Hoy

Hubo un tiempo

Una gestación que se precipita se convierte en un parto prematuro o en un aborto, porque el feto, como la manzana, necesita su tiempo para madurar. Nos evitaríamos muchos sufrimientos si supiéramos esperar, porque lo que no resolvemos nosotros lo resuelve el tiempo. A veces en poco tiempo. Su terapia balsámica cicatriza heridas, cae muros, abre puertas, oxida rencores, cincela querencias, cierra la espera y el desgarro, desmiente amores y fidelidades, desvanece los asombros y resuelve enigmas tan indescifrables como el código de Voynich. En el huevo está el ave, pero necesita la caricia del tiempo, que es el que obra la transformación y opera el milagro de la vida. Por mucho afán que pongamos, la semilla necesita tiempo para germinar, para hacerse árbol, para ofertar el fruto que, además, madurará a su tiempo. Doblega la espalda del gigante, cubre de musgo las fachadas de piedra, muerde el acero, quebranta rencores, nos abre caminos que ignorábamos y, caprichoso él, arrasa imperios y perpetúa hormigueros.

Algunos niegan su existencia porque creen que pasado, presente y futuro son acuerdos sobre fases lunares que se repiten desde un Big Bang intemporal. Mojones en un camino sin principio ni fin, meras pretensiones para acotar lo intangible, porque dicen que los días y las horas son convenios sobre una órbita fija que, girando, nos deja en el mismo lugar. Es como si cogiéramos un autobús que recorriera el espacio infinito y nos dejara finalmente al amparo de una marquesina de la que nunca nos movimos. Aun así, es bueno saber esperar, dándonos tiempo. Dominar el aguardo sentado en la orilla, es virtud esencial en los pescadores de caña, poder y de vida, ya que el pez no va a adelantar la mordida del cebo porque nosotros tengamos el pulso acelerado. Rajoy sabe de esto. «Como el tiempo no existe, lo hemos inventado», escribió Asimov en ‘La Fundación’.

El tiempo se tiene y no precipita ni adelanta acontecimientos. Es sabio, no hay tensión que ignore y para todo tiene su remedio, que suele ser la respuesta pausada de la difícil espera. ¿Cuánto necesitó la humilde piedra para hacerse piedra? ¿Cuánto empeñó la araña para saber escupir la urdimbre perfecta que teje con su hilo? El tiempo es contención, mesura y calma. Nos lleva, nos nace, nos crece y nos envejece, porque nosotros sí somos temporalidad limitada, como la roca que se hace arena hasta desaparecer, agredida mansamente por el lametazo paciente del agua. Él despoja de cáscaras los sentimientos y nos pone ante la realidad que nos cabalga para que aceptemos con resignación la arruga y la congoja que, como un Bernini, cincela con esmero. Todo a su tiempo. Si supiéramos esperar no tendríamos que buscarle acomodo a los asombros que tanto inquietaban a Jesús Delgado Valhondo.

Hubo un tiempo en el que creíamos tener todo el tiempo, pero finalmente cada pulsación de ese reloj que hemos inventado para medir lo inconmensurable, ha hecho que se nos escurra entre los dedos, escapándose como bolitas de mercurio. ¡Ay, el que perdimos, el que nunca tuvimos, el que se nos fue sin haber venido! Fue un tiempo al que no supimos ver y pasó a nuestro lado sin dejarse ver porque antes de volvernos ya se había ido. ¿Tendrán tiempo los que se empeñan en morder con la boca cerrada de una abstención? El cartero llama dos veces, pero el tiempo solo una. Y apenas roza la puerta.