Hoy

Aquí no hay entretiempo

Las zapaterías exponen, por fin, calzado de invierno. :: armando méndez
Las zapaterías exponen, por fin, calzado de invierno. :: armando méndez
  • Tenemos cuatro estaciones: verano, invierno, de tren y de autobús

Hay un chiste en Facebook, que yo acabo de descubrir, pero que igual es muy viejo, que asegura que en Cáceres hay cuatro estaciones: verano, invierno, de trenes y te autobuses. Ahora, estaríamos en verano, que aquí y en toda Extremadura dura hasta noviembre, cuando entra, de pronto y sin avisar, el invierno. Luego, en mayo, vuelve el verano y así nos dividimos el año: seis meses de calor y otros seis de frío. Entretiempo, cero. Esto se nota, por ejemplo, en las zapaterías, que aún ofrecían rebajas de verano la semana pasada, para empezar a cambiar sus escaparates este lunes, avanzado ya el mes, cuando se barrunta el invierno, aunque solo sea por cómo se acortan los días y el gore-tex y las botas recias se adueñan de los expositores.

A partir de esta constatación, vieja como el mundo, mi suegra y mi mujer aseguran que esto es el cambio climático, que ya está aquí. Yo también creo que el cambio climático se acerca, pero caramba, no de un año para otro, sino despacito, inexorable, sí, pero lento. Lo de las dos estaciones extremeñas es cosa vieja y sabida: unos años, se manifiestan de manera drástica y otros años, nos regalan una dulce transición, pero la ropa llamada de entretiempo aquí no tiene sentido. O camiseta o anorak.

Los sabios, o sea, los mayores, explican estas locuras del clima con refranes. Estos días, paso algunos ratos en el hospital acompañando a mi padre, que convalece de una avería menor. En la cama de al lado, un señor sabio de los Ibores, de Robledollano en concreto, me explicaba la locura climática de este año con un refrán de su zona: «El año bisiesto, ni uva, ni huerto, ni pan en el cesto».

En los hospitales se aprenden muchas cosas y se conoce muy bien la región. Mi padre tiene como compañeros a un señor de Campanario, con el que hablo de los buenos vinos de pitarra de su pueblo, y a este caballero de Robledollano, cuyo yerno nos confesó el otro día que veía poco la tele porque era panadero y se levantaba todos los días a las cuatro. Su panadería se llama Obregón y está en Castañar de Ibor. La otra tarde, nos trajo un pan formidable por su tamaño y su sabor, pan cuadrado lo llaman allí y eso era, un gran cuadrado de corteza crujiente y miga suave y deliciosa. De postre, nos regaló una bolsa de perrunillas y la habitación del hospital, en fin, parece más una fiesta que una convalecencia.

Entre pedazo de pan y rica perrunilla, doy un paseo con mi padre por los pasillos del centro médico y vamos encontrándonos con otros enfermos, que ya son casi amigos íntimos (la enfermedad une mucho) y hablamos de unos y de otros pueblos. Ayer, coincidimos con un señor oriundo de Torre de Santa María y estuvimos charlando sobre esos pueblos, «las torres», que se suceden cada pocos kilómetros en el primer tramo de la carretera de Cáceres a Miajadas, lo que por aquí se conoce como carretera de Medellín.

Según me contaba una profesora de Renovables (ahora, los profes de Secundaria imparten materias sorprendentes y fascinantes), en esa comarca, se dice que los padres de Torreorgaz prefirieron ahorrar dinero para dejárselo en herencia a sus hijos y por eso en este pueblo hay mucho emprendedor. Los padres de Torremocha prefirieron mandarlos a estudiar y por eso en ese pueblo hay tanto licenciado. Y los padres de Torrequemada apostaron por la emigración. Tras contarme estas creencias populares, la profesora reconoció que, seguramente, eran tópicos sin sentido, pero un buen motivo para entretenerse. Que de eso se trata, en el hospital y en la calle, en la estación veraniega y en la invernal, en la estación de trenes y en la de autobuses. Entretenerse sin entretiempo.