Hoy

Shakespeare dando el parte

Información meteorológica en televisión. :: hoy
Información meteorológica en televisión. :: hoy
  • El tiempo de la tele parece un anuncio de tragedias sin cuento

El miércoles, mi suegra entró en casa y nos avisó de que no saliéramos de viaje. Le preguntamos la razón y nos explicó que iba a llover despiadadamente. Repusimos que unos 10 litros por metro cuadrado a lo largo del día no nos parecía nada despiadado, pero ella no se amilanó y dejó caer un 'vosotros veréis' que la eximía de culpa, algo así como la mujer de César avisándolo antes del crimen: «Tú verás, Julio; si luego te matan, a mí no me vengas con pamplinas».

Si Shakespeare resucitara, sería hombre del tiempo. Es ahí, en los programas meteorológicos de televisión, donde se presentan las mejores tragedias y donde se hacen los pronósticos más funestos. No mana sangre de una estatua como en el 'Julio César' shakespeariano, pero sí se anuncia en cada mapa la destrucción, el dolor y la hecatombe en forma de rayos dibujados, aguaceros anunciados y calificativos tremendos.

Y mi suegra y sus amigas sufren y llaman a sus hijas espeluznadas: «No salgas de casa, hija, que se anuncian tormentas formidables. Lo ha dicho el hombre del tiempo». Y uno se imagina al fiel Marcelo avisando a Hamlet y a Horacio: «Algo huele a podrido en Dinamarca». Así que no salgáis de casa por lo que pudiera caer.

El parte meteorológico se ha convertido en el programa más visto de la tele. Ni mis padres ni mi suegra se lo pierden nunca. Reconozco que son microprogramas muy bien hechos y, sobre todo, cuentan lo que de verdad te va a pasar, es decir, el tiempo, con mucha profesionalidad y detalle, además de envolverlo en amenidad y pedagogía. Lo malo es que, como todo en televisión, algunos acaban escorando la información hacia el espectáculo y la opinión.

El pronóstico de un aguacero sigue a las imágenes de una catástrofe en Rawalpindi y el anuncio de rachas de viento suave en Extremadura precede a la imagen de un tornado en los Monegros. Y claro, tu madre acaba llamándote y rogándote extrema precaución en tu viaje a Garbayuela. «Pero mamá, que yo voy a La Siberia». Y ella, impertérrita: «Bueno, La Siberia, Los Monegros, qué más dará, el hombre del tiempo ha dicho que va a hacer un tiempo desapacible y que se anuncian vientos feroces así que vosotros veréis. Yo ya os he avisado».

Visto así, no deja de ser gracioso y hasta tierno tanto interés maternal. Lo grave es que tú te marchas a La Siberia y ella se queda en casa muy nerviosa, con una preocupación lacerante que no la deja descansar y la tiene todo el día pegada al 'tiempo de la tele', donde aparecen olas gigantescas en Galicia, rayos asesinos en el Ampurdán y pronósticos crueles e implacables que nos recuerdan a las brujas de Macbeth vaticinando su sangriento destino.

Y qué decir de los nietos erasmus o emigrantes. Se anuncia un huracán en Florida y la abuela empieza a rezar el rosario para proteger a su nieta que vive en California, al otro lado del país, que es como si se anuncian heladas en Laponia y sales a la calle con un gorro de piel en Zalamea. Nada como el tiempo televisivo para conmover, emocionar y atrapar al espectador.

Se trata, en fin, de una cara más de los nuevos formatos televisivos, más opinativos que informativos. Las sociedades más educadas son las que leen más periódicos y demandan más información; las menos educadas quieren opinión y son, por tanto, más manipulables emocionalmente. Con una buena educación, también meteorológica, nos bastaría con un mapa de isobaras, anticiclones, borrascas y presiones. La mala educación produce espectadores esperando que les digan cómo tienen que pensar, ávidos de espectáculo, no de información. Y para que no cambien de cadena, en vez de a Mariano Medina y sus altas presiones, les damos a modernos y guapos Shakespeare dramatizando trágicos chaparrones, vientos inhumanos y un aparato eléctrico bestial e implacable.

-César, hijo.

-Dime, mamá.

-Guárdate de las tormentas de octubre, lo han dicho en la tele.