Hoy

Una niña haciendo deberes. :: hoy
Una niña haciendo deberes. :: hoy

El Cuerpo de Hombre

  • Casi todo lo que sabemos, lo hemos aprendido haciendo deberes

Casi todo lo que sé, lo he aprendido haciendo deberes. Es más, todo lo que aprendo hoy, es haciendo deberes. Este artículo, por ejemplo, lo escribo tras hacer los deberes: he leído unas reflexiones tituladas 'La erótica del saber' de la escritora y traductora Pilar Adón en 'Tinta Libre', que me han movido a escribir, después he tomado notas en un cuaderno, en el autobús urbano se me ocurrieron otras ideas y las apunté en el móvil. Al llegar a casa, me senté en una mesa, ordené todo el material que tenía, añadí un par de artículos sobre la cuestión y, solo después de hacer los deberes, me he puesto a escribir.

Si de niño no hubiera hecho deberes, no creo que ahora pudiera juntar letras, entender un texto ni componer una historia inteligible. Esos deberes son los que me permiten hoy saber dónde queda Astorga, entender el solsticio de verano y distinguir al compositor ruso Shostakovich del delantero polaco Lewandowski. Dirán ustedes que para qué sirve saber dónde queda Astorga y yo les respondo que a mí me ha servido para escribir un artículo sobre su equipo de fútbol cuando visitó el Príncipe Felipe, para entender las crónicas que escribía un compañero de trabajo en El Faro Astorgano y para intentar convencer, cuando estudiaba Bachillerato en Zamora, a una chica astorgana de que saliera conmigo: me rechazó, pero quedó impresionada por mis conocimientos sobre los arrieros de la maragatería, sobre las mantecadas de su pueblo y sobre la impronta de Gaudí en su palacio episcopal.

Me temo que no he acabado de convencerles de la utilidad de conocer la localización y los encantos de Astorga, pero miren el caso de La Siberia. Servidor, como muchos de ustedes, sabía muy poco sobre esta comarca extremeña. Me propusieron recorrerla y contarla y me entusiasmó la idea. Pero para eso no me ha quedado más remedio que hacer los deberes.

Desde hace tres semanas, cada sábado me levanto a las siete y reúno ante mí, en una gran mesa, apuntes, libros, libretas, notas, fotos y folletos y hago los deberes: repaso, ordeno, subrayo, esquematizo y escribo. Y me lo paso muy bien. Y aprendo, vaya que sí aprendo. Pero no solo viajando y hablando con la gente, sino, y sobre todo, haciendo los deberes con todo el material recogido. Gracias a ese esfuerzo, disfruto de lo que Pilar Adón llama la erótica del saber. Pero sin deberes no hay erótica que valga.

Les confieso que a mí, eso de asistir a conferencias, presentaciones de libros y espectáculos en general no me sirve para mucho, me parecen más bien actos sociales. Disfruto, es verdad y a veces, pocas veces (la última, un debate hace años entre Cercas, Landero y Félix Grande), esos actos me provocan estímulos muy poderosos para seguir aprendiendo. Pero cultura de verdad y aprendizaje en vena solo los adquiero cuando hago los deberes, es decir, cuando llego a casa y leo libros, los resumo, busco artículos en Internet, los imprimo, los subrayo y entonces sí que noto que aprendo de verdad y me siento algo más culto.

En mis clases de Escritura Dramática, tengo alumnos de 50 años que son abogados, de 40 años que son profesores de instituto y de 18 que acaban de terminar el Bachillerato. A todos les pongo deberes y los hacen. Si estudiamos las subtramas, tendrán que crear ellos subtramas en casa, por ejemplo, a partir de la trama de Edipo Rey, desarrollarlas, escribir una escena y lo corregiremos todo en clase. Si no, es imposible que aprendan.

No entiendo, en fin, esta cruzada contra los deberes. Igual todo se debe a que estudié con los salesianos en Zamora y los salesianos marcan desde la adolescencia: el resto de tu vida, si no haces los deberes, te angustias. Y es verdad que la chica astorgana no me hizo ni caso, pero al día siguiente intimé fácilmente con una muchacha de Béjar porque había hecho los deberes de Geografía y sabía que por su pueblo pasaba el Cuerpo de Hombre, un río que da mucho juego a la hora de ligar.