Hoy

Feminismo y gansadas

En una tertulia televisiva de TVE, integrada exclusivamente por mujeres (¿?), parecían tener muy claro el comportamiento machista de la mayoría de los hombres (¿?). Como evidencia irrefutable, sacaron una encuesta que proclamaba que alcanza hasta el 87% (¿?). ¡Vaya, vaya, aquí no hay playa! Recuerdo que durante un debate parlamentario pedí explicaciones sobre unos gastos que me parecían exagerados y la aludida, directora general de la Mujer, me salió con la petenera de que la interpelaba porque era mujer y porque yo era un machista. Hasta sus propios compañeros hicieron gestos que delataban incomodidad, pero con aquella gilipollez de feminismo cegato, la ilustre señora consumió su turno y dio por respondida mi pregunta. ¡Qué cómodo! Si la directora general era tonta ‘etiqueta negra’ o lista ‘cinco estrellas’ es algo que quedó en un interrogante, como los gastos sobre los que pedía información. Para mí que era una listilla con muy poca vergüenza. Confieso que ahora, cada vez que me encuentro con una guerrillera del feminismo ramplón, me pongo en guardia, porque bajo la etiqueta feminista se esconden muchas frustraciones, incapacidades y caras de granito.

Creo que algo tan serio como las justas reivindicaciones en pro de una igualdad, todavía tan distante, lo están convirtiendo, como aquella penosa directora general de la Mujer, en martingalas recurrentes para escabullirse. El feminismo no puede ser una cueva, como la de Alí Babá, para esconder gastos estrafalarios con el argumento zafio de que el que reclame explicaciones a una mujer es un machista. Y puedo prometer y prometo que he visto a muchos tíos retrocediendo, acojonados ante estos argumentos. Mila Ortega publicaba en HOY, el pasado jueves, «Hombres guay», un acertado artículo sobre la carga sexista de conductas sobreprotectoras, identificando el mal gusto con el micromachismo y reclamando al «hombre guay» que se mojara. No es fácil, dado el acojone del personal.

Después de una charla en un instituto, el claustro me invitó a un aperitivo en la sala de profesores y uno de ellos, posiblemente para abrir brecha, contó un chiste que me hizo gracia por su simpleza, al margen de si se refería a hombres o mujeres. Todos lo celebramos, las profesoras también, claro, pero no faltaron dos ‘feminatas’ que, con mal talante, tildaron de machista al que lo contó y a todos los que festejamos su chascarrillo. ¿Hay que pedir permiso para reír? Lo cuento para que se vea la enjundia, ofensivamente machista, que encerraba: «¿Por qué la estatua de la libertad es mujer? ¡Porque se necesita una cabeza hueca para hacer un mirador!».¿Eso es sinónimo de machismo? ¿Si te ríes de semejante tontería es porque escondes a un machista en tu corazón? Para aliviar el enfado de las ‘feminatas’, el mismo profesor, evidentemente cortado, contó otro: «¿Qué es una neurona en la cabeza de un hombre? ¡Una ocupa!» Y las dos guerrilleras aplaudieron entusiasmadas… Como diría José Mota «¡tontas p´a siempre!».

Estas idioteces, que confunden lo esencial con lo accesorio, no ayudan nada a la igualdad en lo fundamental y mientras las aguerridas ‘feminatas’ lleven la antorcha de la reivindicación femenina, la mujer, en sectores esenciales, seguirá en un segundo plano, resignadas a ver cómo mostrencos muy inferiores, las superan en salarios y puestos de responsabilidad. Me van a caer chuzos, me da igual, pero en estas feministas de pacotilla, se esconde un machista sin remedio. Y sin humor.