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Piñones del Alentejo

Fachada fluvial de Alcácer do Sal, asomada al río Sado. :: E.R.
Fachada fluvial de Alcácer do Sal, asomada al río Sado. :: E.R.
  • Visitamos Alcácer do Sal, un precioso pueblo que huele a pino

A los de Setúbal los llaman sadinos porque allí desemboca el Sado, un río cortito (175 kilómetros ) que nace en la Serra de Caldeirão, en el Bajo Alentejo, y muere en el Atlántico, formando un bello estuario junto a Setúbal, famoso por su colonia de delfines y que algunos de ustedes quizás conozcan si han cruzado desde la península de Troia en transbordador.

El Sado es uno de los ríos más peculiares de la Península Ibérica por ser de los pocos que discurren de sur a norte, circunstancia que se repite en otro río alentejano: el Mira. El Sado tiene dos momentos estelares en los que se gusta adornándose y presumiendo de bonito: uno es su ya referida desembocadura con las marismas que la preceden y el otro, su paso por Alcácer do Sal, donde el agua lame la parte baja del pueblo, dispuesta a lo largo de un bello y manso paseo fluvial presidido por un castillo de origen árabe y un convento de clarisas de clausura convertido en 'pousada.

Varios puentes salvan el Sado en Alcácer: los hay largos y cortos, anchos y estrechos, de estructura fija y de estructura cambiante para dejar pasar los barcos, y hasta hay uno solo peatonal: Bella pasarela que realza este bonito paraje fluvial alentejano.

Paseando por Alcácer, se paladea un Portugal perdido de callejas estrechas, que se abren a otras aún más estrechas tejiendo un laberinto de medina mora. Deambulando por la zona del río, es posible asomarse a colmados que parecen preparados para el rodaje de un drama neorrealista de los 50. Más que tiendas, son batiburrillos de comestibles, herramientas, novelas y revistas usadas para cambiar o alquilar, monos azules, útiles de pesca. Hasta un flotador he visto en el escaparate de una de estas tiendas. ¡Un flotador en enero!

Alcácer do Sal tiene tres partes: el casco viejo con el castillo y los barrios originales junto a la fortaleza; el ensanche del río, castizo y comercial; y el ensanche de la vaguada y la colina, más residencial y moderno. Hay que bajar a la orilla del río y disfrutar del paseo, entrar en el puesto de Turismo a coger un plano y que nos expliquen las excursiones inexcusables sin salir del municipio: la península de Troia, los palafitos de pescadores de Carrasqueira y las casitas blancas y azules de la aldea de Santa Susana.

Recorriendo el paseo fluvial, se van sucediendo los cafés, los restaurantes y las dulcerías. Entramos a tomar un té con un pastel de piñones en Alkazar Gourmet, una tienda puesta con bastante gusto donde se puede beber algo o comprar conservas originales, aceite del lugar, moscatel de Setúbal o los dos productos estrella de Alcácer do Sal: el arroz, que se cultiva en las orillas del Sado, y los piñones.

Porque Alcácer huele a mar o a pino, dependiendo de dónde venga el aire. La comarca es la mayor productora portuguesa de corcho y de arroz. En ese punto, el Alentejo y Extremadura vuelven a ser parejos a ambos lados de la Raya. La novedad es que esta comarca de Alcácer do Sal lidera, además, la producción portuguesa de piñones, una cosecha muy rentable y revalorizada si tenemos en cuenta que la última vez que estuvimos por aquí, en septiembre de 2002, el kilo de piñones estaba a 24 euros y ahora está a 49.

Alcácer se 'apellida' do Sal porque ya los romanos la convirtieron en capital de la sal. Con ellos, Alcácer acuñó moneda propia. Con los visigodos fue sede episcopal y, ya cristiana, en su iglesia del Espíritu Santo se celebró la boda real entre Manuel el Venturoso, proclamado rey en Alcácer, y María de Castilla. Hoy, el campo y el turismo sostienen la economía de Alcácer y todo gracias al río Sado, tan presumido, tan generoso.