Hoy

Reinventarse para ganar libertad

Raquel abrió Costurica, su propia tienda, y ahora imparte talleres en Plasencia. :: Andy Solé
Raquel abrió Costurica, su propia tienda, y ahora imparte talleres en Plasencia. :: Andy Solé
  • Raquel Blázquez Carpallo, aparejadora reconvertida en costurera

Dar carpetazo a una ocupación profesional para reinventarte y dedicarte a algo por lo que sientes pasión es un premio solo reservado a quienes le echan valor a la vida. En el caso de Raquel Blázquez Carpallo (Cáceres, 1967) el contexto económico primero y la necesidad después le ayudaron a dar el paso de abandonar el sector de la construcción para dedicarse a coser, lo que más le gusta.

Ella estudió Arquitectura Técnica en Cáceres y en Tenerife después. Se matriculó en esta carrera, dice, «porque me motivaba el diseño y ser creativa, pero luego me desengañé». Esta madre de dos hijos (18 y 10 años en la actualidad) ha vivido una temporada en Canarias y ejerció de aparejadora hasta el año 2003. Al volver a Plasencia, ciudad donde creció, fue contratada por el Ayuntamiento para impartir cursos de garantía social relacionados con la albañilería y la fontanería a gente sin recursos.

También se presentó a oposiciones de Secundaria y acabó dando clase en institutos de Badajoz o Don Benito. Pero entre la crisis de la construcción y los recortes en Educación sus oportunidades laborales decayeron y tuvo que reinventarse como profesional. Por eso creó Costurica

«A mí me gustaba coser e inventarme mis propios diseños. Cosía desde los 9 años con mi madre por placer, aunque luego lo dejé. El caso es que lo retomé para buscarme la vida un 14 de septiembre de 2013, que fue cuando abrí mi tienda en Plasencia. La tuve que cerrar en junio de este año porque me comían a impuestos y me iba mejor con los talleres que impartía que con la venta, así que sigo cosiendo, me dedico a la costura creativa, enseño y vendo. Prefiero quedarme como estoy. Gano menos dinero, es cierto, pero soy más feliz, más libre y me organizo mejor aunque mi posición económica sea más inestable. Pero si no es por la crisis, que me sacó de la construcción, quizás ahora sería más infeliz».

Entre otros detalles, Raquel notaba que cuando visitaba las obras no era tratada igual por el hecho de ser mujer. De hecho le sorprendió que un día superior la mandara a hacer fotocopias cuando ese no era su cometido. «Tenía la sensación de que tenía que demostrar más que los hombres», reflexiona ahora. Por otro lado, se percató de que los sueldos de ellas eran menores que los de ellos.

«Pese a todo, el paso que yo di no fue por una cuestión de género, sino por necesidad. Después de dedicarme a la docencia yo me veía con un subsidio de poco más de cuatrocientos euros para los siguientes seis meses, así que me tiré a la piscina. No me quedaba otra. Esto es una cuestión de manera de ser. El caso es que me metí en la costura sin dinero y ahora llego a fin de mes. De eso hace ya tres años», cuenta esta placentina que en la actualidad es autónoma e imparte talleres en su propia casa a través de Costurica, la empresa creada por ella y cuyos productos -pulseras, bolsos, monederos o cualquier complemento con diseño personal- están en tiendas de Las Palmas, Madrid, además de en venderlos a través de su página de Internet que dinamiza desde redes sociales como Facebook.

«Coser no es de mujeres»

Reconoce que de cada cien personas que pasan por su taller para aprender costura hay un hombre, si bien en las clases infantiles sí hay algún niño más. Ella opina que coser no es un oficio femenino. «Coser no es de mujeres, aunque aquí culturalmente sí se vea así. Cuando he trabajado dando cursos a hombres que llegaban desde África a España en cayucos en sus países los costureros son los hombres», dice. Además, asegura que al único hombre que le dio clase de costura le gustó mucho y era muy bueno, aunque solo pudiera quedarse un mes.

En su opinión, coser relaja porque evade la mente, y sus alumnos confiesan que el tiempo en clase delante de la máquina les sienta muy bien y pasa muy rápido, por lo que siempre se quedan con ganas de más, asegura esta extremeña.

Además, se trata de una actividad llena de retos, tratando de encajar unas piezas con otras a partir de un diseño previo. En cualquier caso, subraya que no es una actividad complicada y que el primer día sus alumnos son capaces de llevarse a casa una pieza hecha por ellos.

Lo que sí reconoce es que su producción entra en competencia directa con la industria textil cuyo origen está en China y lo invade todo. Por esa razón, en Costurica Raquel Blázquez ha apostado por trabajar con telas más coloridas y, recientemente, está interesada en usar tejidos orgánicos más sostenibles, aunque ha observado que a la gente le cuesta pagar algo más de dinero por un producto de mayor calidad.

En cualquier caso, su nueva vida con una máquina de coser como herramienta asegura que la ha sacado de una rutina laboral que no la motivaba.