellos, Valencia de las Torres, Campillo de Llerena y Cabeza del Buey.

«El requisito fundamental es que los nuevos colaboradores ofrezcan un lugar que no esté cubierto y que dispongan de un sitio adecuado para tomar los datos. No se puede medir temperatura encima del asfalto, por ejemplo. Tiene que hacerse en un lugar representativo del clima de la zona», concluye Lara.