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«No son héroes, solo gente generosa»

Ángel Maya (74 años) y Serafín Suárez (52), curas de la diócesis de Mérida-Badajoz y misioneros. :: j. v. a.
Ángel Maya (74 años) y Serafín Suárez (52), curas de la diócesis de Mérida-Badajoz y misioneros. :: j. v. a.
  • Doscientos extremeños viven como misioneros repartidos por el mundo

«Recuerdo llevar mucho peso en las maletas, pero el corazón pequeñito por lo que dejaba». Isidro Izquierdo se refiere a un viaje que emprendió hace más de veinte años. Su punto de partida fue Plasencia, y su destino África. Entre Benín y Níger ha pasado la mayor parte de su vida este misionero placentino, que esta semana rememoraba aquel día uno de su nueva vida. Lo hacía en un texto publicado en la página de Facebook de la delegación placentina de Misiones, una tarea a la que están entregadas 73 personas de la diócesis de Mérida-Badajoz, 63 de la de Plasencia y 60 de la de Coria-Cáceres. La mayoría son religiosos pero también hay laicos, y unos y otros están repartidos por medio mundo, con Latinoamérica y África como destinos más repetidos. A esos 196 hay que añadir las que no están controlados por las Obras Misioneras Pontificias, por lo que probablemente la cifra final es más alta, como sugiere Gabriel Cruz, delegado de Misiones de la diócesis de Mérida-Badajoz.

Él viajó este verano a Perú, a ver qué tal les iba a varios sacerdotes de la diócesis que están allí. «Y lo que puedo decir bien claro, porque he visto cómo viven, lo que comen, dónde duermen -resume Cruz-, es que no se fueron allí para llevar una vida cómoda, sino para ayudar a los demás, y lo hacen cada día». Sin pretenderlo, esta visión global del trabajo de los misioneros la ratifica Serafín Suárez (52 años, natural de Ribera del Fresno), que pasado mañana cogerá un avión para volver a Zimbabue. «Si cuando me pregunta que qué tal se refiere a mí, le diré que muy contento, pero si se refiere a la situación del país, tendría que decirle que muy triste», condensa el sacerdote extremeño, que llegó al país africano en el año 1994.

Más de dos décadas viviendo a diario entre los más pobres le autorizan para explicar una realidad que se parece muy poco a la de quienes viven en el primer mundo. «El motivo principal de nuestra presencia allí es proclamar la palabra de Dios, que es lo que hace que la gente se sienta libre», proclama Serafín Suárez. «En África -continúa-, la gente vive con muchos miedos: la brujería, la hechicería o la muerte, por ejemplo. Son miedos que atenazan a mucha gente, que no les dejan vivir en libertad, y la palabra de Dios les ayuda a quitarse de encima esos miedos y ser libres».

Aparte de este más genérico, en su día a día en Zimbabue hay tres frentes principales a los que atender: la educación, la sanidad y la alimentación. «La gente tiene que andar mucho para llegar a una clínica para que les atiendan, porque no hay ambulancias, y algo parecido pasa con la educación, en el sentido de que los niños tienen que hacer trayectos largos para llegar a clase», cuenta el misionero pacense. En este panorama, dos de los principales objetivos son construir clínicas sanitarias y centros educativos. Y estas grandes metas las van cumpliendo. Él detalla que ya han levantado tres clínicas y dos institutos, uno de Primaria y otro de Secundaria. Logros gigantescos para una población sobrada de necesidades.

La zona en el que se mueve Suárez engloba a unas veinticinco mil personas repartidas en un área de unos sesenta kilómetros cuadrados. «Los problemas surgen cada día», advierte el sacerdote extremeño, que entre las primeras tareas a cumplir cuando llegue pasado mañana a Zimbabue tiene la de «comprar siete mil kilos de semillas de maíz para repartirlas». «Y tenemos que llevar comida a los chavalines, para que tomen vitaminas y proteínas», añade el misionero, que cada dos años vuelve a España para pasar un par de meses con la familia.

Así seguirá siendo mientras pueda, anticipa él, que de momento no se plantea volver a Extremadura. Sí lo ha hecho Ángel Maya (74 años), que regresó el año pasado. «El carné de identidad, ese es el motivo por el que he vuelto», bromea, en alusión a su edad. En su caso, la experiencia misionera se ha desarrollado en Perú, en la diócesis de Chachapoyas, en las parroquias de Leymebamba primero y Rodríguez de Mendoza después. En una primera etapa pasó seis años en Perú (de 1981 a 1987) y en una segunda, ocho (de 2003 a 2015).

«Ser mejor cristiano»

«Dios me llamó para las Misiones y yo escuché su llamada, no es más que eso», plantea el sacerdote, que hace balance y no tiene dudas: «Creo que mi sacerdocio misionero me ha permitido ser mejor cristiano», resume.

Durante la mayor parte de su tiempo en el país latinoamericano, Maya ejerció un papel de responsabilidad dentro de su comunidad. Atendía una parroquia de unas treinta mil personas, con pueblos tan distantes que para llegar a algunos de ellos necesitaba dos días de viaje. «A lo mejor cuando me jubile vuelvo allí, pero ya para ejercer mi sacerdocio sin mayores responsabilidades, solo para hacer allí algo que pueda ayudar a los demás», sugiere el cura, en una reflexión que señala con el dedo a aquella otra que hace Gabriel Cruz, el delegado de misiones de su diócesis. «Los misioneros -argumenta- no son héroes, solo gente comprometida y generosa».