Hoy

LA SEMANA POLÍTICA

Suicidio en directo

La dimisión de Pedro Sánchez ha sido el último episodio de una crisis socialista gestionada de manera catastrófica por sus protagonistas. El primero el propio Sánchez, por no entender que con 85 diputados y el veto cruzado de Podemos y Ciudadanos no podía formar gobierno. Su empecinamiento en el 'No es no' a Rajoy y su negativa a asumir su parte de responsabilidad en las sucesivas derrotas (la última en el País Vasco y Galicia) ha sometido a su partido a una tensión suicida.

Pero también los críticos que han acabado quitándole la confianza y forzando su dimisión han colaborado a que el PSOE viva la semana más dramática que se recuerda. Josep Borrell, una de las mejores cabezas del socialismo, lo dijo muy claro en una entrevista el pasado viernes.

La ambigüedad de quienes decían no a los planes de Sánchez de formar un gobierno de izquierdas pero no se atrevían a defender abiertamente la abstención ante el PP porque es impopular entre muchos militantes y tiene un coste político también ha contribuido a empeorar la situación. Entre los errores de ese sector crítico está el golpe que supuso la renuncia de 17 miembros de la Ejecutiva para forzar la caída de Sánchez. No calcularon que el secretario general podía resistir el envite y agravar la crisis. Un golpe de 'sargento chusquero', según la irónica definición de Borrell.

Esa pésima gestión del conflicto tuvo su apoteosis ayer, con un comité federal dividido en dos bandos y con decenas de partidarios de Sánchez calentando el ambiente en la calle a base de insultar a los críticos. Ni el mayor enemigo de los socialistas hubiera imaginado una operación más dañina para el crédito del partido. La conclusión es obvia: si no son capaces de arreglar civilizadamente sus diferencias, ¿con qué autoridad van a decirle a los españoles que saben cómo gobernar España?

Lo que denota esta crisis es que en el PSOE no hay hoy nadie con autoridad suficiente para mantener la unidad del partido. No lo ha sido Sánchez, a quien el traje y las tareas de la secretaría general le han venido grandes; y no lo es probablemente Susana Díaz, cuestionada por muchos sectores antes incluso de que se proponga oficialmente como candidata a la secretaría general. Todavía menos como cabeza de cartel. Díaz tiene gancho electoral en Sevilla, pero es difícil verla como una buena candidata en Madrid o en Barcelona.

Está por ver si la ruptura puesta de manifiesto de manera tan cruda se reconduce en las próximas semanas o si cada bando se encastilla en sus posiciones y se dedica a tratar de aniquilar al otro. Sería el fin de un PSOE que lleva demasiado tiempo con la brújula averiada.

Problemas de identidad

Otro histórico socialista, Nicolás Redondo Terreros, escribía estos días que el problema del PSOE es sobre todo de identidad. No sabe a dónde va. Se ha contagiado de los delirios nacionalistas en las comunidades en las que el nacionalismo es fuerte porque así creía atraer al electorado y el resultado ha sido el contrario: ha perdido votos a espuertas en Cataluña y Euskadi; y se ha dedicado a imitar a Podemos creyendo que de ese modo podía atraer a los más descontentos de la crisis económica y tampoco ha acertado. Le falta definición ideológica y proyecto y yo añadiría lo obvio, le faltan líderes de talla. Así es lógico que un partido como el PP le gane de calle, a pesar de sus graves problemas de corrupción.

Es casi una obviedad decir que España necesita que el PSOE arregle sus problemas. Igual que necesita un partido de centro derecha que represente a los millones de españoles que se sitúan en ese espacio ideológico, precisa de una organización de centro izquierda que canalice los intereses de los ciudadanos que se han identificado tradicionalmente con la socialdemocracia. La idea, defendida a menudo por Fernández Vara, de que es bueno pasar un tiempo en la oposición para reconstruir un partido gravemente dañado no es solo ninguna barbaridad, sino que es el camino obligado cuando se pierden las elecciones.

Es tan aguda la enfermedad que aqueja al PSOE y han sido tan llamativos los síntomas que más de uno da por muerto y casi enterrado al Partido Socialista. Es posible que lo esté si sus dirigentes y militantes se empeñan en cavar trincheras entre ellos y tirarse las diferencias a la cabeza.