Hoy

Tiempos de apio y runners

Runners corriendo por el parque de la Margen Derecha de Badajoz. :: hoy
Runners corriendo por el parque de la Margen Derecha de Badajoz. :: hoy
  • Estos días, media Extremadura toma caldo y la otra media, corre

El lunes pasado, recorrí siete fruterías de Cáceres y en ninguna quedaba apio. Parecía un yonqui con mono de verdura antioxidante. Empecé visitando a César, mi frutero de siempre, pero había vendido todo el apio bien temprano. Pasé después por la llamada Plaza de los Maestros, donde el frutero del lugar me informó amablemente de que se le había acabado enseguida y que con él se habían marchado las judías verdes, las alcachofas y todo aquello que tuviera color verde y propiedades depurativas.

A partir de ahí, entré en trance y fui recorriendo fruterías, una tras otra, y en todas me decían lo mismo que me había dicho César: «Apio, cero, las señoras han venido esta mañana temprano y se han llevado los manojos, las bandejas y hasta los preparados para caldo».

Tiempo de caldo, tiempo de apio. Me encuentro a Victoria, consuegra de mi suegra, y me comenta, con buen juicio, que ella no entiende a la gente. «Todas las fiestas sin parar de comer y ahora, todo el día sin parar de correr. Pues digo yo que hubieran comido antes menos y ahora no tendrían que correr tanto», razona Victoria, y toda la razón le doy. Somos incorregibles: 15 días poniéndonos morados y ahora, a buscar apio desesperadamente, a correr como locos, a llenar los gimnasios.

El lunes por la tarde, di un paseo por el parque de El Rodeo y parecía que se celebraba el campeonato nacional de cross. Cientos, no exagero, ¡cientos! de runners, que es como se llama ahora a quienes hace 30 años echaban carreras, trotando por el parque con la lengua fuera y las mallas y los bodis a punto de estallar de tanto foie y tanto sorbete al cava.

En las tiendas de deportes, me cuentan que estos Reyes han hecho furor los atavíos fosforescentes para runners machos y runners hembras y así ha debido de ser porque las pistas y caminos de El Rodeo parecían al anochecer un festín de luciérnagas con tanto cortavientos amarillo limón, rosa fucsia, verde fosforito y mandarina desopilante, aunque lo de desopilante se podría aplicar a todo este proceso contradictorio e incomprensible de acción-reacción basado en que primero nos gastamos las perras en comida y luego nos las volvemos a gastar en comida para eliminar la comida y en ropa para correr eliminando lo que nos ha dejado la comida.

Pero yo, a lo mío, recorriendo las fruterías buscando apio y recibiendo el no por respuesta aquí sí y allí también. No entiendo cómo las grandes superficies, «e las otras medianas e más chicas», que diría Manrique, e incluso los gitanos fruteros ambulantes no se han percatado de que, además del roscón de Reyes, lo que busca la gente el 7 de enero es apio. Al igual que hacen con los estuches de 12 uvas y las islas de panettones, deberían poner en estos días estanterías inmensas llenas de apio. Les quitarían los manojos de las manos aunque los vendieran a precio de oro.

En casa, tomamos un caldo a base de apio, diente de león, cebolla y perejil una vez por semana. Y debe de funcionar porque al día siguiente del caldo parezco el Manneken Pis de tanto líquido como elimino. Y es que el apio es antioxidante, cardioprotector, antibacteriano, diurético, antiinflamatorio, expectorante, depurativo, sedante, digestivo, inmunoestimulante y analgésico. En fin, es como si te tomaras a la vez un Redoxón, una Aspirina, un Bisolvón, un Orfidal y un Almax salpimentados con cortisona, sintrón y paracetamol. ¡Una pasada! Así que no es de extrañar que después de tantos excesos, cambiemos estos días la charcutería por la frutería. Servidor, el año que viene, en lugar de reservar pavitas, pulardas y patos bereberes en la carnicería, piensa reservar apio, que es lo que de verdad se acaba.