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El antiguo poblado ferroviario de Monfragüe sueña con su recuperación

Varios de los pabellones que acogieron a trabajadores y sus familias son ahora basureros / Un tren procedente de Madrid y con destino a Badajoz atraviesa la estación sin detenerse en ella.
Varios de los pabellones que acogieron a trabajadores y sus familias son ahora basureros / Un tren procedente de Madrid y con destino a Badajoz atraviesa la estación sin detenerse en ella. / Palma
  • En los buenos tiempos, en Empalme vivían mil personas y había dos escuelas; hoy quedan cuatro vecinos

La estación de Monfragüe no es la estación de Monfragüe para quienes la sienten como algo más que un lugar en el que paran trenes. Ni Víctor Macías ni Víctor Barreras ni Encarnación se refieren a ella con ese nombre. Para los tres, este es el sitio de sus vidas y se llama Empalme. Quizás es así porque en sus memorias, Empalme (en rigor, Plasencia-Empalme, el nombre con el que fue bautizada la estación) o Palazuelo-Empalme (el que tuvo más tarde) es sinónimo de felicidad. Y Monfragüe, la denominación a partir del año 1990, equivale a frustración. La de alzar la voz y no ser escuchados.

En los tiempos buenos de Empalme, la puerta de la iglesia no estaba tapiada. Ni las ventanas de algunos pabellones, que en su mayor parte son hoy una sombra de lo que fueron. Conservan la fachada aparente, pero su interior devuelve a la realidad bruscamente.

Entrar da un poco de miedo y bastante asco. Cada pisada es un crujido de cristales, y las habitaciones son mini estercoleros que dan fe de lo que ha ocurrido entre esas paredes en los últimos años. Un bolso abierto, un zapato sin cordones, dos televisores despiezados a golpes, una garrafa de aceite para coches, tres bidones llenos de basura, ropa mugrienta por todos lados...

Adif encarga el estudio

Es la foto actual del poblado ferroviario situado en el término municipal de Malpartida de Plasencia, y que el pasado noviembre apareció en una nota de prensa de Adif. El Administrador de Infraestructuras Ferroviarias anunció que había adjudicado a la empresa MB3-Gestión la redacción del proyecto básico de rehabilitación y puesta en valor del poblado. O sea, que le ha encargado a una empresa que haga un diagnóstico sobre la situación del lugar, que detalle el estado de conservación de sus edificios y que incluya un plan de actuación y un anteproyecto de rehabilitación de inmuebles. Le pagará por ello 15.125 euros.

Interior de un pabellón.

Interior de un pabellón. / Palma

En resumen, es un paso al frente en el camino burocrático cuya meta es salvar este espacio que en su momento fue un nudo de comunicaciones importante. «En definitiva -resume Adif-, se trata de un contrato que aborda un complemento al plan director del poblado ferroviario elaborado en el año 2005, con el fin de analizar futuras inversiones y plantear opciones de uso y explotación (dotacional o lucrativa)».

Han pasado once años desde que ese plan director fue elaborado. Y sobre el terreno no hay huella de él. Ninguna. Nada. Cero. «Aquí, en los últimos diez años, no se ha hecho nada, todo ha ido a peor», resume Víctor Macías (68 años), que vive en Madrid pero no hay un mes en el que no se coja el coche y se vaya a pasar el fin de semana a su casa de Monfragüe. Su padre fue factor de circulación, y él, en cuanto pudo, se hizo una casa en el viejo poblado. Concretamente, en una zona aledaña, integrada por chalés sin valor arquitectónico alguno, construidos mucho después que los pabellones ferroviarios, principalmente para que vivieran en ellos algunos de los trabajadores de las instalaciones que Tabacalera tenía casi en la misma estación. De hecho, la fábrica de transformación de tabaco contaba con su propia vía de tren.

Todo esto se lo sabe de memoria Víctor Macías. Empalme es el territorio de su infancia, y eso no se olvida. «Aquí llegó a haber más de 220 trabajadores con sus familias, más de mil personas, había dos escuelas, tahona, un ultramarinos pequeñito, teníamos dos cantinas, la del señor Hilario y la de los Solana, y las casas de los pabellones tenían unas cocinas bilbaínas (de carbón) buenísimas».

De esas cocinas tan recordadas ya no queda ni el molde. Tampoco de las barandillas de forja que había en las casas de los pabellones. Todo se lo han ido llevando los ladrones que periódicamente se dan una vuelta por esas moles rectangulares con fachadas de ladrillo rojo y mampostería de granito. Una arquitectura ferroviaria que tiene valor histórico. Desde el año 2004, el lugar está catalogado como BIC (Bien de Interés Cultural), lo que sobre el papel le garantiza un cierto nivel de protección.

La realidad a pie de calle es que el lugar está abandonado. Si sigue en pie es por el cuidado y la vigilancia que le procuran quienes viven allí. O sea: María José, Petra, Encarnación y Javi. Ellos cuatro son los únicos que duermen cada noche en Monfragüe. Víctor Macías viene todos los meses. Y Víctor Barreras (83 años) e inquilino de la vivienda que está justo encima del edificio principal de la estación, pasa mucho tiempo en el poblado. Pero la lista de vecinos asentados permanentemente se reduce a las tres mujeres y el único hombre. Ya no queda allí ni el santo de la iglesia. Cuenta Macías que la talla de San José, el patrón del poblado, al que sacaban en procesión en las fiestas de cada mes de mayo, se la llevaron a una parroquia de Béjar. Su regreso al templo es una quimera que nadie menciona en Monfragüe, el viejo poblado ferroviario que añora los tiempos en que se llamaba Empalme.