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«Vencer la obesidad puede ser más difícil que vencer el cáncer»

Guadalupe Sabio, científica del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, en la plaza Alta de Badajoz, su ciudad natal :: c. moreno
Guadalupe Sabio, científica del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, en la plaza Alta de Badajoz, su ciudad natal :: c. moreno
  • Guadalupe Sabio Buzo | Veterinaria, doctora en bioquímica, científica del Centro de Investigaciones Cardiovasculares

  • Empezó en Cáceres, en Veterinaria, y su tenacidad y talento la han llevado a que sea señalada como una de las grandes científicas de nuestro país

La comunidad científica señala a esta pacense de 39 años como una de las grandes de la investigación en España. Sus colegas valoran en ella su capacidad de liderazgo y su trayectoria impecable. Guadalupe Sabio Buzo estudió primero en el colegio del Santo Ángel, después en el Instituto de San Fernando y más tarde en la Facultad de Veterinaria de la UEx, donde empezó a labrarse su apabullante currículum: publicó en revistas científicas incluso antes de acabar la tesina; su tesis doctoral internacional fue Premio Extraordinario. Tras su tesis, que hizo a caballo entre Cáceres y Escocia, investigó en la Universidad de Massachusetts junto al premio Nobel de Medicina Graig Mello y, de vuelta a España, logró un proyecto de investigación europeo para acabar dirigiendo, en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), un equipo de 11 científicos que pretende desentrañar la relación de siete proteínas, las denominadas quinasas del estrés, con la obesidad, la diabetes, el corazón y algunos tipos de cáncer. Por sus trabajos en torno a las quinasas se ha hecho acreedora de los mejores premios a los científicos jóvenes. Suyo es el Loreal-Unesco por sus investigaciones sobre la obesidad; el Príncipe de Gerona de la Ciencia; el Joven Investigador de la Sociedad Española de Bioquímica; y su liderazgo social le ha valido el premio Estrella de la Comunidad de Madrid por su labor en favor de los derechos de la mujer. Pero Guadalupe Sabio es, sobre todo, una persona que tiene el don de la curiosidad y empeña toda su energía y su talento en averiguar qué respuestas hay detrás de las preguntas que se hace. Y todo ello compaginándolo con su vida familiar, que comparte con su marido, el también bioquímico Alfonso Mora Corral, cacereño al que conoció en Veterinaria, y con el que tiene tres hijos.

En esta entrevista, la doctora Sabio habla sobre la investigación alejada del glamur, sobre la dureza de un trabajo muchas veces monótono en el que un hallazgo es, por importante que sea, sólo el inicio de la siguiente pregunta.

¿Por qué hizo Veterinaria? Aparentemente es una carrera más alejada que Biología o Medicina de los campos en que investiga.

Es verdad, pero elegí Veterinaria porque me gustan mucho los animales y porque también en Veterinaria uno se podía hacer la pregunta que a mí verdaderamente me ha interesado siempre: descubrir el porqué de las enfermedades. Podía haber hecho Medicina, pero me daba terror equivocarme y perjudicar a una persona. En un animal la equivocación tiene menos consecuencias anímicas.

En este sentido, al menos, estará tranquila porque trabaja con ratones de laboratorio.

En ese sentido sí, aunque soy consciente de la responsabilidad que supone. Son seres vivos y por eso hay que tratarlos con especial cuidado y respeto. Es también más tranquilo porque uno no se enfrenta a la urgencia de salvarle la vida a una persona. Mi trabajo busca mejorar la vida de la gente, pero a largo plazo.

En una de sus últimas entrevistas, en el diario El País, su profesor en Veterinaria, Francisco Centeno, decía que lo suyo no es normal porque empezó a publicar en revistas científicas incluso antes de acabar la tesina. ¿Vive usted para la investigación?

A mí desde siempre me ha entusiasmado la investigación y, como decimos nosotros, 'el cacharreo' en un laboratorio. Ya en la carrera me di cuenta realmente hasta qué punto me gustaba. Entré en un laboratorio de verdad, vi cómo se trabaja y, sobre todo, viví cómo un experimento te lleva a una conclusión, que puede que te guste o no porque no coincida con lo que habías pensado.

Hizo su formación doctoral y post-doctoral en el extranjero. La tesis, en Escocia. ¿No pudo hacerla en Extremadura?

Yo empecé la tesis en Cáceres y la terminé en Escocia. De hecho la leí aquí y aunque fue una tesis internacional soy doctora por la Universidad de Extremadura y mi directora fue Ana Cuenda, que aunque estaba en Escocia es de Badajoz. Mi tesis trató de descubrir las funciones de dos de las siete proteínas denominadas quinasas del estrés, las p38 gamma y delta. Eran unas proteínas hasta entonces desconocidas, y pertenecen, además, al grupo de proteínas sobre las que sigo investigando. Fui a Escocia porque allí tenían los medios que necesitaba para hacer la experimentación. También me fui porque mi marido se iba a Escocia a investigar.

¿Cómo ve la Facultad de Veterinaria de la UEx? ¿Mantiene contacto con sus profesores?

La Facultad de Veterinaria de la UEx es de las mejores de España. Cuando yo estudiaba y también ahora. Mantengo contacto con el centro, donde he dado alguna charla, y también con profesores como María Jesús Lorenzo y Francisco Centeno. Compartimos un proyecto de investigación para intentar determinar qué función tienen unas proteínas en la diferenciación de la grasa blanca y la grasa parda, que es un tipo de grasa que convierte la grasa blanca en calor y eso nos permite adelgazar. Si supiéramos cómo modular la conversión de grasa blanca en grasa parda podríamos adelgazar simplemente generando calor.

Después de Escocia hizo el post-doctorado en la Universidad de Massachusetts en el 2006, donde coincidió con el Nobel de Medicina Graig Mello. Continuó en el extranjero.

Es que yo creo que si te vas a dedicar a la ciencia te tienes que ir fuera. Hay que irse para volver con nuevos conocimientos y nuevos enfoques. Una universidad progresa porque hay gente que sale fuera y regresa con lo aprendido. El drama de la ciencia en España es que se ha ido mucha gente muy valiosa y que ahora es muy difícil que vuelva.

¿Usted se fue con la idea de volver?

Siempre que te vas llevas la idea de que no te vas para siempre. Me hubiera agobiado mucho irme a Escocia y después a Estados Unidos sin tener la idea de que iba a volver. En mi caso quería venirme incluso cuando me plantearon que me quedara en Estados Unidos. No me quedé, además, porque tuve suerte.

¿En qué sentido?

En el sentido de que pude incorporarme al Centro Nacional de Biotecnología, precisamente al grupo de Ana Cuenda, mi directora de tesis, que trabajaba en ese organismo. Además, me concedieron un proyecto de los denominados 'grant europeo', que son muy difíciles de conseguir, pero que te abren muchas puertas y que estaba dotado con 1,5 millones de euros. A partir de ese proyecto me contrataron en el CNIC, uno de los centros más punteros en investigación cardiovascular del mundo. Para mí es un privilegio estar en el CNIC.

Sigue en el CNIC tratando de averiguar cómo funcionan las proteínas quinasas del estrés. Desde su tesis doctoral en 2005, cuando inició la investigación, hasta hoy, ¿cuáles son sus avances?

Hoy sabemos que una de esas proteínas, la JNK1, controla la obesidad al nivel del Sistema Nervioso Central. Hemos descubierto desde qué sitio exacto del cerebro la controla y sabemos también que otra proteína que tiene casi su misma forma, la JNK3, hace lo contrario, de modo que cuando tú inhibes la JNK 1 los ratones adelgazan y cuando inhibes la JNK3, engordan. Sabemos muchas cosas de esas dos proteínas, que fueron las primeras de las que, en el 2001, se descubrió que controlaban la obesidad. Ahora estoy trabajando en el grupo de las p38, aquellas de mi tesis doctoral, de las que no sabemos qué papel juegan en el desarrollo de la obesidad.

Usted habla de obesidad, pero su investigación también tiene que ver con la diabetes y el cáncer. ¿Habrá un día en que se pueda asegurar que se ha vencido al cáncer?

Confío en que sí, pero no conviene ser demasiado optimistas en que ese día será pronto. ¿Por qué? Porque hay muchos tipos de cáncer incluso en el mismo cáncer. El cáncer de pulmón de una persona no es el cáncer de pulmón de otra porque puede que no tenga mutada la misma proteína. Eso significa que para vencer al cáncer se necesitará una medicina y unos medicamentos personalizados. En resumen: no creo que tengamos una pastilla para curar todo tipo de cáncer; sí lograremos afinar muchísimo los tratamientos generales que, aunque no sean eficaces al 100% y para todo tipo de cáncer, lograrán buenos resultados.

Por tanto, está lejano el día en que la Humanidad haya vencido al cáncer. ¿Y la obesidad?

Aunque parezca extraño, puede ser más complicado que el cáncer, pero por otras razones. Los fármacos que se utilizan para el cáncer tienen unos efectos secundarios que, aunque muy serios, los aceptamos porque está en juego la vida. Pero nadie acepta para la obesidad efectos secundarios parecidos a los del tratamiento del cáncer. Este hecho está determinando que no se investigue directamente sobre la modificación de los receptores cerebrales para controlar la obesidad y que las investigaciones se centren en vías indirectas, a través de las hormonas, que afectarían a esos receptores de una manera más fisiológica.

De lo que dice deduzco que el trabajo en un laboratorio no es como en las películas, donde los descubrimientos surgen como setas.

Ni mucho menos. Es un trabajo muchas veces aburrido que requiere mucha atención y que con frecuencia no conduce a ningún resultado. Uno no trabaja en un laboratorio por los resultados, sino por el camino hacia esos resultados.

Sin embargo, algunos días, aunque sean contados, habrá resultados. ¿Cómo es uno de esos días?

Ese día es inolvidable. Me pongo contenta como la primera vez. Cuando un experimento sale..., es inexplicable. Tenga en cuenta que esa respuesta ha podido tardar dos años en emerger. Es muy emocionante.

¿Y cuál de esas respuestas le ha proporcionado más satisfacción?

Pues no lo sé. Quizás una de las primeras, cuando estaba haciendo la tesis y estábamos intentando determinar los sustratos de la proteína p38 gamma. Vimos que esa proteína hacía lo que nosotros preveíamos que hacía. Recuerdo aquel momento como si fuera ahora y han pasado diez años: llegaron los resultados y se los enseñé contentísima a Ana Cuenda.

¿Cómo es el proceso de su razonamiento?

Parto de una pregunta general. Por ejemplo: ¿La proteína JNK puede tener un efecto en el desarrollo de la obesidad? Concretamente, esa pregunta me la hice hace ocho años. El siguiente paso es conseguir un ratón que no tenga esa proteína en el cerebro. Eso puede durar dos años. Tras lograrlo pones a ese ratón a base de dieta grasa y lo estudias para ver si, a pesar de esa dieta, no engorda y lo comparas con otros que sí tienen esa proteína. Otros dos años. Si, efectivamente, no engorda entonces has conseguido una respuesta importante, pero sería un error pensar que no engorda porque le falta esa proteína. Esa conclusión está muy lejana y lo conseguido es sólo el inicio del camino. A partir de ese momento hay que preguntarse si no engorda porque come menos; porque elimina más; porque hace más ejercicio; porque tiene más temperatura... Cada una de esas preguntas es un experimento distinto que generalmente dura meses. Y cada uno de ellos desemboca en otros experimentos. Imaginemos que los datos demuestran que la temperatura ha podido influir en que ese ratón no engorde. Entonces hay que volver a preguntarse por qué tiene diferente temperatura y qué hormonas inciden en esa variable, qué mecanismos científicos tenemos para controlar la temperatura... En ese momento la investigación se hace impredecible y más difícil. Aunque a veces encuentras cosas que, al principio, no buscabas. Por ejemplo, a través de este proceso nosotros conseguimos demostrar que la proteína JNK controla la expresión de hormonas tiroideas.

¿Y alguna vez ha tenido que volver a la casilla de salida porque la pregunta era incorrecta?

Muchas veces. Crees que la pregunta acabará siendo afirmativa y, al final, es negativa. Me ha ocurrido muchas veces.

¿Y qué pasa ese día?

Pues ese día, al contrario que aquel en que encuentras respuestas, te vas a casa con una depresión de caballo. Pero lo peor no es eso. Lo peor es cuando llegas muy lejos y te das cuenta de que has cometido un error en el procedimiento. Y te surge la duda de si la conclusión a que has llegado se debe a que las cosas funcionan así o a que el resultado es ese porque has tenido ese error. Cuando te pasa te quieres morir. Porque, sea cual sea lo que pienses, tienes que repetirlo todo.

¿En ese momento, qué es lo que le hace continuar?

Siempre lo mismo: hallar la respuesta, pase lo que pase. Esto es un trabajo a muy largo plazo. Por eso la presión sobre los investigadores es un gran error.

Usted tiene ahora 39 años. ¿Se ve toda la vida investigando esas siete proteínas quinasas del estrés?

Por supuesto. Toda la vida investigando en torno a esas siete proteínas. Queda mucho por saber de ellas.

¿Pero en el camino de esas proteínas no ha encontrado vereditas sugerentes como para distraerla de ellas?

No para distraerme, pero sí sugerentes. Por ejemplo, el año pasado describimos que estas proteínas controlan el crecimiento del corazón y eso ha llevado a que parte de mi grupo de investigación esté estudiando el metabolismo cardiaco. Esto solo ha sido posible gracias a que nos hallamos en un centro puntero en cardiovascular y pudimos contar con la colaboración de investigadores expertos del CNIC. Pero los científicos somos normalmente muy buenos en una cosa muy específica. Cambiar da un poco de miedo.

Le han otorgado premios muy importantes. La comunidad científica dice de usted que es una de las mayores esperanzas de la ciencia de nuestro país. ¿Le abruma o le estimulan esos juicios?

No le doy importancia. Yo intento hacer bien mi trabajo junto a mis compañeros que, además, son muy, muy, buenos.

No le da importancia a lo que dicen los demás de usted. ¿Pero usted qué dice de sí misma?

Que soy una persona normal que trabajo lo máximo posible. Por mí, y por la gente que trabaja conmigo.

El elogio que más le atribuyen es su inclinación para pensar a lo grande. ¿Reconoce esa cualidad?

Tal vez sí. Nunca me han dado miedo las preguntas importantes. Quizás porque en ciencia las preguntas importantes son las más necesarias.