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Corbacho (Valverde de Leganés), nuestro último ministro. :: hoy
Corbacho (Valverde de Leganés), nuestro último ministro. :: hoy

Pobres, pero simpáticos

  • Desde 1939 solo ha habido ocho ministros 'extremeños'

Mi antiguo alumno gallego Pombo montó una empresa de eventos con un colega catalán. Enseguida descubrieron que si situaban la sede social en Cataluña, los mirarían con recelo, pero si la establecían en Galicia, todo sería diferente. «Los gallegos caemos simpáticos, me confesaba Pombo hace unos meses tomando un café en Vilagarcía de Arousa; nos mosquea un poco que hagan chistes con nosotros, pero a partir de la película Airbag, hemos asumido que caemos en gracia y lo explotamos».

Es importante asumir los defectos y crecer a partir de ellos. En realidad, los gallegos están creciendo tanto que últimamente se han convertido en nuestros enemigos ferroviarios. Han tenido la suerte de contar con ministros de Fomento, primero José Blanco y después Ana Pastor, y eso les ha permitido acelerar las obras de su AVE y contar con unas comunicaciones de alta velocidad entre A Coruña y Vigo sin parangón: trenes a 200 por hora con los billetes al precio antiguo, el que cobraban por los R-598 usados que nos 'regalaron' como nosotros les 'regalamos' nuestros ferrobuses, los últimos de la nación y con agujeros en el fuselaje, a Venezuela.

Como el dinero que venía para nuestro tren rápido se fue al AVE gallego, hemos empezado a cogerles algo de tirria y en artículos y cartas al director empieza a escribirse que los gallegos nunca han sido buenos ni para Extremadura ni para España y ahí pueden poner los nombres que deseen desde Franco hasta Rajoy pasando por Blanco o Pastor. Desde 1931, 28 gallegos han sido ministros del Gobierno de España y mientras en Extremadura sería portada el hecho extraño de tener un ministro de la región en un Consejo, para la prensa gallega, la noticia del último gabinete de Rajoy ha sido que por primera vez en 20 años no habría ministros gallegos. Pero mantienen el presidente.

Durante los últimos siete años, los más desesperantes para el tren extremeño, las obras públicas han estado dirigidas con perspectiva gallega y en la prensa de aquella región se felicitan del nombramiento del cántabro De la Serna para Fomento pues, como aseguraba Núñez Feijóo, presidente de la Xunta, en Faro de Vigo: «Que el ministro de Fomento sea del norte de España no deja de ser una garantía de que las comunicaciones del norte sigan siendo una prioridad».

Los extremeños caemos muy bien al resto de los españoles. Los pobres siempre caen bien. Si fuéramos ricos, nos criticarían envidiosos: «Ladran, señal de que cabalgamos», frase que se atribuye falsamente al Quijote, pero proviene de un poema de Goethe. A los extremeños nos ladran poco, más bien nos dicen que somos muy buenos, que es lo que se dice de los muertos. No hemos llegado a ese punto, pero no se apuren, vamos de camino.

A nosotros, lo más que nos dicen es que somos vagos y subsidiados, algo así como que si somos pobres es por nuestra culpa. En esto último, algo de razón tienen: no nos rebelamos contra nada ni contra nadie. Por eso caemos bien.

Los gallegos han logrado la cuadratura del círculo: tienen alta velocidad en la región, AVE a punto de llegar desde Madrid, tres aeropuertos y encima caen simpáticos a pesar de Rajoy y de Pepiño. No hubo prácticamente ningún gabinete de finales del XIX y principios del XX que no contase con un ministro gallego. En Cataluña, se referían con sorna a «los imprescindibles ministros gallegos» y en Madrid hablaban de que «Galicia no da más que ministros o aguadores». A tanto llegaba la cosa que hasta Azorín salió elegido diputado por Ponteareas en 1914. «A ver si así me hacen ministro», pensaría el escritor.

Sea como fuere, lo que nos queda a los extremeños es una gran orfandad ministerial (dos ministros con Franco: Díaz-Ambrona y Sánchez Arjona, y seis más o menos extremeños en la democracia: Oliart, Sánchez de León, Díaz-Ambrona, Rovira, Trujillo y Corbacho), ningún ministro de Obras Públicas y el tren de los pobres. Pero eso sí, caemos simpáticos.