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Dos ejemplares de grullas en la región. :: Juan Antonio Morillo-Velarde
Dos ejemplares de grullas en la región. :: Juan Antonio Morillo-Velarde

Las grullas ya surcan su paraíso extremeño

  • La región se consolida un año más como el principal refugio invernal de esta especie animal

«Desde hace 25 años espero, diría que casi nervioso, la fiesta del Pilar. La razón es muy simple: es cuando suelo ver llegar las grullas. O mejor dicho, cuando las suelo oír. Porque primero siempre llega su canto, y después por fin se las ve. Esos días en torno al 12 de octubre en los que escucho por primera vez su canto, me tienen completamente atrapado». Raúl Aguado es un profesor de Lengua y Literatura de Villanueva de la Serena que trasluce la pasión al hablar de estas aves. Estos días no para de mirar ensimismado al cielo para contemplar uno de los espectáculos más bellos que ofrece nuestra región.

Y es que observar a las grullas durante sus desplazamientos diarios, desde las áreas de alimentación hacia las zonas de concentración nocturna o dormideros constituye una experiencia única para aquellos que lo contemplan por vez primera. Durante estos vuelos se desplazan en grupos adoptando una peculiar disposición en forma de 'V', al tiempo que lanzan su característico graznido sonoro. En definitiva, todo un regalo para los sentidos.

Cientos de visitantes y turistas lo han podido comprobar este fin de semana, cuando se celebra el Festival de las Grullas, que organiza la Junta con la colaboración de otras asociaciones como Seo/Birdlife, Adenex, Anser, Amus o Grus Extremadura. La cita tuvo lugar ayer en el parque periurbano de conservación y ocio 'Moheda Alta', en Navalvillar de Pela.

A poca distancia de este parque, en las parcelas de arroz de las traseras de la Charca de Gorbea, se encuentra uno de los dormideros de grulla común más grandes que existen. Puede acoger más de 10.000 aves en algunos períodos. Y es que la alternancia entre zonas de dehesa y regadío en sus 120 hectáreas han propiciado que este enclave se haya convertido en la principal zona de invernada de la grulla común, porque acoge la población más importante de toda la región y una de las más grandes de la Península Ibérica.

Se estima que aproximadamente 140.000 ejemplares de esta especie pasan el invierno en Extremadura, de los que más de 80.000 eligen la zona centro de la región. Suponen el 30 o el 40% de la población europea occidental y más de la mitad de la española.

La posibilidad de encontrar abundante alimento, unida a la existencia de zonas húmedas que sirven de refugio y a las temperaturas moderadas del invierno extremeño proporcionan a estas aves un hábitat óptimo para pasar el invierno.

Sumando las áreas de campeo, de alimentación y los dormideros, se estima que la superficie ocupada por esta especie estaría en torno a 1.835.000 hectáreas, lo que representa el 44% del total regional.

Buena fe de ello puede dar Raúl Aguado, que ha descubierto que estas aves están más cerca de lo que pensaba: «La primera vez que vi grullas en Extremadura tuve que recorrer cierta distancia. Después descubrí que las tenía muy cerca de mi casa: en los arrozales y maizales que rodean Villanueva de la Serena, sobre todo hacia los pueblos de colonización como Valdivia, Torviscal o Palazuelo. Así que a partir de octubre casi todas las semanas, voy en su busca. o me tropiezo con ellas».

Procedentes de sus zonas de reproducción pantanosas en el norte de Europa, las grullas viajan hacia la Península en busca de un invierno más suave y favorable. En este caso, las poblaciones utilizan dos rutas migratorias muy definidas a través de Europa. Para llegar hasta nuestro país van por la «ruta occidental», que es la utilizada por las aves que nidifican en Europa continental, en los países ribereños del mar Báltico y en los escandinavos, que se desplazarían hacia el suroeste para establecer sus cuarteles de invernada en España, Portugal, Marruecos y Francia. Para llegar a su paraíso invernal extremeño deben volar más de 4.000 kilómetros.

Es a comienzos de la primavera cuando efectúan sus danzas y a finales del verano, cuando detectan una disminución en las horas de sol, inician la migración invernal hacia el sur. Las familias de grullas, con sus pollos nacidos el verano anterior, pasan el invierno alimentándose en las dehesas principalmente de bellotas de encina, en los cultivos de cereal de secano buscan las semillas de trigo, cebada y avena, mientras que en los rastrojos de regadío optan por las semillas de arroz y maíz.

Al anochecer, los bandos de grullas regresan a los dormideros situados en tranquilas y apartadas orillas de numerosos embalses extremeños,

La planta de estas aves enamora, como reconoce Raúl: «Para mí es inevitable conducir más despacio. A veces paro y bajo para ver un auténtico espectáculo de la naturaleza: el porte de las grullas, su estampa, su vuelo y su carácter esquivo las hace más atractivas», cuenta.

Por ello, este profesor invita a quien no lo haya hecho aún a acercarse a contemplar este bello espectáculo: «Disfrutamos en nuestra región de un lujo natural. Otro más. Algo único que cada año se repite, y que parece que va a continuar pese a los cambios en el paisaje. Es verdad que muchos arrozales están siendo sustituidos por frutales donde las grullas no descansan. Pese a ello a mí me parece que cada año son más, o que se concentran más. O a lo mejor es sólo que sé verlas mejor».

Amenazas

Precisamente, del 11 al 13 de noviembre, Grus Extremadura celebraba unas jornadas técnicas en Navalvillar de Pela sobre esta especie, y entre sus conclusiones advirtió de este problema. En concreto, apuntan a la pérdida de hábitat de alimentación a causa de la progresiva y masiva introducción de cultivos en intensivo, como frutales y oleícolas, principalmente, que impiden a las aves alimentarse en dehesas y rastrojeras.

Otro de los problemas a los que aluden es la quema regular de rastrojos, que elimina el alimento, la fauna y emite gases de efecto invernadero nocivos para la salud humana y animal. Asimismo, no pasan por alto el uso indiscriminado de fitosanitarios y semillas blindadas que afectan a la vida y la salud de estas aves; o el peligro de los tendidos eléctricos que señalizados o no acaban con la vida de muchos ejemplares durante el periodo de invernada.

Tampoco hay que olvidar las molestias ocasionadas por el tránsito en sus áreas de alimentación y descanso de vehículos no agrícolas, con presencia masiva de cazadores y disparos los fines de semana y otros tipos de actividades lúdicas que alteran sus rutina. De ahí, que desde las asociaciones ecologistas pidan a la administración medidas para combatirlas.