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Una usuaria de WhatsApp con su móvil. :: hoy
Una usuaria de WhatsApp con su móvil. :: hoy

El evangelio según Facebook

  • Palabra de Google, te alabamos Señor, o cómo ya no hay respeto

Ya no hay respeto. Tampoco hay autoridad. De todo se desconfía, todo se cuestiona y critica y el 'porque tú lo digas' es la habitual réplica a cualquier afirmación. Está bien desconfiar y ser muy críticos, pero no está bien poner en solfa a todo el mundo independientemente de su sabiduría y su solvencia.

Cuando hablo de respeto, no hablo de sumisión ni de humillación, sino de confianza en el dictamen o el consejo de quien tiene rigor científico, capacidad moral y experiencia acreditada para emitir una opinión cualificada. Y cuando uso el término autoridad no me refiero al mando ni al gobierno, sino a la auctoritas, esa legitimación social que tienen un profesional o un sabio por su valía, su reconocimiento y su demostrado prestigio.

Pues nada de eso existe ya: ni respeto ni auctoritas. La frase falsamente democrática de que mi opinión vale tanto como la de cualquiera se ha enseñoreado de la vida cotidiana y hacemos más caso a quien diagnostica en la sala de espera que al médico en su consulta, a quien imparte doctrina pedagógica en el bar de la esquina tras llevar a los niños al colegio, que al profesor en el aula.

La verdad la determina antes un grupo de WhatsApp que un tutor escolar y si en Facebook queda claro que mandar deberes es malo para la educación de los niños, no se hable más, el gran dios Red Social ha hablado.

El Doctor Google es mucho más fiable que el médico y no digamos que el farmacéutico. Ponemos en cuarentena cualquier diagnóstico o receta, pero no a quien comenta en un foro que a él le va muy bien el ibuprofeno para combatir la depresión. Palabra de Google... Te alabamos Señor.

Cuando ejecutan una obra en el barrio, la opinión del ingeniero no se tiene en cuenta y la del arquitecto ni se escucha. Vale más la primera tontería que suelte un vecino alarmista porque al vecino se le supone la objetividad, el rigor, la independencia y la sabiduría. Es lo democrático: el vecino y el amigo de Facebook siempre dicen la verdad. Facebook es el Evangelio.

El profesor no piensa en el bien del alumno, sino en su propia comodidad y capricho. Los políticos no persiguen nunca, en ningún caso, el bien común, sino el propio. Los periodistas, todos, absolutamente todos, están vendidos, sus informaciones, todas, absolutamente todas, están sesgadas y escriben siempre al calor de quien mejor les paga o de sus caprichos personales.

Lo de la presunción de inocencia es una quimera. Hace tiempo que arrumbamos la prudencia al cuarto de los trastos inservibles y hace más tiempo aún que le dimos la vuelta a la carga de la prueba: aquí todos son culpables, menos yo y los míos, mientras no se demuestre lo contrario. Como esas abuelas de antaño que destrozaban a las madres solteras del barrio hasta que les tocaba a sus nietas, destrozamos la reputación de cualquiera mucho antes de que sea juzgado y sentenciado y si lo absuelven nos da lo mismo porque algo habrá hecho.

Las mentiras han marcado la campaña electoral americana y esa mancha de aceite sucia y pringosa también nos llega a España y a lo cotidiano. Y si antes una conversación de taberna no era más que eso y de allí no salía, ahora son los grupos de WhatsApp los que han recogido la tradición de la charla del bar y, al igual que el vino disparaba las lenguas y los propósitos, el teclado del móvil dispara los despropósitos, pero con la diferencia de que lo de la taberna se acababa en la taberna y lo del WhatsApp se divulga, se extiende y magnifica.

O paramos a tiempo o vivir será insoportable. Cada vez hay más insumisos que se borran de redes y grupos, hartos de vivir asustados por el grito y la ocurrencia. Cada vez hay más selección de contenidos y de fuentes de información. No temo al futuro: retornará la cordura, el respeto y la auctoritas y a los esclavos de redes y grupos se les tendrá tan en cuenta como antes se tenía a los borrachos.