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Aficionados del Badajoz durante el partido. :: lorenzo cordero
Aficionados del Badajoz durante el partido. :: lorenzo cordero

Un partido vintage

  • Cáceres recuperó el espíritu de 'Los siete magníficos' y el 'A la bim'

No me quedo con la victoria por dos goles a cero ni con la carga policial, el penalti parado, las tanganas ni el ambientazo... Lo que de verdad me emocionó del Cacereño-Badajoz de ayer sucedió en el minuto 85, cuando la grada de tribuna se puso en pie y entonó un grito vintage que no había vuelto a escuchar desde que era un niño: «A la bim, a la bam, a la bim, bom, bam, Cacereño, Cacereño y nadie más».

El 'a la bim, a la bam' no se escuchaba en el Príncipe Felipe desde los tiempos de Manolo, pero ayer resonó de nuevo y con él recuperamos la infancia, la épica y la mitología. Cuando llegué a casa y lo conté, se me quebró la voz. Si ya decía yo que había que bajar a Tercera para recuperar las esencias y tomar impulso.

Mi amigo Felipe Salgado es pescadero jubilado. Cada mañana, temprano, acude al negocio que regentan sus hijas en Cáceres a charlar un rato y matar el gusanillo. El otro día, mientras ellas me preparaban una pescadilla, Felipe y yo hablábamos de fútbol y recordábamos míticos Cacereño-Badajoz. Yo le relataba un partido de máxima rivalidad jugado bajo la lluvia. Un encuentro polémico, como siempre fueron los Cacereño-Badajoz, y una imagen que me impresionó: un espectador enarbolando su paraguas a modo de jabalina, saltando al terreno de juego y arrojando su lanza cual guerrero espartano contra el árbitro, como si aquello fuera la batalla de las Termópilas en lugar de la Ciudad Deportiva José Sanz Catalán.

Felipe no se quedó atrás y asombró a la clientela de la pescadería recitando de corrido la alineación del Cacereño que el uno de marzo de 1964 ganaba 2-1 al Badajoz hasta que el partido se suspendió para entrar en la leyenda. «Martín Pérez, Tate, Valero, Mandés, Monasterio, Santiago, Borrego, Moscoso, Ibarreche, Palma y Fabio», desgranaba Salgado los once nombres y las señoras nos miraban incrédulas.

En Cáceres, los niños de mi generación, mucho antes de haber oído hablar de Júpiter, Marte y Zeus, teníamos un universo mitológico particular protagonizado por 'Los Siete Magníficos'. Es decir: Valero, Tate, Mandés, Monasterio, Cantalapiedra, Moscoso y Palma. Para nosotros, eran los dioses del Olimpo: los siete jugadores que el 12 de marzo de 1964 consiguieron empatar contra los nueve jugadores del Badajoz tras reanudarse el partido suspendido diez días antes.

En aquel primer partido, suspendido en el minuto 35 tras seis expulsiones, el gran delantero del Cacereño Ibarreche agredió al árbitro García Camarero, que es a Cáceres lo que Guruceta a Barcelona. Ibarreche había marcado los dos goles del Cacereño y fue sancionado con 17 partidos. Pero en Cáceres nadie censuró su agresión, sino todo lo contrario: se convirtió en otro héroe mítico que, 30 años después, hizo el saque de honor en el Príncipe Felipe.

Como ven, ayer no se jugaba en Cáceres un encuentro deportivo más, sino el partido de los partidos, algo así como Troya, Maratón y Egospótamos juntos. Para acabar de entender la importancia del derbi, por primera vez en muchos años los socios pagábamos: volvía el Día del Club que ya parecía olvidado.

Me fui al campo temprano y lo que vi me demostró que pasan los años y las modas, pero un Cacereño-Badajoz siempre será un Cacereño-Badajoz: según entraba en el aparcamiento, me encontré con una carga policial y con ultras de los dos equipos sumamente excitados. Dentro del estadio, había grúas expuestas, cuatro buses, mucha policía y las animosas peñas de uno y otro equipo situadas en los extremos de preferencia, con una zona de nadie separándolas.

El Badajoz empezó jugando mejor, pero este Cacereño es muy efectivo y marca en cada llegada, así que pronto se puso 2-0 y el resto fue lo típico en un derbi: un par de tanganas, un penalti parado-fallado, un expulsado y tanta pasión que tribuna recuperó el espíritu de 'Los Siete Magníficos' y el 'A la bim, a la bam'. Hoy lunes, en lo de Felipe, hasta las pescadillas están contentas.