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¡Bah, filósofos!

El 'vinagre malaleche' de Unamuno nos describió. :: HOY
El 'vinagre malaleche' de Unamuno nos describió. :: HOY
  • Ni la nueva política ni un tren rápido nos movilizan por descreídos

Este domingo, el periodista Sergio Lorenzo, en su sección 'Desde la moto de papel', publicaba en HOY un artículo titulado 'La mala hora en que vino a Extremadura el vinagre de Unamuno'. En él, con fina ironía, nos divertía Sergio comentando la visión tan negativa de Extremadura que tenía el escritor, filósofo, catedrático y rector de la Universidad de Salamanca tras visitar Extremadura en 1908 y 1909. Además de destacar nuestra pasión por el juego y de describirnos, con exageración y sin finura perceptiva ni rigor, como seres apáticos, irritables, inconstantes y faltos de sutileza intelectual, Unamuno se detiene en un aspecto que me parece más interesante: nuestra naturaleza materialista exenta de cualquier idealismo.

Justamente cien años después del primer viaje unamuniano, otro filósofo y escritor, también catedrático de Filosofía y Estética y rector, pero de la Escuela de Arte y Diseño de Karlsruhe, nos visitó y plasmó sus impresiones en el libro 'El reino de la fortuna' (2012). Este filósofo no es otro que Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947), uno de los pensadores más respetados y seguidos por las universidades y los círculos intelectuales.

En lo accesorio, Unamuno y Sloterdijk coinciden en detalles anecdóticos como su fijación por las cigüeñas de las torres de Cáceres o por el mundo del cerdo, ya sea para hablar de los porqueros, en el caso de Unamuno, ya sea, en Sloterdijk, para soñar con un cielo de jamones o con una concentración de cochinos dirigiéndose en marcha de protesta hacia el Valle de los Caídos.

Más interesante parece que el 'malaleche' de Unamuno, como lo califica Sergio Lorenzo, y el filósofo alemán coincidan, con cien años de diferencia, en describirnos como un pueblo muy apegado a la tierra, muy sensato y muy materialista, gentes nada idealistas. Sloterdijk matiza esa sensatez y ese apego a la tierra al encontrar en nosotros una profunda relación entre inmanencia y trascendencia, entre el desarraigo de la tierra y nuestro apoyo en ella. Es decir, no creemos que la tierra nos vaya a salvar, pero nos aferramos a ella: los extremeños y la tierra estamos condenados a entendernos. Renegamos de la tierra, pero la necesitamos y solo ella nos salvará.

Unamuno se preguntaba, tras su viaje extremeño, si alguna vez llegaría a los espléndidos campos de Extremadura la civilización que alboreaba en España. Sloterdijk escuchará en Extremadura, un siglo después, los ecos de una precariedad secular y el desasosiego de una conciencia que cree necesario un cambio de vida. La civilización que deseaba Unamuno ha llegado a Extremadura, pero seguimos estando en precario y tenemos tantas ganas de cambiar de vida y de estructuras, que nos puede la ansiedad.

Más allá de la crítica vinagre o 'malaleche', ambos filósofos coinciden en ver una Extremadura muy sensata, pero sin capacidad de idealismos. En esta cualidad, estaría la base de nuestro escepticismo ante la idealidad de los nacionalismos, pero también nuestra incapacidad para sumarnos a ningún proyecto ilusionante. Aquí, la llamada 'nueva política' prende con más dificultad que en el resto de España, pero no porque estemos atrasados sino por descreídos. Y cuando nos convocan a manifestarnos por un tren moderno, nos cuesta movernos porque nos paraliza el escepticismo.

La no idealidad es el no creer en nada. No hay promesa que nos convenza y solo nos manifestamos si hay en juego una subvención inmediata o un temor tangible, nunca por abstracciones ni proyectos de futuro. Esto explica, por ejemplo, la protesta de los ganaderos esta semana en Herrera del Duque: se manifestaban contra la idealidad (La Siberia como Reserva de la Biosfera) y movidos por lo material (seguro que prohíben mover el ganado y nos traen el lobo). Unamuno era un poco vinagre, pero tanto él como Sloterdijk tienen parte de razón. ¿Mas quién va a hacer caso a unos intelectuales idealistas en la era Trump? ¡Bah, filósofos!