Hoy

«No entiendo nada, soy rusa»

Un ciudadano es abordado en la calle para proponerle una afiliación. :: hoy
Un ciudadano es abordado en la calle para proponerle una afiliación. :: hoy
  • Cómo zafarse eficazmente de vendedores telefónicos y callejeros

En cierta ocasión, hará de esto un par de años, paseando mi mujer y yo por la Baixa lisboeta, nos abordaron por sorpresa unos muchachos con cierto aire siniestro y nos ofrecieron cocaína. Hablaban en castellano y yo me puse un poco nervioso porque era tarde y no había casi nadie por la calle. Los chicos hablaban en castellano para que los entendiéramos mejor. Mi mujer, sin perder la flema, me miró y se dio cuenta de mi desasosiego, más histérico que 'pessoano', miró a los muchachos con ojo irónico y, esbozando una sonrisa, más propia de una mafiosa eslava que de un ama de casa cacereña, les dijo en perfecto castellano con acento extremeño y con una sorna que a mí me pareció temeraria: «No os entiendo nada, hijos, yo soy rusa».

Me quedé de piedra, puse mis músculos en tensión por si había que echar a correr y me preparé para lo peor. Pero no, nada de lo que temía sucedió. Los camellos pusieron una cara muy rara, medio de susto, medio de extrañeza, y se marcharon andando deprisa. Yo alucinaba, pero mi mujer, manteniendo su impasible apostura de mafiosa eslava, me agarró del brazo y me condujo hasta el café más cercano al tiempo que me proponía con ironía: «Anda, cobardica, vamos a tomar un vodka a algún bar, que me ha gustado eso de convertirme en rusa».

Desde esa noche, la excusa rusa se ha convertido en un truco muy eficaz para salir del paso ante cualquier asalto callejero: unos señores que quieren poner una banderita en la pechera, unas señoras que hacen una cuestación para salvar las almas de los chinitos, unas chicas dicharacheras que te quieren afiliar a no sé qué, vendedores de. testigos de. repartidores de. A todos despacha mi mujer con su «no entiendo nada, soy rusa», que dicho en ruso no serviría para nada, pero que pronunciado en perfecto castellano, dicho con extrema seriedad y deletreado con lentitud suma, funciona maravillosamente; los 'asaltantes' ponen cara de susto y se apartan como si mi mujer, además de ser rusa, los estuviera apuntando con un fusil AK-47 diseñado por el verdadero ruso Mijail Kalashnikov.

El lunes 31 de octubre, antesala de Difuntos, el Lidl sacó una oferta de flores estupenda. Por cinco euros te llevabas dos ramos y mi mujer necesitaba ocho para ir con mi suegra al cementerio de Aldea del Cano y arreglar las, por desgracia, numerosas tumbas familiares. Allí estaba ella 15 minutos antes de que abrieran dispuesta a coger los ocho ramos, pero la cola era tremenda y, nada más abrir, una multitud accedió al supermercado y empezó a coger unos ramos muy aparentes a un precio incontestable. Mi mujer, en vista de que se quedaba sin los ocho ramos, en vez de entrar y verse aprisionada por la masa, los cogió desde fuera de la barandilla con toda comodidad. Inmediatamente, un señor se enfadó y le riñó. Ella respondió como ya se han imaginado: «No entiendo nada, soy rusa». Y al instante, admiradas por la inteligencia eslava para escapar de la multitud, decenas de señoras la imitaron lideradas por una que gritó: «Yo, como la rusa, que es la más lista».

La vida moderna se ha convertido en un calvario de llamadas, 'asaltos' callejeros y propuestas para que compremos, nos afiliemos o nos abonemos y o espabilas o te arruinas porque los vendedores son listos y te embaucan. Cada uno se zafa de ellos como puede. Yo suelto siempre un enérgico: «No realizo transacciones telefónicas ni callejeras» y cuelgo o sigo mi camino, pero me da tiempo a escuchar un clásico: «Usted, lo que es, es un gili.». Pero ya he aprendido la lección y desde que les suelto lo de: «No entiendo nada, soy ruso», se callan, no insisten y me respetan.