Hoy

La cola del solomillo

Cola para comprar lotería en Doña Manolita, el pasado miércoles. :: A. T.
Cola para comprar lotería en Doña Manolita, el pasado miércoles. :: A. T.
  • España es un país de filas: nos encanta ponernos detrás de alguien

El guardia de seguridad del FNAC de Preciados ejerce un trabajo raro. Está detrás de un mostrador y ante él tiene 20 letrinas blancas con una luz roja. Los clientes suben a aliviarse, hacen cola y el guardia de seguridad canta números. 'La 14, la 17, la tres.'. Avisa a los clientes de las cabinas que quedan libres.

El guardia de seguridad del FNAC de Preciados parece un niño de San Ildefonso cantando la lotería de las letrinas.

A un paso de la cola del FNAC, España se resume en otra cola: la que hacen miles de personas cada día para comprar un décimo de lotería en Doña Manolita. Cuento la fila y son 345 personas. Esperan pacientemente mientras loteros castizos ataviados con tocados de indio apache, gorros tiroleses o trajes de sevillanas tientan a los jugadores.

«Por solo cinco euros de recargo, se ahorra usted la cola y seguro que le toca, que la suerte no llega, la suerte se busca y la encuentran conmigo», salmodia el apache cada 30 segundos, pero la gente no le hace caso y sigue en la cola.

En las carnicerías de Cáceres también hay colas para encargar solomillos de ternera en Navidad. En las carnicerías de la plaza de abastos, ya se han acabado los solomillos y en las de los barrios, escasean a estas alturas de noviembre y pronto no será posible coger más reservas.

Si vuelve el solomillo es porque la crisis ya no aprieta psicológicamente a la clase media con sueldo público seguro. El resto no las tiene todas consigo o no tiene nada consigo y, pues eso, a la cola del décimo, del paro o del pollo. Nada de solomillos.

En el FNAC de Preciados, en Madrid, se orina gratis y un guardia te guía. En el FNAC de la Plaza de Cataluña, en Barcelona, te cobran por mear. El guardia de seguridad no te orienta, solo te cobra. A mí me dejó entrar gratis. «¿Por qué?», me extrañé. «Porque es usted discapacitado», me sorprendió.

Tengo una sola mano, pero en estos trances mingitorios me manejo con cierta destreza. El tema del pis catalán gratuito para discapacitados me tiene sorprendido y a punto de gritar que aquello es una nación. Lo hubiera hecho si hubieran mantenido la gratuidad 'discapacitada' en la cola del solomillo en La Boquería o en las colas de la lotería de la sucursal de La Bruixa d'Or, pero no, solo era gratis el pis.

Los extranjeros dicen que España es un país de colas. No sé de qué se extrañan. Nos encanta ponernos detrás de alguien. Razonamos que si se montan colas es por algo y pedimos la vez por si acaso.

Compramos solomillo porque hay lista de espera. Compramos décimos en doña Manolita porque creemos que la suerte nos llegará antes si hacemos dos horas de cola para pillarla. Algunos médicos y abogados te dan cita para una semana después, aunque tengan la sala de espera vacía. Es la manera de aumentar su prestigio: porque lo bueno siempre se espera.

«La 13», anuncia el guardia de seguridad del FNAC. Entro en la letrina. Hago pis con normalidad, sin discapacidad, reflexiono: el 13, buen número, es una premonición, salgo y me voy a la cola de doña Manolita, me harto de esperar, decido comprarle el décimo al indio apache, aunque me cueste cinco euros más, me ve sacar el dinero de la cartera con dificultad, se emociona: «Mire, no le voy a cobrar recargo si me deja pasarle los décimos por su hombro derecho». Concedo y ahorro.

El apache realiza la maniobra con aspavientos y ceremonia, como si convocara a Manitú. Cuando me voy, veo que varias personas de la cola se acercan al lotero para comprarle los décimos ungidos por mi energía positiva y discapacitada. ¡Bendito país!