Hoy

La noticia o la vida

NINGUNA noticia vale tanto como tu vida, ninguna foto vale tanto como tu regreso, se les aconseja a los corresponsales novatos en las redacciones de los periódicos cuando son enviados a su primera misión. Pero su vocación y su coraje a menudo los llevan a forzar los límites de esa norma. Y aunque no sabemos bien cómo lo hacen, en cuanto estalla un conflicto, o se alza un tsunami, o se produce un terremoto, en cuanto abrimos las pantallas, ya están allí los corresponsales, en el polo o en las antípodas, en el ojo del huracán, bajo la lluvia o el humo, en torno a un asedio, entre los escombros y a veces junto a los cadáveres, transmitiendo con el micrófono y la cámara.

Políglotas, con una salud de hierro, valientes y serenos, han dejado a medias el café y a alguien con la palabra en la boca para salir corriendo hacia donde surge la noticia. En la época del contacto electrónico y virtual, ellos representan el contacto físico y real, ellos nos muestran en movimiento el mundo verdadero, y sin ellos no seríamos capaces de seguir el veloz ritmo de transformaciones con que todo cambia. Ellos nutren de materia prima a los tertulianos y a quienes escribimos desde la cómoda seguridad de nuestras casas. Ellos cuentan lo que no se dice en las ruedas de prensa ni en los comunicados oficiales: el olor de las calles, los rumores, los ambientes, con ese instinto para seleccionar lo importante de lo que están viendo, porque tal vez no volverán a verlo en las mismas circunstancias. Sin ellos no estaríamos seguros de nada, porque la actual capacidad de las tecnologías puede crear engañosas realidades virtuales con tanta perfección que no sabríamos distinguirlas de las verdaderas. Ellos nos muestran la realidad en directo y sin manipulación, sin acatar los intentos de algunos poderes de recopilar datos y luego cocinarlos ideológicamente para darnos su particular versión de los hechos.

Desde hace un par de siglos no ha habido guerra que no tuviera también su ejército de corresponsales, periodistas y fotógrafos en primera fila que han contribuido a desterrar la costumbre de los pintores de ofrecer de las guerras el lado heroico o la perspectiva de reyes y generales. Escribiendo desde las trincheras, fotografiando desde el suelo, nos han desvelado el lado horrible, las heridas de la metralla en los soldados rasos, los efectos del napalm sobre una niña desnuda que huye corriendo por una carretera, las víctimas de un bombardeo.

Y aunque los reporteros de guerra son los que más llaman la atención, hay otros corresponsales para épocas de paz que nos ilustraron también sobre lo que había más allá de nuestras fronteras y nos hicieron más tolerantes al revelarnos que, a pesar de hablar otras lenguas y tener otras costumbres y culturas, el ser humano es esencialmente igual en todos los lugares y, por tanto, todos tenemos los mismos derechos. Ellos nos abrieron las puertas del mundo, en un tiempo en que la territorialidad era la única forma de organización y cohesión social y nos descubrieron otros estilos de vida y otras maneras de mirar al otro.

Así, seguíamos con interés a Manu Leguineche o a Miguel de Quadra Salcedo. Y ahora vemos a Almudena Ariza en medio de un huracán, mientras el viento prácticamente se la lleva en volandas. O a Mayte Carrasco, o a Ángela Rodicio, o a Ramón Lobo, o a Enric González agachándose cuando en medio de una transmisión comenzaban a sonar los disparos y a silbar las balas por encima de su cabeza, o danto testimonio en los campos de refugiados famélicos en algún lugar de África. Y admiramos las crónicas de Mikel Ayestarán o de Jorge Melgarejo desde Afganistán o Irak, entre las tribus de talibanes o no, mientras nos preguntamos cómo contienen el miedo.

Homenaje especial merecen quienes dieron la vida mientras ejercían ese oficio en el que su implicación personal los acercó demasiado a situaciones de riesgo. Nunca se borrarán de mis pupilas las imágenes de Jon Sistiaga llevando al hospital –en una manta, a falta de camilla– a José Couso, que se desangra en directo por la herida provocada por un obús de un tanque estadounidense en Bagdad, que él mismo grabó. Como él, también murió en Bagdad Julio Anguita Parrado por la explosión de un misil iraquí mientras trabajaba como reportero.

El último episodio de la peligrosidad de este oficio y del arrojo de sus oficiantes se ha producido cuando Ángel Sastre, Antonio Pampliega y José Manuel López fueron secuestrados durante diez meses en Siria por una facción de Al Qaeda. Las gestiones para su liberación fueron largas y tortuosas y, mientras tanto, es fácil imaginar su inquietud y al mismo tiempo su esperanza cada vez que los cambiaban de casa, siempre en las cercanías de Alepo.

Ángel Sastre ha trabajado por medio mundo como periodista ‘freelance’, a menudo denunciando la violación de los derechos humanos. Es uno de los premiados como Extremeños de HOY y el jueves día 10 de noviembre tendré la suerte de saludarlo y, acaso, de charlar con él de cautiverios y de libertad de expresión.