Hoy

la carta del director

La aritmética

La gran virtud de la democracia como sistema político y de convivencia es que reduce a números, al terreno de lo exacto, decisiones muy complejas. La democracia no es un fin en sí mismo. Como no lo es el capitalismo, el comunismo, las constituciones, los tribunales ni los partidos políticos. La idea es que sirvan de instrumento para que las comunidades humanas progresemos en paz y libertad. Y para que el bienestar alcance al mayor número de personas en las condiciones más favorables el máximo de tiempo.

Al menos hasta el momento, la democracia asentada sobre el imperio de la ley es una de las convenciones que mejor resultado le ha dado a la humanidad. Su secreto se basa en que la confrontación argumentativa y pacífica, por lenta que sea, termina reducida a una suma de votos, a una comparación entre iguales.

El juego de las mayorías zanja los debates, resultado de lo cual todos, los que opinan una cosa y su contraria, se someten al dictado de esa operación aritmética. Digamos que la suma es sagrada. Lo es porque no sabe de criterios ajenos a los matemáticos. Por ejemplo, 137 supera a 85 en 52 unidades. Siempre. Y en democracia eso se acepta y ya está. Sin apostillar inmediatamente que esas 85 unidades son más dignas, legítimas, inteligentes, limpias u honradas que las 137.

En democracia, después de unas elecciones, los partidos que administran esas unidades, los escaños, deberían centrarse en agruparlas para crear nuevas mayorías en beneficio del progreso, la libertad y el bienestar de los ciudadanos. No deberían dedicarse a lo contrario. O sea, a fragmentarlas todavía más. A inutilizarlas. Ni mucho menos a juzgar a los electores de uno u otro bando, que han resuelto todo un domingo en las urnas eligiendo. Entre lo que había, ese es un detalle importante.

En democracia no se elige obligatoriamente lo bueno, sino lo mejor de entre lo que hay. Más veces de las que desearíamos, todo es regular o malo. Pero ello depende –me refiero a que la variedad y calidad de lo elegible sean las óptimas– de otras muchas circunstancias que ahora no vienen al caso.

Buena parte de los problemas políticos que sufre este país tienen que ver con el escaso respeto que desde hace un tiempo conceden los políticos a la matemática. Quizás porque la sociedad tampoco concede tanto valor a lo real como a lo virtual, a los hechos como a las simulaciones. Por lo general, vale más lo que ‘parece’ que lo que ‘es’.

En las dos sesiones de investidura que hemos padecido los españoles, en las tertulias, actos políticos y tribunas públicas, los perdedores se han dedicado, sobre todo y en el fondo, a criticar a los votantes de los ganadores o los adversarios.

El martes, la diputada Carolina Bescansa, de Podemos, soltó la siguiente perla: «Si en este país sólo votase la gente menor de 45 años, Pablo Iglesias ya sería presidente del Gobierno». Y si solo votaran los niños de cuatro años, gobernaría España la patrulla canina. El miércoles, algunos notables dirigentes socialistas, el propio secretario de organización lo sugirió, abundaron en la idea de que la dimisión en cadena de 17 cargos de la Ejecutiva constituía un golpe de estado antidemocrático. Como si hubiesen entrado en Ferraz armados con fusiles kalashnikov. Se extendió la falacia de que un secretario general elegido por la militancia no podía ser relevado por la decisión de solo 17 cargos.

Entonces un presidente elegido por 10 millones de españoles no podría ser destituido por 176 diputados... Pero sí es posible. Como también lo es que solo 35, un 10% del Congreso, sean necesarios para presentar una moción de censura. Pues el hecho, la realidad, lo cierto y verdadero es que nada hay más democrático que respetar la Constitución, una ley o un reglamento (en este caso los estatutos de un partido) que hayan sido aprobados según reglas democráticas. Será más o menos conveniente, bochornoso, abrupto, discutible o interpretable, pero lo sucedido el miércoles en el PSOE no puede ser calificado de antidemocrático en ningún caso. Los protagonistas se acogieron a una lectura de la norma como ya ha ocurrido en otras ocasiones dentro de la propia organización. Podrán estar equivocados, pero no son Tejero y Armada.

La gran fractura del PSOE se produce cuando un partido de 90 o 85 no acepta que enfrente no tiene solo a un partido de 123 o 137, sino a millones de españoles que, en pleno ejercicio de sus derechos constitucionales, consideran que un señor llamado Mariano Rajoy –en efecto, el de Luis sé fuerte, el indolente, el pachorras, un avezado lector del Marca– es el más adecuado para ocupar La Moncloa. Cuando PSOE y Podemos especialmente, animados por sus forofos, se marcaron como reto no tanto ganar las elecciones y gestionar su representación en favor del progreso, la paz y el bienestar de los españoles, sino asaltar los cielos y acabar con Rajoy, malversaron el modelo.

Lo visto hasta ahora ha sido un pernicioso manoseo de la democracia para romper, expulsar y juzgar, no para construir, proponer y unir. ¿Sumarían PSOE, Podemos y los independentistas? Sí. Para desalojar a Rajoy, para casi nada más. ¿Sería legal? Claro. Pero un tremendo error. Podemos seguramente no se verá especialmente afectado por este periodo negro, pues en su genética prevalece la pulsión antisistema. Sin embargo, el PSOE tardará en recuperarse, si algún día se recupera, porque era un partido de amplia base, de gobierno, institucional, moderado. Y ahora es el rosario de la Aurora.