Hoy

Mariano Encomienda, patrimonio de todos

Aquella noche me hirió la cabeza con el portón trasero de mi coche. Era septiembre de 1976 y llovía en la estación madrileña de Delicias. Me contrataba como director de 'Cultural Santa Ana'. Tras el golpe involuntario me preguntó si me encontraba mal. No se preocupe, dije, estamos haciendo bueno el viejo adagio escolar de «La letra con sangre entra». Lo conté con detalle en su homenaje que se me encargó el 26 de noviembre de 1996. Por su confianza transformé la Escuela Normal de Maestros en Escuela Universitaria y creé la nueva de Trabajo Social. Al no estar tan dotado para la administración de la tesorería como para la imaginación cultural, tuvimos que parchear algunos desajustes -bien lo supo el gerente Juan Antonio García Bote-; bien frenando amenazas de la seguridad social como parando las protestas de alta tensión en la entonces magistratura de trabajo y las algaradas que llegaban hasta su casa familiar en la calle Palacios. Inmensidad de recuerdos se acumulan en mi memoria y legajos: cartas manuscritas, informes. En 2006 publiqué 'La dimensión humanística de El Marqués de la Encomienda'; en el prólogo su primogénita escribe: «Déjenme que vuelva a la palabra como modus vivendi del homenajeado, en el recuerdo de la brillante ratio de disciplina dicendi de Feliciano Correa. aún sin haber entregado Encomienda en papel impreso su mucha doctrina y sabiduría». En efecto, aunque tacaño con la imprenta, abrió la primera Libretilla Jerezana, por mí fundada en 1992, y ya con miles de páginas en los diversos números; donde decía: «Son páginas bellísimas, galdosianas, entrañables, bien escritas, que hacen realidad de nuevo la certera afirmación de Unamuno de que en lo local está la esencia de lo universal». Me honraba así el gran bibliófilo, el monárquico que a un tiempo creía en un socialismo de hombres libres.

Gocé siempre de su aprecio. La tarde que acudió a la boda de mi hija Sonia en Jerez (26.VII.1997) cuajamos un diálogo de confidencias sin fronteras. Como hacíamos siempre tras las clases, cuando hilábamos conversaciones balsámicas para el espíritu. Algo referí en HOY en 'Aquellas tardes del Sheila' (15,VI. 2010), 'Los ferrocarriles en la universidad' (13.X.1984); 'Encomienda' (22.V.1998); 'Pareja de ases' (22.V.1999) 'Aulas vacías' (7.VII.2001); 'Cultural Santa Ana' (20.V.2005). O 'Por sus propios Méritos (ABC 16.V.1999) El marqués de las letras' (ABC 26.IV 2009); 'Mariano Fernández Daza, samaritano de libros' (Qazris nº.22 2004). Francisco Pedraja me invitó a hablar de él en la universidad de Extremadura, lo titulé 'Mi correspondencia privada con Encomienda' (3.XI.2009), con todo ello intentaba difundir mi interpretación de tan excepcional extremeño.

Asistí en 2005, por encargo de la Real Academia a la comisión de la propuesta para la Medalla de Extremadura. Ahí relaté sin timidez alguna quién era Encomienda. Vi caras sorprendidas y gentes que tornaban sus prejuicios iniciales en semblantes de complacencia y adhesión. La propuesta fue favorable y unánime.

Pasaron otras muchas cosas que aquí no caben y el día 17 de agosto de 2007 volví al hospital de Mérida donde convalecía. Allí estaba su hermano Francisco (+ 2013), quien tantas veces demandó mi parecer sobre cuestiones familiares y de patrimonio. Pensé ¡todo está consumado! Le tomé de su mano, luego coloqué la mía sobre su cabeza repleta de cabellos blancos y le di un beso en la frente. Supe que ya no lo vería más. En mi casa de Jerez, ese nido geográfico de mis hondas querencias, sonó el teléfono cuando el día 19 todavía no había estrenado la luz del sol, y escuché. «Eres la primera persona a la que llamo, ya ha sucedido». Era la voz de la futura marquesa. Relaté el trance en Ars et Sapientia (diciembre 2007) y lo titulé 'Mariano Encomienda, su vida y su despedida'.

Hace unos meses el señor secretario de la Real S. Económica me anunció este homenaje del 18 de octubre y que me llamaría para participar. La nueva aristócrata ha escogido a otros nombres, todos tan respetables como competentes. Tampoco se me citó a la 'Silva de estudios' (2009) que se publicó en honor del marqués, ni me pidieron la firma para la solicitud de la Medalla de Extremadura a 'Cultural Santa Ana' o para dedicarle una calle. Mariano ya no está y él era el amigo, del que supe sus más placenteras esperanzas y sus más recónditos pesares a lo largo de más de tres décadas. Un personaje difícilmente catalogable que estuvo metido en lo suyo para poder darlo a los demás. Tal vez pudo hacerlo mejor en la administración de los bienes materiales, pero en la entrega a la cultura como medio de servicio público, pocos como él. Mi ausencia en la tribuna la suplo con este homenaje al amparo de HOY, mi diario de referencia, con él me sumo al mérito que en justicia recibe. A estas alturas naturalmente no lo hago por fatuidad alguna sino por fidelidad póstuma.

Hay ocasiones en que se olvida aquella máxima del discurrir aristotélico tomista que algunos juristas, como el magistrado José Luis Requero, han llamado «filosofía del sentido común», señalando lo importante que es distinguir y separar, para no caminar carentes de rigor. Distinguir, saber diferenciar unas cosas de otras es tan sano como saludable en la vida. El pueblo lo refiere con refranes que pueden parecer burdos, y hasta procaces, pero contundentemente expresivos al referirse a churras, merinas, culos o témporas.

Para cooperar a enaltecer su figura y apartarla de cualquier confusión, escribo hoy sobre el amigo, sobre el hombre de libros y pensares. Por fortuna Encomienda es ya patrimonio de todos, nadie podrá secuestrarlo. Su poliédrica personalidad dará materia para ese estudio que está por hacer. Tomarlo como bien privado, sería una perversión banal que solo asoma cuando los corazones de la supuesta admiración se perturban y no laten sincronizados con la verdad que más importa.