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Un extremeño en la élite del ballet

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Miguel Collado ensayando en Berlín. / Hoy

  • Miguel Collado es bailarín profesional y lleva diez años trabajando en compañías internacionales

  • Ha pasado por Estados Unidos, Alemania y Dinamarca; ha compartido escenario con Tamara Rojo o Ángel Corella; y ha bailado para la reina Margarita II de Dinamarca

Se define como un nómada apasionado de la danza al que aún le quedan muchos sueños por cumplir. Descubrió tarde que lo suyo era bailar encima de un escenario y llegó con retraso a un mundo tan bello como exigente, pero su entusiasmo y tenacidad le han ayudado a ganarse un hueco en la élite del ballet. Miguel Collado Sánchez (Mérida, 1983) es bailarín profesional y lleva diez años triunfando en el extranjero de la mano de compañías internacionales afincadas en Estados Unidos, Alemania o Dinamarca.

Este extremeño conoció la danza clásica por casualidad. A los 11 años, cuando practicaba gimnasia deportiva en la capital autonómica, tuvo un primer contacto con esta disciplina. Una parte del entrenamiento que llevaba a cabo diariamente consistía en realizar una clase de ballet durante 30 minutos. Fue entonces cuando sus entrenadores se dieron cuenta de que poseía facultades y aptitudes como bailarín. Tenía talento. Sus monitores le dijeron que se le daba bien, pero él supo entonces algo más importante: descubrió que le hacía feliz, aunque no fue hasta más tarde cuando decidió dedicarse a ello de pleno. "Creo que fue la danza la que me buscó a mí. A medida que la practicaba iba teniendo más claro que quería hacer de ella mi medio de vida", explica.

  • Un extremeño en la élite del ballet

Convencido de su potencial, uno de sus entrenadores de gimnasia le llevó con 16 años al Real Conservatorio Profesional de Danza, en Madrid, para realizar las pruebas. Allí detectaron sus cualidades y su capacidad para el ballet, le ofrecieron una carta de recomendación y le animaron a que se siguiera formando en este arte. "Fui prácticamente a ciegas, solo sabía que me encontraba bien cuando bailaba. Me sentía tranquilo y libre. Sabía que estaba en el lugar adecuado. Hoy en día lo que más me gusta de esta profesión es poder contar algo con un lenguaje diferente, poder transformarme en la música que interpreto. Adoro la adrenalina y el sosiego que da el escenario, el proceso de creación de una coreografía y la sensación de estar vivo, dando el cien por cien de lo que soy y lo que tengo", dice con convencimiento.

A su regreso, Miguel siguió el consejo que le habían dado y decidió apuntarse a una academia de ballet, en Mérida. Allí estuvo casi dos años hasta que pudo empezar la carrera de danza clásica en el Real Conservatorio de Madrid. Precisamente, uno de los problemas con los que se ha topado Miguel, así como otros bailarines extremeños, es la falta de conservatorios profesionales públicos en la región en los que se impartan este tipo de enseñanzas. "Es uno de los motivos por los que me ha costado tanto convertirme en bailarín profesional. Quizá por esta razón también conocí tarde el ballet. Y como yo, a otras muchas personas les ha pasado lo mismo. Cuando era pequeño ni sabía que la danza se estudiaba en un conservatorio. Sé que ahora una escuela privada de Badajoz ha conseguido tener un carácter de conservatorio. Al menos hay un pequeño paso. Pero faltan espacios públicos en los que los niños y niñas de Extremadura tengan la oportunidad de formarse en el mundo de la danza, igual que existen conservatorios para ser músico. Las administraciones deberían empezar a pensar un poco más en la danza y, al menos, comenzar a plantearse esa idea", reivindica este joven.

Presión social

Otro de los obstáculos contra el que este bailarín emeritense ha tenido que luchar a lo largo de su trayectoria ha sido la presión social. Su entorno más inmediato le animaba para que tuviese una preparación académica y se matriculase en la Universidad. Le inculcaron que debía estudiar una carrera, como hacía casi todo el mundo, de lo contrario quedaría estigmatizado. "Hoy en día todavía tengo que seguir lidiando con gente que opina así", sostiene. Miguel tuvo que enfrentarse a esta idea y convencer a sus familiares y amigos de que su vida iba a ser diferente. Su apuesta era otra: quería dedicarse a bailar. "Es muy difícil para un adolescente tomar una decisión así. Cuando has crecido en una sociedad pequeña, dentro de un país como España, donde por desgracia trabajar dentro del mundo del arte y la cultura no se considera una profesión es muy duro de asumir. Fue difícil hacer ver a los demás que quería poner mi vida al servicio de la danza. Por eso le diría sobre todo a los jóvenes que no dejen que les impongan nada y que luchen por aquello que les hace felices", lamenta.

De repente, tomar un camino distinto al que escogía la mayor parte de su entorno social se transformó en otro problema. Tuvo que hacer frente a críticas y escuchar frases del tipo "no te dediques a eso, no vas a encontrar trabajo" o "él siempre quiso estudiar una carrera". A pesar de ello, Miguel se mantuvo firme, no cedió a la presión y decidió saltar al vacío. "Doblegarme hubiera significado renegar de mí mismo. Me querían hacer ver que el mundo que había elegido estaba lleno de incertidumbre. Lo que más me molestaba era que la gente no respetara este trabajo, por desconocimiento, o que lo consideraban como un hobby y no como una profesión seria detrás de la que hay mucho esfuerzo. Ahora que han visto mi evolución, parece que ha cambiado su punto de vista sobre mi forma de ganarme la vida. Nunca he pedido que la entiendan, pero sí que la respeten", destaca.

Quizás fue esta situación la que le empujó a matricularse en Derecho cuando llegó a Madrid para estudiar en el Real Conservatorio de Danza con 18 años. Estuvo un año compatibilizando estudios, pero el segundo optó por aparcar la Universidad y se volcó en la danza. Su evolución en el ballet, asegura, era rápida pero sabía que si quería ponerse a la altura de los demás bailarines (muchos de ellos llevaban practicando desde pequeños) debía tomárselo en serio. "Escogí Derecho como podía haber elegido otra cosa. En realidad me daba igual. Me había ido a Madrid para bailar. Los años siguientes tuve que hacer mucho esfuerzo. Bailar bien no es sencillo. Era gimnasta y mis conocimientos de ballet eran escasos, así que tuve que partir de cero. Conozco a más de un gimnasta de élite que intentó bailar profesionalmente y se vio obligado a dejarlo. Yo trabajé duro y en un año alcancé el nivel de chicos que llevaban en ballet desde los cinco años. Con esfuerzo adquirí técnica y las condiciones físicas, pero lo vital para mí es que entendía la danza", manifiesta.

Pero el sacrificio también pasa factura. El agotamiento y el dolor físico es el peaje que todo bailarín tiene que pagar. "Lo que menos me gusta es el estrés que supone la exigencia para llegar al escenario o las lesiones. A pesar de todo, merece la pena porque la danza me ha hecho ser quien soy hoy en día. Es mi modo de vida y, de alguna manera, mi lenguaje", apostilla.

Gracias a su empeño, pasión y perseverancia, Miguel empezó a ver pronto los resultados. Su primera oportunidad para poder iniciar su carrera profesional como bailarín le llegó antes de terminar los estudios de danza clásica. Fue seleccionado para participar en el Blancanieves Ballet, un proyecto cuya música fue compuesta y dirigida por Emilio a Aragón e inspirado en la bailarina internacional Tamara Rojo. Fue, además, el primer ballet clásico que se hizo en España en su totalidad. "Te podría decir muchos ballets que han sido muy importantes para mí a lo largo de todos estos años, pero el Blancanieves Ballet lo recuerdo con especial cariño. Fue muy interesante poder vivir el proceso creativo y, de alguna manera, hacer un poquito de historia en mi país. Al estreno vino el actual rey de España, entonces Príncipe Felipe", asevera.

Cuando finalizó su formación en el Real Conservatorio de Madrid empezó a bailar en el Corella Ballet y de ahí ha pasado por diferentes compañías internacionales como solista y cuerpo de baile. Ha hecho obras como ‘El Cascanueces’ o ‘El Lago de los Cisnes’ (también obras contemporáneas) y ha formado parte de Los Ángeles Ballet (USA), Theaterhaus Stuttgart (Alemania), el Ballet del Teatro Danés (Dinamarca), Deutsche Oper y Komische Oper Berlín, ambos alemanes. Actualmente trabaja para estas dos últimas instituciones.

Además de compartir escenario con Tamara Rojo o Ángel Corella también ha bailado junto a artistas de la talla de Anna Liceica (bailarina del American Ballet Theater y New York City ballet), entre otros. Ha bailado dos veces para la reina Margarita II de Dinamarca, ya que es la diseñadora del vestuario de diferentes producciones del Ballet Real Danés.

Crecer como artista

Su trayectoria profesional le ha llevado a cruzarse a lo largo de estos años con compañeros de muchas nacionalidades. Ha convivido con españoles, japoneses, brasileños, italianos, canadienses, americanos… "Esta profesión me da la oportunidad de crecer como artista y como persona, ya que ofrece la posibilidad de conocer a gente de diferentes países y culturas, pudiendo adquirir distintos puntos de vista con los que ver la vida. La verdad es que soy un poco nómada. Me gusta cambiar de compañía para poder evolucionar como bailarín. Es inquietud personal. Cada vez que voy a un nuevo país y empiezo a trabajar con un equipo distinto encuentro aires nuevos y nuevas motivaciones para continuar formándome. Al final un bailarín también se nutre de sus vivencias y lo plasma en su arte. Cuanta más experiencia tengamos, más podremos ofrecer sobre los escenarios".

De hecho, en todos los teatros por los que ha pasado Miguel se hablan diversas lenguas, pero un mismo idioma, el de la danza. Gracias a eso, este extremeño se fue de España chapurreando algo de inglés y ahora habla perfectamente ese idioma, además de alemán, francés y portugués. "Si yo no me hubiera guiado por el corazón eso ahora no sería posible y probablemente tú y yo no estaríamos hablando", comenta entre bromas a través de vía telefónica desde su casa en Berlín.

Su trabajo en otros países le ha permitido conocer las diferencias que existen en el modo de tratar el arte y la cultura. Fuera de nuestras fronteras, apunta, ha encontrado respeto y más oportunidades laborales. "Como otros bailarines extremeños y españoles, he tenido que emigrar a lugares donde la cultura es respetada. Fuera de España, en los países por los que he pasado, las artes escénicas es algo que se valora y se cuida mucho. Por ejemplo, en Alemania cada ciudad tiene su propio teatro con su orquesta, su compañía de danza, elenco de actores y cantantes de ópera. Además los fines de semana hay adaptaciones para niños de la programación que se esté llevando a cabo en ese momento. Así se aseguran de ir formando nuevo público y de inculcarles a los niños el interés por la cultura".

Consciente de que la carrera de un bailarín es más corta que la de otros profesionales, ya ha comenzado a abrirse otros caminos. La edad a la que los profesionales de la danza se retiran se sitúa alrededor de los 40 años. Sin embargo, lejos de sentir miedo, Miguel ve en este aspecto un nuevo reto. "La vida te da mil oportunidades, solo hay que salir a buscarlas y yo estoy dispuesto a hacerlo", recalca.

Ahora tiene nuevas inquietudes. Este emeritense está empezando a explorar otras disciplinas como la fotografía, la moda o el cine, en las que ya ha hecho sus primeras inmersiones. "No permito que el miedo o la incertidumbre paralicen mis sueños. El trabajo es la única manera que conozco de salir del fracaso", insiste.

Miguel realizando un ejercicio durante los ensayos.

Miguel realizando un ejercicio durante los ensayos. / Hoy

Ha trabajado en varias ocasiones como modelo para Isabel Muñoz, a la que le acaban de otorgar el Premio Nacional de Fotografía después de una larga trayectoria internacional. Con ella también participó en el documental cultural ‘Un cuento para año nuevo’. "En el caso de la interpretación ha sido interés propio. Es un terreno que me atrae mucho", aclara.

Además, ha colaborado posando como bailarín junto a la modelo internacional Iris Strubegger en la revista cultural alemana Deutsch Magazine y ha trabajado como actor en el cortometraje ‘Tourists’ del americano Michael Lanphear. "He aparecido en varios capítulos de una serie de televisión alemana, participé en una de las campañas del diseñador de moda Joaquín Trías y he hecho varias sesiones de fotos, una en París para Francois Rousseau", enumera mientras advierte que se queda algún que otro trabajo en el tintero.

Su agitado ritmo de vida le deja poco tiempo libre para poder venir a Extremadura. "No voy mucho, aunque echo de menos la tranquilidad que me aporta estar allí. Tengo que ensayar para estar en forma. Es parte del sacrificio que hay que hacer", indica entre bromas.

A pesar de todo este extremeño siente reconocido su trabajo, aunque para él lo más importante es la aprobación personal de uno mismo. "Cuando uno está satisfecho con su esfuerzo poco cuenta la opinión de los demás", sentencia.