Hoy

La justicia sí es igual para todos

La gente no cree en la Justicia. Escucho por la mañana cuando saboreo mi tostada diaria en la cafetería del barrio que «hay una justicia para ricos y otra para los demás». Por la tarde, cuando recojo a mis hijos en el colegio alguien me dice (más bien me imputa) que «los jueces no son independientes». Y entonces me quedo circunspecto y un poco triste. Ya cerca de la noche cuando salgo a dar un largo paseo, mi acompañante, después de recordarme otra vez que necesito bajar peso, me interroga súbitamente y con aire de reproche me recrimina «por qué Urdangarin no está todavía en la cárcel». No cree en la Justicia ni siquiera mi mujer. Y entonces, desolado, dirijo la mirada hacia la más remota lejanía.

Es cierto que nadie pensaba que se pudiera abrir un proceso penal contra el yerno del Rey. Pero se abrió. Es cierto que nadie pensaba que ese señor se iba a sentar en el banquillo de los acusados. Pero se sentó, y su esposa también siendo infanta de España. Es cierto que nadie creía (mi querida, incrédula y dulce esposa tampoco), que el exduque de Palma habría de ser condenado como autor de varios delitos graves. Pero fue condenado. Y ahora nadie cree que el citado señor va a ir a la cárcel, «se irá de rositas», afirmaban convencidos varias personas en el bar que hay al lado del Palacio de Justicia. Pero, estén seguros, irá a la cárcel. Solo hace falta esperar a que el Tribunal Supremo resuelva el recurso. En este caso no hace falta anticipar su prisión porque Urdangarin es la única persona de este país respecto del cual, por razones obvias, no existe riesgo de fuga. Y una vez que esté ya interno en el centro penitenciario pagando sus desmanes y desafueros, cuando vaya a comprar el pan un miércoles cualquiera, como hacía Francisco Umbral, alguien dirá (mirándome de reojo) que la Justicia no es igual para todos porque a aquel señor le habrán concedido (injustamente claro) un permiso de dos días para poder asistir a la graduación de su hijo.

Yo creo que en España la Justicia sí funciona, pese a los pocos medios con que cuentan los órganos judiciales. Y ello porque existen jueces, letrados de la administración de Justicia y funcionarios muy profesionales y abnegados, jueces y magistrados muy preparados e independientes, la inmensa mayoría, no lo duden. Si no fuera así no se sostendría el Estado de Derecho. Si no fuera así no estaría condenado un hombre poderosísimo que estuvo a punto de ser Presidente del Gobierno de la Nación y que llegó a Presidente del FMI. Éste, estén seguros, también acabará en la cárcel.

Si no fuera así no se sentaría en el banquillo acusado de desobediencia el mismísimo presidente de la Generalitat de Cataluña. Si no fuera así un omnipresente, omnisciente y muy altanero juez no hubiera sido condenado por un delito de prevaricación dolosa (dictar resolución injusta a sabiendas) al creerse y erigirse él mismo en depositario, único intérprete y conciencia de la ley, arrebatándole tan preciado tesoro y prerrogativa al mismo Parlamento de la nación.

Si no fuera así los procesos electorales, controlados por jueces independientes, no hubieran sido ejemplo y paradigma de limpieza y objetividad. En ninguna elección, desde que comenzó la democracia, ha habido sospecha de pucherazo o alteración de resultados. Y ello se debe en gran parte al buen hacer profesional de unos jueces rigurosos e independientes.

Si no fuera así, en fin, no se podría haber mantenido la paz social de la que goza este país y que es envidia de muchos.

La Justicia, es cierto, tiene sus carencias, pero a pesar de ello, contra viento y marea funciona y da respuesta y solución a los conflictos de las personas, sean estos de índole individual o con repercusión pública. Pero a pesar de ello percibo con desesperanza y un punto de melancolía que la gente normal no cree ni confía, lo que es aún peor, en la Justicia.

Muchos periodistas y algunos políticos, más bien por ignorancia que por intención aviesa, intoxican a la opinión pública y confunden a los ciudadanos en los temas de la Justicia, y más si estos tienen repercusión mediática. Hablan de cosas que no saben, algo parecido a lo que a mí me sucede cuando me pronuncio sobre la selección de waterpolo. Y, no obstante, no existe un órgano que con labor didáctica y de forma serena explique todas estas cosas. Tal vez el Consejo General del Poder Judicial podría asumir efectivamente esta importante labor.

Porque es transcendental que los ciudadanos honrados que pagan sus impuestos, que son la inmensa mayoría, sepan que sus jueces, el mismo que saborea la tostada por la mañana muy temprano a su lado en el bar del barrio, es una persona honesta, independiente y que no se casa con nadie, que trabaja y estudia los asuntos y prepara concienzudamente los juicios, incluso por las tardes y los fines de semana y que aplica la ley -que es su único horizonte- con prudencia y rigor y a la vez con equidad, y que no admite ni consiente injerencias ni presiones de ningún poder, y que a la hora de dictar sentencia prescinde de su ideología política y de sus convicciones morales, (la ideología es más peligrosa y perniciosa para los jueces que el mismísimo dinero), y que aplica y observa los principios constitucionales como si de la sagrada Biblia se tratara, y que, en definitiva, es el máximo garante de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, de los ricos y de los pobres y de los medianos también. Lo demás son veleidades.

Todo esto, adorada esposa, espero y aspiro a que algún día, al menos tú, lo entiendas.