Hoy

OPINIÓN

Los focos y la clave

La primera virtud exigible a un dirigente político es su capacidad de comprender la realidad. Que actúe sin que parezca que tiene una venda en los ojos o como un autómata. En resumen, que no pueda aplicársele ese juicio tan expresivo de la sabiduría popular: «Cuando el tonto coge la linde, la linde se acaba pero el tonto sigue». De piñón fijo.

Desde la noche del 20-D, cuando dijo aquello de «hemos hecho historia» e iniciaba la cuesta abajo precipitando al PSOE a simas inéditas, Pedro Sánchez ha demostrado que su lectura de la realidad no es desde luego la de un político perspicaz, con instinto, sino la de un ‘fontanero’ de Ferraz empeñado en ‘mantenerse’, salvándose él aunque se hunda el mundo.

Paradójicamente, el problema de Pedro Sánchez empezó y terminó el mismo día en que fue elegido secretario general del PSOE. Su error (y el de su equipo más próximo) ha consistido en no entender cuál era la cuestión a tratar, el problema a resolver desde el día siguiente a las elecciones del 20-D. Es obvio que el dilema no eran ni el futuro inmediato del anteayer ‘desconocido’ Pedro Sánchez ni la dirección orgánica del PSOE, sino la gobernabilidad de un país necesitado de calibrar unos resultados electorales endiabladamente complejos.

Si hasta el 26-J los reproches que podrían hacérsele estaban más relacionados con su falta de instinto y enjundia como dirigente (frente a otros ‘animales políticos’ que demostraron ser más versátiles con las puestas en escena parlamentarias), después de las segundas elecciones el mal se agravó como si se hubiera cumplido la antigua maldición griega: «A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco». Desde ese momento, Pedro Sánchez enfoca todas las luces hacia él y hacia su equipo de colaboradores más directos, como si ellos y su porvenir constituyeran el asunto a dilucidar, el problema clave, no la gobernabilidad de España…

Es sabido que Pedro Sánchez no pasará a la historia por sus aportaciones a la filosofía política ni por sus semejanzas con personajes de la talla de Alejandro Magno o Hernán Cortés… Lo más penoso para quienes consideran que el PSOE es un partido histórico que no pertenece solo a sus órganos directivos ni a sus militantes ni a sus votantes, sino que constituye un patrimonio de España, lo descorazonador, decía, es que tras el 20-D, con Pedro Sánchez en la secretaría general únicamente se ha percibido en la calle como idea-fuerza el mantra del «no a Rajoy», como si tal obviedad tuviera de por sí la consistencia de un programa. ¡Qué ceguera!

Entre otras cosas porque el «no a Rajoy» se lo han dado en las urnas los españoles, que le han desprovisto en dos elecciones consecutivas de la mayoría absoluta. ¿No se le ha ocurrido pensar a Pedro Sánchez que su ‘aportación’ a este país y a su gobernabilidad –a las cosas importantes que le suceden y que necesita la gente– tiene que ser algo más que atrincherarse en esa negativa? ¿Se imagina a algún dirigente socialista que encadenara tantas derrotas sucesivas y no hubiera presentado ya su dimisión?