Hoy

La memoria larga del odio

Me cuenta un amigo, ex alcalde de UCD en uno de nuestros pueblos, que hace casi cuarenta años  un político de la oposición fue a dar un mitin… Por resumir, el mitinero, altísimo personaje después, dijo algo que molestó en el pueblo y casi acabó en el pilón, teniendo que salir por piernas porque el mocerío quería raparlo. El personaje creyó en una conspiración de la alcaldía y anotó en su memoria el nombre del alcalde. Cuarenta años después coincidieron en una cafetería de Mérida y un amigo común los presentó. Al oír su nombre, el ilustre personaje le dio la mano con desgana y se apartó con evidente malestar. El ex alcalde, extrañado, al pagar la consumición, pidió que cobraran también la del ofendido, pero éste no había olvidado la afrenta y el camarero trasmitió su respuesta: «Perdone, pero me dice el señor… que a usted no le acepta ni un café». ¡Pobre hombre, cuarenta años sin olvidar un baño pilonero!

El odio en política traspasa el tiempo, como una flecha encendida la tela de seda y hasta el porquero de Agamenón tiene lápiz y papel para apuntar agravios y devolverlos. Es verdad que la política hace extraños compañeros de cama, pero también que algunos tienen una notable memoria para odiar y no hay ofensa pequeña que puedan olvidar, como en el caso que he comentado. Es posible que durante estos días de rumiaje intenso, en el PSOE estén poniendo nombre y apellidos a cada una de las puñaladas dadas y recibidas, porque el «arrierito semos» se acuñó en política y la venganza sabe esperar incluso agazapada detrás de una sonrisa. Las guerras civiles son las más encarnizadas y en el PSOE han cerrado un capítulo, pero quedan muchas páginas en blanco, que se irán rellenando con pocos olvidos y grandes olvidados. Olvidar es bueno, la desmemoria puede ser como un bálsamo reparador de cicatrices, pero no suele darse en política y la historia así lo demuestra.

Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, fue desenterrado –¡trescientos años después de morir!– por orden de Enrique VIII porque el pueblo seguía añorando más al clérigo que al rey. Los pocos huesos que  quedaban en la tumba fueron juzgados y condenados a la hoguera, en el patio de palacio. El mismo Enrique VIII ordenó la decapitación de Tomás Moro, disponiendo que su cabeza fuera hervida durante días y clavada en un palo para después exhibirla en el puente de Londres. ¿La razón? No reconocer al rey como guía de la Iglesia y permanecer fiel al Papa. Vamos, que tampoco le aceptaba un café.

Por suerte, han cambiado los tiempos y la materialización de los odios. En el Concilio de Constanza declararon hereje al reformador religioso Jhon Wyclef, cuarenta años después de haber muerto. Eso no impidió que lo desenterraran para ‘ejecutar’ sus huesos a martillazos. No consta que Wyclef se quejara… ¿Más? Oliver Cromwell fue desenterrado  a los dos años de morir para arrastrar su cadáver con un carro, pero como la osamenta resistía, el verdugo la descuartizó con un hacha. Finalmente, su cabeza, empalada, permaneció veinticuatro años anclada  en un tejado para que pudieran verla desde la calle.

Sí, algo ha cambiado, pero las navajas políticas siguen dando reflejos de luna negra y mientras más pequeño es el personaje más larga es la memoria de su odio, porque el enanito torero vive más por ser enanito que por su torería.