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¿Cuál es el ecosistema más valioso de Extremadura?

HACE unos días tuve ocasión de comentar con una empresaria innovadora el artículo «Extremadura, sin medalla en los Juegos (de la innovación)» publicado en el Diario HOY de Extremadura el pasado 13 de septiembre. Una de las ideas que me transmitió me ha dado pie a escribir este artículo, que querría fuese un modesto homenaje a personas como ella, 'rara avis' en nuestra región.

Permítame el lector este pequeño juego, pidiéndole que identifique el ecosistema que, según su opinión, tiene mayor 'valor' para Extremadura, entendido éste como grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.

¿Ya lo la hecho? Muy probablemente su respuesta esté entre las siguientes: el bosque mediterráneo continental (representado en el Parque Nacional de Monfragüe), las dehesas extremeñas de encinas y alcornoques, o los embalses que configuran la costa interior más extensa de nuestro país.

Lamento decirle que no ha acertado. La respuesta correcta es, el todavía frágil «ecosistema de la innovación» de Extremadura. Permítame explicarlo.

El ecosistema, como concepto biológico, es una unidad integrada por organismos vivos y el medio en que estos se desarrollan, así como por las interacciones de los organismos entre sí y con el medio, en un tiempo y lugar determinado, en las que son determinantes los flujos de energía y materia.

Una manera de expresar el valor de un ecosistema consiste en identificar y evaluar los servicios (ecosistémicos) que presta a la sociedad y su entorno, y que en el caso de la dehesa, de unos se conoce su valor económico (alimentos derivados del cerdo ibérico, el corcho, el turismo, la observación de aves), y de otros convendría saberlo (ciclo del agua, polinización).

La biodiversidad, entendida como variedad de ecosistemas, especies y genes que nos rodea, constituye la base en la que se fundamentan los servicios que nos proporcionan los ecosistemas. Su pérdida y deterioro ponen en peligro esos servicios: desaparecen especies y hábitats, la riqueza y el empleo que obtenemos de la naturaleza, y peligra nuestro bienestar. Así, la pérdida de la biodiversidad se convierte en la mayor amenaza medioambiental, junto con el cambio climático, estando ambos vinculados. Prueba de la importancia estratégica de calcular el valor de la biodiversidad y de los ecosistemas es el proyecto internacional «Economía de los ecosistemas y biodiversidad» (TEEB), donde se recomienda que el valor económico de la biodiversidad se tenga en cuenta en la toma de decisiones y aparezca reflejado en los sistemas de contabilidad e información.

Análogamente, un ecosistema de innovación está conformado por un conjunto de agentes -ofertantes, demandantes o facilitadores de innovación-, y por las relaciones que se generan entre estos: los organismos responsables de las políticas públicas, la universidad y centros de investigación, la empresa, y los centros de transferencia de conocimiento.

El valor de un ecosistema de la innovación viene expresado por una serie de indicadores que permiten evaluar el comportamiento innovador del mismo. Como le dije a la empresaria, el ecosistema de la innovación de Extremadura, y en menor medida el de España, da muestras de fragilidad, sobre todo en aquellos indicadores que tienen que ver con las pymes. Y por el contrario, disponer de ecosistemas de la innovación maduros, como en el caso de Suecia, Dinamarca, Finlandia, Alemania y Holanda, tiene sus consecuencias: tasas de desempleo inferior al 10% (21% España y 27% Extremadura), y PIB per cápita por encima del 120% de la media UE (92% España y 67% Extremadura).

¿Dónde podrían estar las claves para que el ecosistema de la innovación de Extremadura evolucione, madure, hasta alcanzar su condición clímax, de mayor complejidad, en la que se produce el mayor aprovechamiento de sus recursos?

Me atrevo a compartir con el lector una hipótesis.

En primer lugar, si en el contexto biológico la pérdida y deterioro de la biodiversidad ponen en peligro los servicios ecosistémicos, en el contexto de la innovación este papel clave lo desempeña la debilidad de algunos de los agentes del ecosistema de la innovación. Y en el caso de Extremadura, es muy evidente que estos son las empresas. Tanto aquellas que demandan innovación, que sufren las consecuencias de su pequeño tamaño (microempresas, con menos de 10 trabajadores), escasa cultura innovadora, reticencias a 'comprar' conocimiento, miedo a innovar en colaboración, como las que ofrecen innovación (empresas del sector servicios intensivos en conocimiento) que adolecen de plantillas muy reducidas (menos de 5 empleados), muy centradas en el mercado local y poco dadas a cooperar entre ellas.

Y en segundo lugar, a semejanza del ecosistema 'biológico', en el que los flujos de energía y materia son determinantes para lograr la interacción de los organismos entre sí y con el medio, en el ecosistema innovador este papel le corresponde al flujo del conocimiento. Como defendí ante la 'empresaria', en el caso de Extremadura, a tenor de los resultados obtenidos, no se han creado las condiciones necesarias para que se genere e intercambie con el grado suficiente de eficacia y eficiencia el conocimiento que en forma de capital humano, relacional o estructural, es imprescindible para que se produzca la innovación en cualquiera de sus manifestaciones: nuevos o mejorados productos, procesos, sistemas de organización o iniciativas de mercadotecnia.

Y para terminar, como quiera que la tarea de transformar el ecosistema de la innovación de Extremadura, pasando de su situación de fragilidad al de madurez, no es fácil, sugiero que, a modo de experiencia piloto, se comience interviniendo en dos ecosistemas: el de la innovación ligada a la biodiversidad, y el de la innovación ligada a los recursos biológicos, imprescindibles para la implementación en Extremadura de sendas estrategias de economía verde y bioeconomía, que configuren una auténtica estrategia de especialización inteligente para Extremadura.

Entonces sí, estaremos en condiciones de lograr que la joya de Monfragüe y las dehesas y embalses de Extremadura sean los ecosistemas más valiosos para los extremeños.