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Cerezas extremeñas en el mercado de la Boquería. :: E.R.
Cerezas extremeñas en el mercado de la Boquería. :: E.R.

Carpanta en Extremadura

  • La región es el paraíso de los alimentos puros y naturales

Me gusta el pan de centeno. Lo suelo comprar en algunas de las panaderías con sentido y artesanía sincera que empiezan a abrir en Cáceres. A veces, se lo llevo a mi madre y se lo regalo como un don preciado. Es pan de masa madre, de centeno mezclado con un poco de trigo, capaz de resistir blando un par de días en la alacena, con sabor a pan de verdad y con una miga que, esponjosa e impregnada en aceite, constituye un manjar de primera. Pero mi madre dice que nones, que ella no quiere ese pan, que para pan negro ya tuvo la posguerra.

Mi madre participa de la mitología de los alimentos, soñados y tan deseados como imposibles, que se instaló en España durante la década de los 40. Ella era muy niña, pero ya tenía el suficiente uso de razón para mitificar lo que no abundaba: el pan blanco, el filete de ternera, el jamón serrano (lo de ibérico llegó después), los pasteles con crema, la rodaja de merluza... En los tebeos de mi infancia, aún triunfaba Carpanta, un personaje cómico nacido en aquella épica del racionamiento, un Aquiles del hambre capaz de arrostrar infinitos peligros por conseguir un bocadillo de chorizo.

Las crisis convierten los alimentos en mitos. Y cuando un producto entra en el Olimpo de los elegidos, su triunfo está asegurado. Vean el caso del langostino, del que escribo cada Navidad porque se ha instalado en el altar de los alimentos consagrados y no hay quien lo apee de su peana. En el tiempo de bonanza, cuando el siglo XX daba paso al siglo XXI, la abundancia, real o imaginada, nos animó a dar el salto del fuagrás de hígado de cerdo al foie de oca, de la pescadilla al rodaballo, del arroz con pollo al arroz con bogavante, de la patatera al salmón ahumado...

Pero llegó la crisis y las aspiraciones se mesuraron. Retornamos a lo básico y se notó en las carnicerías, las pescaderías y las charcuterías: mucho lote de chuleta de aguja, contramuslo y morcillo, más mortadela que lomo doblado y más jureles que besugos. El Carpanta clásico revivía con sus ansias de bistec y asado de cordero y comer se convertía en un síntoma del estado de ánimo colectivo: a mi particular encuesta del CIS le basta un trabajo de campo de media hora en la carnicería más frecuentada de mi barrio.

Sin embargo, por debajo de los cambios cíclicos en la mitología de los alimentos, hay un eje transversal que recorre todas las crisis desde hace 30 años y que crece sin parar. Me refiero al mito o al sueño del alimento puro, auténtico, sin transgénesis, antibióticos, conservantes a lo bestia ni fitosanitarios en vena y sin medida. Y no me refiero solo al que tiene sello oficial de ecológico, sino también al que nos ofrece garantía de origen, de autenticidad y pureza.

Es en ese punto donde aparecemos nosotros. Porque en la mitología española de los alimentos, desde el Carpanta de posguerra y chuletón hasta el Carpanta de posmodernidad y sushi, Extremadura ha pitado poco salvo en torta del Casar, cereza del Jerte, pimentón de la Vera y aceite y derivados de La Chinata, únicos productos nuestros que encontramos en los duty free de los aeropuertos o en el mercado de la Boquería.

Sin embargo, el futuro va a ser extremeño si actuamos con un poco de inteligencia. La mitología de los alimentos va a entronizar los productos naturales de las tierras duras, puras y sin contaminar y de los animales libres. En ese punto, nadie nos gana. Les hablaba el lunes de que esa es la imagen de Extremadura que se refleja en las novelas y la que se ha forjado en el imaginario colectivo.

Pues nada, aprovechémoslo y convirtámonos con todo el derecho en el Olimpo de los alimentos soñados por el nuevo Ecocarpanta español. Pero hay que espabilar. Por ejemplo, en otras regiones, los productos elaborados en las reservas naturales de la biosfera ya llevan un sello. Nosotros aún andamos discutiendo si biosfera sí o biosfera no. Solo faltaba que también en esto llegáramos tarde.