Hoy

Garbayuela Valley

Plaza de la Constitución de Garbayuela, este sábado. :: E.R.
Plaza de la Constitución de Garbayuela, este sábado. :: E.R.
  • Preguntémonos qué es más molón, un tomate o un iPhone

No nos deprimamos más con lo del 'iZetta' famoso, un engaño más de espabilados, no nos frustremos por no poder tener un Silicon Valley en Extremadura. En California lo tienen, pero su mayor riqueza no es Apple ni Microsoft, sino los tomates. Allí, valoran tanto cultivar tomates y elaborar con ellos ketchup que investigar y crear en Silicon Valley. Apoyan tanto al agricultor tomatero como al productor de Hollywood. Y lo hacen porque les deja más dinero la solanácea que las starlettes y los smartphones. Creen que, como dicen los economistas, ganar dinero con el tomate es tan sexi como ganarlo con el iPad.

Aquí, no. A los extremeños, el campo nos parece poco cool, lo rural no nos mola y ahí está la raíz de nuestra pena. Las noticias sobre el licopeno extremeño nunca trascendieron los círculos especializados porque ni a nosotros mismos nos entusiasma producir algo tan beneficioso para el organismo, pero el 'iZetta' ha saltado a la fama por inesperado y porque formaba parte de nuestros anhelos sexis. ¡Ahí es nada, un Zafra-Río Bodión Valley!

Dice el musicólogo y violagambista Jordi Savall que la riqueza de un pueblo no depende de su patrimonio, sino de saber valorarlo. ¿Valoramos lo nuestro? No, nada de nada. Por eso nos deprimen estas chuminadas, pues no son otra cosa, de espabilados que ni retratan a una región ni debieran producir ninguna frustración. La felicidad consiste en conocer nuestros límites, aspirar a lo posible y disfrutar, apreciar y fomentar nuestros valores y nuestra riqueza, sin dejarnos llevar por las modas, que hoy apuestan por el i lo que sea: Zetta, Phone, Pad. Y mañana cualquiera sabe. Pero lo inamovible son otros valores, que perduran más allá de las modas y por eso mismo no nos provocan pasión ni impulso. Son tan aburridos, tan poco modernos.

El sábado pasado estaba a las cinco de la tarde en la plaza de la Constitución de Garbayuela. Hacía 24 grados, el viento estaba en calma y en un banco del parque de la plaza se sentaba un viejecito con su boina y su cachaba. De pronto, la paz de la plaza se vio interrumpida por un motocarro de esos antiguos que ya solo se ven en las concentraciones de vehículos de época. Cargaba una cómoda, un espejo y unas sillas. A la llamada del ruido, una señora se asomó tras una cortina, siguió el camino del motocarro y, cuando el cacharro desapareció por una bocacalle, se fijó en el forastero y ya no se retiró de su puerta, siempre semiescondida tras la cortina, curioseando, en una actitud muy cómica: yo la miraba, ella me miraba, a mí me daba la risa, ella permanecía muy seria, muy fija, muy intrigada.

Yo había quedado con el encargado de un bar, un joven muy moderno, a la última en moda en música, en ideas. Como no llegaba, pregunté por él al viajecito de la cachaba, que, al escucharme, pareció despertar de sus ensoñaciones y se puso en marcha, ofreciéndose a llevarme hasta el domicilio del joven moderno. Pero decliné su oferta. Prefería seguir allí, en la plaza, esperando en paz, sintiendo el silencio, paladeando la armonía, mirándome con la señora camuflada tras la cortina.

¿Qué es más guay, chachi, cool, sexi o molón, un tomate o un iPhone? ¿Valoramos más a una starlette de Hollywood o a una señora de un pueblo extremeño camuflada tras una cortina? ¿Es mejor estar en Silicon Valley o en la plaza de la Constitución de Garbayuela? A nuestra riqueza fundamental la llaman intangibles porque la armonía, el equilibrio y la calidad de vida no se pueden tocar. Por eso hay que hacer un esfuerzo para creer en nosotros y en Extremadura, porque nuestros valores no se ven, se sienten.